Oda a la heroica Urabá

Lo dijo aquí el boxeador minimosca Yuberjen Martínez, de Chigorodó, medalla de plata en Río 2016: “Miren hacia Urabá, hay mucho talento”. Y lo repitió en tono de denuncia: “En el 2000 iniciaron un proceso de donde salió Caterine y otros grandes deportistas, pero lo abandonaron. Ahora les digo que vuelvan a mirar para allá, que siembren en los niños”.

Cómo no prestarle atención cuando su paisana de Apartadó, Caterine Ibargüen, ganó medalla de oro en salto triple y cuando son 16 los atletas olímpicos de esa región del norte del país que sacan la cara por Colombia en Río de Janeiro.

Los enumero como un homenaje a ellos y a una tierra que ha vivido todas las violencias y cada vez resucita para dar una nueva cosecha de talento humano: aparte de Caterine y Yuberjen, Yosiris Urrutia, de Chigorodó, en salto triple; Lina Flórez, de Carepa, en 100 metros con vallas; Evelyn Rivera, de San Juan de Urabá, en 100 metros planos; Eliecit Palacios, de Carepa, también en los 100 m lisos; Evelis Aguilar, de Chigorodó, en heptatlón; Diego Palomeque, de Carepa, en 200 y 400 metros; Yeison Rivas, de Carepa, en 110 m con vallas; Carlos Lemos, de Vigía del Fuerte, en 4x400; Mauricio Ortega, de Apartadó, en lanzamiento de disco; John Murillo, de Apartadó, en salto triple; Céiber Ávila, de Turbo, en boxeo de 52 kilos; Jorge Rivas, de Carepa, en boxeo de 75 k; Ubaldina Valoyes, de Apartadó, en levantamiento de pesas, y Lina Rivas, de Chigorodó, también en pesas. El 11 % de la delegación colombiana nació y se hizo deportista allí.

Según datos de Coldeportes, desde los Olímpicos de Atlanta 1996, cuando estuvo el boxeador Baby Mendoza, Urabá ha aportado al país 36 deportistas de ese nivel: 20 en atletismo, siete en boxeo y nueve en levantamiento de pesas. Caterine Ibargüen ha obtenido un oro, una medalla de plata en Londres y tres diplomas olímpicos. Ubaldina Valoyes completó su cuarta Olimpiada, incluidas Atenas 2004, Pekín 2008 y Londres 2012. Le aportan a selecciones Antioquia el 60 % de las medallas en campeonatos nacionales y a Colombia un 20 % en delegaciones de atletismo, pesas y boxeo durante el ciclo olímpico. En 2015, en Juegos Nacionales y compitiendo por seis ligas o departamentos, ganaron 87 medallas (43 oros, 27 platas y 17 bronces). En tres deportes específicamente: atletismo, pesas y boxeo, y en eventos hacia Río 2016 ganaron 78 medallas (38 oros, 22 platas y 18 bronces).

Logros que deben trascender los registros para convertir al Urabá antioqueño y el chocoano, más olvidado pero con el mismo potencial, en epicentro del deporte colombiano a través de un centro de alto rendimiento, como el que sueña dirigir Caterine Ibargüen, “porque cada vez me doy más cuenta de que tenemos demasiado talento”. Ella obró aquí, en la Villa Olímpica, de capitana de Colombia y de esta selección de Urabá, porque se ganó el derecho y, sobre todo, porque sus amigos de terruño la quieren y la respetan, y ella tiene la experiencia y el carácter para aconsejarlos, como hizo con Yuberjen hasta su última pelea.

Replico el llamado del boxeador al Gobierno Nacional para concentrar esfuerzos en esta región sin descuidar a las demás. Viendo a estos 16 atletas luciendo con orgullo y disciplina el uniforme de Colombia, recordé un libro que me ayudó hace poco a terminar de entender la historia de este trozo de país de 11.664 kilómetros cuadrados y al menos 600.000 habitantes. Se titula Urabá heroico, fue escrito en 1956 por el sacerdote Ernesto Hernández y es una profunda investigación sobre cómo la violencia marcó el corazón y la mente de los afrocolombianos desde la época de la colonización española y cómo forjaron una cultura de resistencia a la adversidad, incluso frente a la naturaleza.

Me lo recomendó el profesor antioqueño Gustavo Arango, que inspirado en él escribió la novela Santa María del Diablo. En esas páginas uno entiende de dónde sacan los urabaenses la berraquera para sobrevivir y sobreponerse a la guerra en todas sus formas —guerrilleros, paramilitares, narcos, agentes del Estado—, y al olvido de los gobiernos regionales y nacionales, razón por la que los índices de pobreza y de falta de oportunidades son altísimos. El deporte como profesión no debe surgir como un acto de desesperación individual para sostener a una familia —lo primero que hizo la mayoría de los aquí nombrados fue comprarles una casa a sus seres queridos, porque no la tenían—, debe ser fruto de una política estatal paralela a las de salud, educación y desarrollo económico.

Se ha avanzado desde comienzos de los 90, cuando conocí esa región reportando matanzas. Era zona militar y un campo de combate. Recuerden que García Márquez inmortalizó esa violencia de las bananeras en Cien años de soledad, siempre a causa de la disputa por la riqueza que Urabá tiene a nivel marítimo, de biodiversidad, de banano, luego palma y ahora el turismo.

En el coliseo de Apartadó no se podía entrenar ningún deporte porque siempre estaba ocupado por cientos de desplazados por el conflicto. Cuando eso cambió, la región también. La paz, si se consolida y cesa el conflicto por la tierra, puede abonar el campo en Urabá para que sea una potencia nacional y siga cosechando heroicos campeones.

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