Óscar Figueroa, premio a la vehemencia

El medallista olímpico nació en Zaragoza, Antioquia hace 29 años, pero se siente vallecaucano, pues cuando tenía nueve años se fue con su madre a vivir en Cartago.

Óscar Figueroa besa la medalla de oro en medio de las lágrimas. / AFP
Óscar Figueroa besa la medalla de oro en medio de las lágrimas. / AFP

A Óscar Alberto Figueroa lo llamaban Mundo Malo cuando vivía en el barrio Buenos Aires en su natal Zaragoza, Antioquia, por pendenciero e insolente y por andar casi desnudo por las calles jugando bolas de cristal. El deportista que ayer ganó la medalla de plata en los 62 kilogramos de los Juegos Olímpicos se crió en esa zona minera del Bajo Cauca antioqueño, en una familia de mineros y pescaderos.

Allí empezó practicando fútbol hasta los nueve años, cuando viajó con su madre Ermelinda Mosquera a Cartago en búsqueda de oportunidades. En esa ciudad, en el norte del Valle del Cauca, un profesor de educación física le recomendó que explotara su biotipo en el levantamiento de pesas. Lo siguió haciendo hasta en el Ejército, cuando prestó servicio en Palmira, a pesar de que pasaba más horas en el gimnasio que en los cuarteles.

Apenas a los 21 años se vio recompensado al clasificar a los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004, en donde finalizó quinto en los 56 kilogramos. Perdió la medalla de bronce por escasos 75 gramos con el turco Sedat Artuc y el búlgaro Vitali Dzerbianiov, que ganaron por peso corporal.

Su actuación ilusionó con una posible medalla en Pekín 2008. De hecho, llegó como una de las grandes esperanzas de la delegación nacional, pues además venía de alcanzar una medalla de plata en el Mundial de mayores de 2005. Sin embargo, una lesión en la muñeca derecha diluyó cualquier sueño olímpico, pues no pudo finalizar la competencia en Pekín.

Por fortuna para Colombia, Diego Salazar se colgó la medalla de plata en esa competencia, mientras Óscar regresaba destrozado por la parálisis parcial en esa extremidad. Pensó en el retiro en un momento en el que discutía en demasía con el entrenador búlgaro Gantcho Karouskov.

Pero doblegó las adversidades y ganó su vehemencia. Dejó de lado los contratiempos y se enfocó en prepararse para volver a la cima. Lo hizo en los mundiales de 2009 en Goyang y 2011 en París, cuando terminó cuarto, cerca de los medallistas. Y lo confirmó con el oro en los Panamericanos de Guadalajara, en octubre pasado, cuando levantó 312 kilogramos.

Aunque era más favorito hace cuatro años que ayer en la final de los 62 kilogramos, Figueroa silenció a quienes lo acusaron de cobarde en Pekín. Luego de reconstruir su tercer y último intento en el envión, en el que levantó 177 kg, fijando un nuevo récord olímpico, se puso su índice derecho en la sien: “Mentalidad”, era el mensaje mudo. Su revancha la hizo sonora con su entrenador Oswaldo Pinilla y luego en el podio con un grito desgarrador.

Aunque nació en Zaragoza, Antioquia, Figueroa dice sentirse vallecaucano (“Óscar es un producto 100% cartagüeño”, diría hace unos años el presidente de la liga de pesas de ese departamento). Es verdad que en la casa de ladrillos en Zaragoza, en donde se lee 42-38 en la placa del portón, aún viven tres hermanos medios, nueve sobrinos y la última mujer de su difunto padre, Jorge Isaac Figueroa. Sin embargo, este título es primero para la tierra que lo forjó y luego para un país que ha sufrido viéndolo competir. Hoy todos tenemos una pequeña recompensa.