Oda al mosquito “Aedes aegypti”

Aparte de letreros verdes de Bem-vindo, en los aeropuertos de Brasil hay otros que advierten, con grandes letras blancas, sobre la febre amarela, no propiamente por la selección de fútbol.

A las fotografías del corredor Usain Bolt y el nadador Michael Phelps —las superestrellas de los Juegos Olímpicos de Río— les compite la del Aedes aegypti, el mosquito transmisor del zika y el más fuerte contrincante del evento. Es paradójico que la mayor amenaza para los mejores atletas del mundo sea un insecto de rayas blanquinegras en el dorso, de 15 milímetros de largo y dos miligramos de peso. Sin el carné de vacunación al día nadie entra a Río de Janeiro por su dos aeropuertos. La alharaca es tal que, el 28 de mayo, 150 científicos pidieron a la Organización Mundial de la Salud suspender las olimpiadas temiendo una epidemia con la llegada de 500.000 turistas. La OMS no les hizo caso, pero muchos deportistas y turistas se lo tomaron en serio y cancelaron sus viajes. Los primeros en anunciarlo fueron los golfistas profesionales, a quienes en Río tachan de “cobardes”, en parte debido a la indignación porque este deporte vuelve a los Olímpicos después de 112 años y los primeros del ranquin de la PGA desistieron por miedo al zancudito: Jason Day, Jordan Spieth, Dustin Johnson, Rory McIlroy.

Según ellos, no había que tomárselo deportivamente, porque pondrían en riesgo a sus familias. Se les unió Stephen Curry, estrella de la NBA, que junto a LeBron James figuran en la lista negra. Estoy con los valientes que viajaron con cargamentos de repelente. Estoy, incluso, con los sobreactuados: Pau Gasol, figura del baloncesto español, dijo que antes de subir al avión congelaría su semen; la guardameta de la selección femenina de fútbol de EE. UU., Hope Solo, publicó en Twitter fotos con aerosoles y máscara protectora; la rigurosa delegación de China difundió imágenes de gimnastas en la Villa Olímpica protegidas en sus camas con mosquiteros. Para reducir el estrés, un escuadrón antiplagas, bautizado Zika-car, recorre los 31 edificios mientras las mujeres y hombres más fuertes del planeta (18.000 temerosos ante el aguijón del díptero de seis patas negras) dudan acercarse a las piscinas que adornan el corazón de la villa, porque identifican el lugar como potencial productor de larvas. Lo mismo sucede en los centros de competición acuática al aire libre, la bahía de Guanabara y la laguna Rodrigo de Freitas. La alarma es intensa en la zona de Barra da Tijuca, donde se realiza la mayoría de eventos de Río 2016 —justo donde me hospedo con mi hermano Fabio, valiente voluntario de los JJ. OO.— y desde donde recibimos advertencias, pues queda al lado de otro lago del barrio Vargem Grande. Será toda una prueba olímpica contra el famoso Aedes aegypti.

* Enviado especial a Río de Janeiro.

 

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