Oda japonesa para Yuri Alvear

Siendo niña, a Yuri Alvear le explicaron en la escuela sobre la migración de japoneses al Valle del Cauca en los años 30 del siglo pasado, en busca de un mejor futuro, pero no terminó de entender que esos orientales tuvieran algo en común con los colombianos. Vino a comprenderlo durante el ciclo olímpico hacia Río 2016, gracias a que esos ojirrasgados que le causaban curiosidad se interesaron por la técnica de lucha de esta afrocolombiana nacida hace 30 años en Jamundí y que el miércoles volvió a ganar una medalla olímpica en judo.

La medallista colombiana Yuri Alvear, plata en los Olímpicos de Río 2016. / Efe
La medallista colombiana Yuri Alvear, plata en los Olímpicos de Río 2016. / Efe

Quien me contó de la especial valoración que hacen de ella en Tokio fue mi amigo periodista y documentalista Gonzalo Robledo, radicado allí hace más de 30 años. Antes de venir a Brasil no se preparó sólo en Colombia sino en Japón, junto con las judocas de ese país. Por eso fue una de las homenajeadas en la fiesta de despedida de 16 atletas olímpicos patrocinados por la empresa japonesa Miki House. Yuri recibió un ramo de flores y dijo en japonés: “Arigatou”. Agradeció a la marca de ropa que la ha patrocinado últimamente y a la que aquella noche le prometió luchar por la medalla de oro en la categoría de menos de 70 kilos, y a fe que lo hizo. El presidente de la empresa, Koichi Kimura, no paró de elogiarla y aplaudirla.

¿Cómo terminó Yuri en el país donde surgió el judo y es potencia mundial? Por su entrenador japonés, Noriyuki Hayakawa, y por su progresiva carrera: número siete en los Olímpicos de Pekín 2008, campeona mundial en Róterdam 2009 y bronce en Londres 2012. La federación nipona, tras el bajón en esta disciplina en Londres 2012, buscó atletas de otros países que hubieran desarrollado técnicas interesantes para enriquecer el tradicional entrenamiento oriental, y a la colombiana le vieron una manera muy particular para aprovechar la fuerza de su adversaria en beneficio propio, fruto de fuerza y talento naturales que pulió, primero aprendiendo a caer y luego haciendo llaves, estrangulaciones e inmovilizaciones en el suelo.

Yuri viajó con miedo y emoción. En otra cultura y en un idioma que intenta aprender, fortaleció más su espíritu. Entendió la profunda importancia de vestir el judogi, que es la chaqueta, el pantalón blanco y el obi, o cinturón. Le contaron la historia del antiguo libro Nihon Shoki (Crónica de Japón), escrito hace casi 1.300 años, en el que ya se hablaba de las artes marciales como base del equilibrio de la vida. Del jiu-jitsu, combinado con la disciplina mental, nace el judo en 1882. Supo del maestro Jigoro Kano (1860-1938) pionero del judo moderno. Conoció el Kodokan, principal centro de alto rendimiento de esa práctica en Tokio. Una experiencia inolvidable. Le dijo a Robledo que entrenar en Japón le da mejores contrincantes y sobre todo continuidad, pues en Colombia no puede entrenar todos los días. En Tokio tiene todo lo que pida a disposición.

Ahora subió un escalón más a nivel olímpico porque en Japón, y también con apoyo colombiano a través de Coldeportes, aprendió “cómo utilizar mejor el poder físico sumado al espiritual”. No se puede ser campeón de judo sin una mente que se inspira en el confucianismo como código ético del arte marcial. Sólo así se consigue “un cuerpo sano y moralmente limpio”, según el escritor Yukio Mishima, hijo de samuráis y atleta consumado muerto en 1970. Los japoneses le tendieron la mano y ella les compartió sus secretos deportivos. La generosidad mutua le dejó una última lección a la colombiana: sus colegas aprendieron tanto de ella que fue una de sus amigas, Haruka Tachimoto, quien la venció aquí el miércoles en la definición de las medallas de oro y plata. Arigatou, Japón. Arigatou, Yuri.

* Enviado especial, Río de Janeiro, Brasil.