Ocho segundos entre el infierno y la gloria

Con una estrategia arriesgada pero efectiva, el pesista colombiano logró el segundo lugar en los 62 kilogramos e impuso nuevo récord olímpico en envión. Histórico.

El pesista colombiano Óscar Figueroa Mosquera, de 29 años, ayer en competencia en el coliseo ExCel.  /  EFE
El pesista colombiano Óscar Figueroa Mosquera, de 29 años, ayer en competencia en el coliseo ExCel. / EFE

Tenía una cita con la historia. Por eso se hizo esperar. Y desde que saltó al escenario del coliseo ExCel, aquí en Londres, el pesista antioqueño Óscar Figueroa fue protagonista. Primero, porque fue el más ovacionado en la presentación de los ocho participantes de la serie. Segundo, porque con sus gritos y rituales se ganó el cariño de los aficionados.

Comenzó la prueba bien, con confianza, con autoridad. Sus dos intentos iniciales demostraron que estaba fuerte, pero en el tercero falló. Igual se fue al receso como tercero en arranque. Le ganaba al cuarto por su menor peso corporal. Hasta ahí todo iba de acuerdo con lo planeado por él y por sus entrenadores. Pero durante esos 10 minutos todo cambió. Pensaron que era mejor dejar que sus rivales comenzaran a subir kilo por kilo, como en las subastas, para después arriesgarlo todo con una oferta final.

El oro estaba lejos, pues el norcoreano Kim Un-guk le había sacado 13 kilos de ventaja en el arranque. Pero la plata y el bronce aún estaban a su alcance. La pelea era con el chino Zhang Jie y con el indonesio Eko Irawan, quienes salieron a la pista antes que el colombiano, cada uno con un intento fallido y otro exitoso.

Óscar seguía en el camerino, concentrado, como lo estuvo durante muchos meses en los que no quiso hablar con la prensa. Y se notaba que se estaba jugando la vida cada vez que aparecía y la afición lo ovacionaba. Miraba de reojo hacia el lado derecho. Parecía un tic o una cábala.

Hasta que lo anunciaron. Primera oportunidad en el envión, 177 kilos, un peso que nunca levantó en torneos oficiales y que ningún pesista en la historia había logrado. Era todo o nada. Más para alguien que venía de fracasar en Pekín, cuatro años atrás.

Mucha presión, un mal movimiento y la pesa al piso. Dos minutos después, pues ya no había rivales para levantar esa cantidad, regresó, más angustiado y más cansado aún. Hizo el mismo ritual, gastó casi todos los 60 segundos que tiene por reglamento para prepararse y se acurrucó de nuevo. Varias personas gritaron “Vamos, Colombia”, y de inmediato los otros deportistas criollos pidieron silencio.

La barra arriba, un pie mal acomodado y una nueva decepción. Los fantasmas de la lesión en la muñeca que le impidieron terminar la prueba en 2008 regresaron. Mientras se recuperaba, al lado de Oswaldo Pinilla y Roumen Alexandrov, dejó salir un par de lágrimas. Tan cerca y tan lejos.

Nuevamente se cumplieron los dos minutos y tuvo que salir. Tomó aire, miró al techo y levantó el peso que nunca había podido. En ocho segundos pasó del infierno a la gloria, mientras unos 200 colombianos celebraban en las tribunas y los palcos. En ese momento Figueroa había asegurado una medalla, al menos de bronce por su menor peso corporal, pero además había logrado el récord olímpico en envión, el primero de un deportista colombiano en la historia.

Faltaba el chino Zhang, que de repente tuvo que vivir la misma situación que Figueroa. Había pedido un peso de 178 kilos, pero tenía dos oportunidades. La primera la falló. Entonces comenzó la bulla de quienes estaban vestidos de amarillo, azul y rojo. “Si vuelve a fallar, somos plata”, porque, como es tradicional cuando un compatriota triunfa, ahí sí el triunfo es de todos.

Zhang lo hizo nuevamente y falló. El público lo lamentó, pero Óscar no. Pegó un tremendo salto en el camerino y se abrazó, llorando, con todos sus colaboradores. Si hubiera perdido, habría perdido solo, pero se arriesgó, se la jugó toda, ganó, “ganamos todos”.

Momentos después, Figueroa salió a la ceremonia de premiación y ya relajado, por fin con una sonrisa en su rostro, saludó a sus compañeros y al público. Emocionado, recibió la medalla de plata, la misma que miraba de reojo cuando Diego Salazar se la colgó en Pekín. El encargado de dársela fue Andrés Botero, hoy director de Coldeportes, pero expresidente del Comité Olímpico Colombiano, quien tuvo que lidiar muchos años con la personalidad recia y complicada de Figueroa, que unas veces con razón y otras sin ella ha tenido enfrentamientos con los directivos.

Pero es su momento de gloria y no lo quiere manchar con disputas que ya no valen la pena. Consiguió la décima tercera medalla olímpica para Colombia y salvó, anticipadamente, la participación en Londres pues, pase lo que pase de aquí en adelante, el resultado será mejor que el de Pekín.

Atendió a la televisión, habló con el presidente Juan Manuel Santos y luego a los dos medios escritos que acompañan al equipo nacional en la capital británica, entre ellos El Espectador.

Óscar, ¿fue una estrategia muy arriesgada?
Sí, me tocó jugarme el todo por el todo. Tenía pensado salir en 177, subir a 182 y terminar con 187, pero se dio de otra manera e igual hay que disfrutarlo.

Hubo mucha tensión, ¿perdió la confianza en algún momento?
No, jamás. Después de fallar los dos primeros intentos en el envión tuve que concentrarme más, pero no era fácil, había mucha presión por todos lados, mucho nerviosismo.

¿Qué sintió cuando levantó los 177 kilos?
Me quité ese peso de encima, sabía que tenía la ventaja del menor peso corporal, así que ahí tenía ya la medalla. Me alegré por Colombia, por mi mamá, por la gente que me ha ayudado, como mi entrenador Jayder Manjarrés, que debe estar feliz, y los médicos Luis Posada, Mario Figueroa y Alejandro López, que fueron vitales para recuperarme de mis problemas físicos.

¿Fue una revancha por lo que le pasó en Pekín?
Pues fue un premio a muchos años de trabajo. Son mis terceros olímpicos y había soñado mucho con este momento. Gracias a Dios se me dieron las cosas.

¿Pasó como lo había soñado?
No, sufrí mucho, tal vez la adrenalina no deja que uno lo sienta en el momento. Sé que estaba arriesgando demasiado, pero tocaba.

¿El coreano levantó 327 en el total, le ganó por 10 kilos?
Sí, su comienzo fue impresionante, yo ya lo sabía y había planeado la prueba para pelearle, pero no se pudo. Lo importante fue que le dimos una alegría al país.

 

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