Huilense de corazón

Éider Arevalo, él mismo es su rival

El marchista colombiano, el mejor del mundo en los 20 kilómetros, ocupó el tercer puesto del Deportista del Año de El Espectador y Movistar.

Éider Arevalo.Nelson Sierra - El Espectador

Éider Arévalo es mucho más expresivo en competencia. Las fotos gritando y sus rugidos después de cada victoria –de las muchas a las que está acostumbrando a los colombianos– distan mucho de su actitud fuera de competición. Los gestos, de dolor sobre todo, están reservados para la marcha. En esta especialidad del atletismo es el rey. En los 20 kilómetros marcha no tiene rival. Su más reciente triunfo fue en el Mundial de Atletismo de Londres, donde ganó la medalla de oro.

Arévalo tiene 24 años, pero su vida es de cambios vertiginosos. Paradójico porque en la marcha no importa tanto la velocidad como la técnica. Todo empezó a temprana edad. Un torneo de fútbol, en el que jugó como lateral por izquierda, sería el punto de partida para Éider. Era rápido en la cancha, pero no ofrecía más. Ni dominio ni buena pegada. Sólo era rápido.

Edward Chiquito, uno de sus profesores, empezó a entrenarlo a los 11 años. Potenció sus destrezas. La pelota quedó a un lado y la pista fue el nuevo ecosistema. No pasó un año cuando Éider ya estaba practicando la marcha. En doce meses ya había hecho la transición del fútbol a la marcha atlética. Jéfferson Pérez, el único ecuatoriano en ganar una medalla olímpica en la historia de su país, era el referente de este bogotano.

El recuerdo de la medalla de oro de Pérez en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 y la de plata en Pekín 2008 inspiraron al atleta colombiano, que ya alistaba sus maletas. Partiría de Pitalito (Huila), donde creció y volvería a Bogotá, lugar en el que 15 años atrás había nacido. A la capital llegaba con la ilusión de convertirse en el mejor de su especialidad y con el Campeonato Suramericano de Chile a cuestas. En 2007 conquistó su primer triunfo internacional.

El reto que tuvo fue el de dejar su casa materna. Sus viejos aceptaron la partida porque no había más remedio. Arévalo solamente se mantendría en el restringido mundo de los ganadores si se entrenaba en la capital. Allí, Fernando Rozo le imprimiría una de las máximas de su carrera: “Si no quieres sufrir, no puedes ganar”. Y fue clave, porque los máximos exponentes de su especialidad eran los rusos, los chinos y los japoneses, caracterizados por exigentes procesos de formación. Hoy Éider es un referente para ellos.

Esa suerte de emancipación prematura lo convirtió en un joven independiente, pero también lo ayudó a entender una dolorosa realidad: la práctica de su deporte le robaría importantes momentos familiares. Su ausencia sería la regla. Incluso le enseñaría el duro trabajo de mantener una relación estable. Por suerte, la garrochista Carolina Hernández, que entiende la vida de un deportista de alto rendimiento, aceptó ser su pareja. Se ven cuando las cosas coinciden, cuando su profesión se los permite.

Tokyo 2020 es el siguiente reto de Arévalo. El próximo año y medio será una dura prueba para este huilense de corazón. No solamente por las arduas jornadas que exige la preparación de unos Juegos Olímpicos, sino porque, una vez más, tendrá que sacrificar horas de su vida personal, nuevamente deberá poner la marcha sobre otros momentos esenciales, los que pese a las victorias extrañará.

Las conquistas serán su aliciente. Los rostros de alegría de su familia y de muchos colombianos le seguirán dando sentido a su esfuerzo. Y, como él dice, esperará respuestas menos odiosas de los políticos. Una casa no será suficiente para un deportista que piensa más en su país que en su familia.

Éider Arévalo es lo que decidió ser. Y su fructífera carrera ha sido posible porque entendió que es mejor dejar de mirar al rival. Eso lo llevó a establecer el mejor tiempo en los 20 kilómetros marcha. 1h:18:53, su marca, fue suficiente para que concluyera esto: “El rival principal era yo”.

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