Oda al Sambódromo

El lugar que más me impactó en el primer recorrido por las sedes deportivas de las Olimpiadas fue el Sambódromo. Si algo hay que reconocerles a los brasileños es que no sólo cumplieron con los requerimientos técnicos y arquitectónicos del Comité Olímpico Internacional, sino que les impusieron el sello de identidad carioca: transformaron el lugar más emblemático del Carnaval de Río de Janeiro en el estadio perfecto para el tiro con arco. Cuando buscaban escenario para los herederos de Robin Hood, alguien tuvo la brillante idea de medir la distancia entre tribunas y el templo de la samba dio la medida perfecta para instalar en el medio, sobre la avenida por la que desfilan cada año decenas y decenas de escuelas, el campo de práctica y competencia. Los palcos al nivel del piso fueron adaptados como zonas de calentamiento y descanso para los equipos y jueces participantes.

Llenó todas las plazas para espectadores desde el pasado 6 de agosto, porque además es uno de los eventos más económicos, a partir de 40 reales. Me llamó la atención que en las tribunas hay un lugar para los representantes de las escuelas de samba de toda la ciudad y, en especial, de las favelas. No es para que vengan a sambar en agosto, sino para que hagan presencia como un acto de homenaje y por respeto a esta manifestación cultural de Brasil. Al contrario, permanecen en absoluto silencio porque esta será hasta el 12 de agosto la casa del que fue elevado a deporte olímpico en 1900 y que rescata una de las disciplinas de guerra de la antigüedad griega.

Roberta, una mujer que luce camiseta azul y amarillo a rayas verticales, en la que se lee “Pura Cadencia, Unidos da Tijuca, fundada en 1931”, me contó que celebraron con batucada cuando el comité organizador aprobó al Sambódromo como estadio. La importancia de los primeros Juegos Olímpicos de la historia en América Latina los llevó a hacer una ceremonia en la que convocaron a otras escuelas, como la legendaria Salgueiro, nueve veces campeona del nivel A, ya no para practicar la percusión y entrenar a los passistas en las rutinas del carnaval, sino para limpiar la avenida, primero con escobas de esparto y luego con hierbas perfumadas, cuyo nombre mantienen en secreto, y así bendecir el lugar como recinto olímpico.

Otro detalle curioso es que cuando empiezan las pruebas oficiales, el tránsito de automóviles y camiones en las avenidas circundantes es suspendido para garantizar la concentración de los deportistas, que tienen 40 segundos para pararse firmes, tensionar el arco, relajar el brazo y la mano, afinar la puntería y disparar. Ese mismo proceso deben hacerlo en 20 segundos en las finales. Los voluntarios que guían al público piden silencio como en el golf y no tomar fotografías en el momento de los lanzamientos. Desde las tribunas laterales la vista es perfecta. Las más famosas son las jugadoras coreanas Lee SJ y Park Sun Hyun, capaces de clavar la flecha desde 70 metros de distancia en un anillo central de 12 centímetros. Más allá de que al equipo colombiano no le fue muy bien frente a estas potencias, entre los 306 eventos de Río 2016, este es uno de los más emocionantes por sensaciones deportivas y culturales. Claro que el mayor lleno del Sambódromo será el 21 de agosto, el último día olímpico, pues los 42 kilómetros de la maratón terminarán aquí. Dieron en el blanco.

* Enviado especial Río de Janeiro, Brasil.

 

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