Daniela Mendoza, con los patines bien puestos en la tierra

La deportista caleña es una de las revelaciones de este deporte en Colombia. Lleva dos años de ensueño y ahora corre detrás de su propia historia.

Daniela Mendoza, patinadora colombiana.Nelson Sierra - El Espectador

Daniela Mendoza se trepa en sus patines de la misma manera en que se calza unos tacones. Con unos o con otros se ve alta, inalcanzable, como cuando empieza a dejar el viento atrás en la pista de patinaje. Los tacones son su prenda esporádica, mientras que el componente inferior de su atuendo deportivo es mucho más que un amuleto que la ha llevado directo a la fama en un país que ha tenido grandes e importantes patinadores.

La tercera parte de su vida, Daniela Mendoza ha visto el mundo desde sus patines. Esa ha sido su referencia y, a partir de lo que ellos son capaces de suministrarle, la caleña ha construido su identidad, ha establecido sus debilidades y ha fortalecido sus cualidades. Sobre ellos, el panorama se ve mejor, a los lados siente pasar objetos mientras avanza; adelante sólo está la meta y lo que queda atrás, simplemente, no existe.

Así ha sido desde que a los cinco años se puso los patines por primera vez y por obligación. Una dificultad para respirar fue la motivación para debutar con ellos. El pediatra en ese entonces les indicó a sus padres que la pequeña necesitaba inscribirse en una disciplina deportiva para que a su fisionomía tomara el aire suficiente para activar todo lo demás.

Las opciones estaban ahí, algunas propuestas por Wálter, el papá, y otras insinuadas por Lucero, la mamá. Sin embargo, Daniela se dejó llevar por los sentimientos y para poder estar cerca de sus mejores amigas optó por el patinaje. Al lado de María Camila, su cómplice de ese entonces, comenzó a recorrer las pistas. No era más que un hobby impuesto en principio, pero lo que sintió al realizar los primeros movimientos determinó que esa acción podía ser una parte vital de su existencia.

El patinaje fue una obligación por una particularidad médica; más adelante se convirtió en un pasatiempo y en un medio para compartir momentos inolvidables con los amigos. De estar en segundo plano, esta disciplina deportiva escaló peldaños y desde hace algunas temporadas es la atmósfera más efectiva que tiene la caleña para expresarse y para dejar la huella de su paso por el universo.

Con la primera zancada, ella ya tiene el derrotero establecido; con la segunda va adquiriendo seguridad; la tercera es la convicción pura de que la carrera será suya, mientras que las demás ya son el producto de muchas horas de entrenamiento y el resultado de haber sacrificado momentos significativos de descanso y diversión.

Cuando Daniela Mendoza se va aproximando a la meta y para su mente no existe nada más, empieza a volverse consciente de que las extensas jornadas valieron la pena y que las cicatrices y los raspones en la piel son muestras tan pasajeras que se pueden disipar con el tiempo y se disimulan muy bien con un gran triunfo.

Las heridas las cura rápidamente y aunque sí tiene algunas cicatrices en las piernas que confirman el hecho de haberse montado en unos patines para competir a alto nivel, todo eso queda en segundo plano cuando tiene el derecho de estar en un podio y le toca repasar las notas del himno nacional mientras esa bandera de los tres colores, que defiende con tanto profesionalismo, escala sin la mejor muestra de duda en los escenarios internacionales.

En las justas deportivas le queda poco tiempo para recordar que pasaba buena parte del día viendo en actividad a Cecilia Chechi Baena, Jercy Puello y Andrés Felipe Muñoz. Daniela quería ser como ellos y seguirles los pasos, pero gracias a su entrenamiento con Luz Mery Tristán, campeona del mundo en patinaje durante la década del 90, empezó a entender que ellos ya tenían su lugar y que a ella le tocaba construir uno propio, uno que se ajustara a su medida.

Gracias a los consejos de Tristán y también a las lecciones del colegio Philadelphia Internacional de Cali, que le permitió darle prioridad al patinaje, edificó su nombre y desde 2016 es una de las deportistas más galardonadas en las pistas de patinaje del planeta.

Sin duda, Daniela Mendoza se siente muy bien con sus medallas y galardones deportivos, pero también tiene el deseo de profesionalizarse en Ingeniería Ambiental y todo eso es porque es necesario ser una mujer con los patines bien puestos en la tierra.

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