La perversión de la industria del deporte con la salud mental

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Tragedias, suicidios, retiros apresurados... el periódico de cada semana. No importa el estatus del deportista. Atletas y profesionales de la salud hablaron acerca de qué ocasionó este fenómeno, que sigue siendo un tabú. Testimonios.

Todo sucedió en menos de una semana. Santiago El Morro García, goleador de Godoy Cruz de Argentina se suicidó a los treinta años en su apartamento. En junio ya había dado señales de humo. “Los jugadores no somos robots, no estamos hechos de acero, no somos maquinitas. Nos pasan cosas. Hubo varios problemas personales que influyeron en mi rendimiento”.

Gael Monfils, uno de los jugadores más renombrados del circuito de tenis, cayó en la primera ronda del Abierto de Australia y se derrumbó en la rueda de prensa. “Quiero salir de esta pesadilla. No tengo confianza, me siento mal ¿Por qué? No sé. Muchas cosas. Tengo mis propias razones. Me siento juzgado, pido clemencia. Si se repite, comenzaré de nuevo, pero no sé cuándo parará. Si uno está caído, no disparen”, fueron las palabras de un hombre caracterizado por su alegría y que tras la pandemia no ha podido ganar un solo partido.

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Jerome Boateng se perdió la final del Mundial de Clubes con el Bayern Múnich debido al suicidio de Kasia Lenhardt, su exnovia, con quien acababa de terminar su relación. Casos particulares que son el negativo de esa fotografía general de la salud mental en el deporte de alto rendimiento: todos hablan del cuerpo, nadie de la mente.

“Robot, esa fue la palabra que utilizó el Morro para decir que no somos máquinas, que no somos de acero... Lamentablemente, en nuestro continente, salvo algunas excepciones como México, en países como Argentina y Colombia hay una tendencia a cuidar el cuerpo, pero no la mente de los deportistas. Y muchas veces la burbuja en la que está sumergido un futbolista, con mucho dinero detrás, que acaba de firmar un contrato millonario sin estar preparado, los hace entrar en un ambiente de ‘exitismo’ y elogios desmedidos que no lo ayudan a crecer como persona o a prepararlo para el día después”, apuntó Marcelo Roffé, psicólogo deportivo argentino que estuvo al lado de José Pékerman con Colombia en Brasil 2014 y que hoy trabaja en Lanús.

“Yo, mejor dicho, me sentía el que podía tocar el cielo con las manos. Tuve malas amistades que no me ayudaron. La calle, las trasnochadas, la fiesta, el desperdicio de dinero… me equivoqué y el mundo me dio duro. En el momento en que me fui a Europa hubo mucha gente detrás mío, de la fama, del instante. Y cuando me fue mal ninguno de ellos estuvo conmigo, ninguno. No quería saber nada más del ciclismo, estuve apunto de retirarme”, dice el joven ciclista Julián Cardona sobre su fichaje con el Education First, de Rigoberto Urán. Hoy, más preparado y aterrizado psicológicamente, empezó un nuevo camino con el equipo nacional Colnago.

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Y se rebobinan los malos días de Ómar el Zorro Hernández, uno de los mejores ciclistas del país en la década de los 80, líder por nueve días de la Vuelta a España 1989. La fama y el dinero lo marearon. A tal punto que había tomado la decisión de quitarse la vida un fin de semana. Su fórmula: apretar el acelerador de su Mercedes 190 en la carretera Bogotá-Tunja. Atravesarse de frente a una flota. Pum: “Listo, murió el Zorro”. Y no quedarían vestigios de un suicidio, más bien de un accidente cotidiano. Pero dos días antes un mensaje anónimo de la vida lo frenó.

“En mí había un deseo muy vivo de muerte. Era un tipo famoso que lo perdió todo. Un día me llamaron el nuevo Pambelé. No estuve en la calle del Cartucho, pero mi Cartucho estaba en mi corazón. Y mientras tomaba en una tienda llegó un tipo vago y desordenado con quien había trabajado años atrás. Me dijo: ‘Dios tiene un propósito con su vida y él no quiere que haga lo que piensa hacer’. Yo no le había contado a nadie. Les digo a quienes sufren de depresión que sí hay esperanza”, recordó el Zorro.

Porque, así desde el lente deportivo tengan la “vida perfecta”, esa sensación de autosuficiencia les ha robado la alegría a varios deportistas. “Si vives de forma nihilista, fijándote solo en el fútbol, tu alma empezará a cambiar. Al final estarás tan deprimido que ya no tendrás ganas de levantarte de la cama. Y una mañana tus piernas comenzarán a temblar sin control. Estará tan débil que no podrás conducir un coche. Al principio pensarás que es solo fatiga o un virus, pero luego empeorará. Todo lo que querrás hacer es dormir. En el entrenamiento, cada parada se sentirá como un esfuerzo titánico. Durante siete meses, tendrás dificultades para encontrar alegría en la vida. Tu rutina puede convertirse en una prisión, confesó el legendario portero Gianluigi Buffon en una carta publicada por The Players Tribune acerca de la depresión que sufrió a sus 26 años.

Pero hubo un suceso, tan pequeño, que lo trajo de vuelta. Cuando vio una pintura llamada El paseo, del pintor ruso naturalizado francés Marc Chagall. “Esta imagen te hará sentir como un niño, la sensación de la felicidad en las cosas simples. Te recordarán que no sabes nada, amigo mío. Es importante porque el mundo del fútbol tratará de convencerte de que eres especial, pero acuérdate de que no eres distinto con respecto al hombre del bar o al electricista”. La salvación de los pequeños detalles.

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Andrés Iniesta también pasó por ahí, en el mejor momento de su carrera. “Una tarde estaba en casa y me encontraba muy mal. Llamé al médico y le dije: ‘Hacemos algo o no se qué va a pasar’. Esa misma tarde bajamos a la ciudad deportiva y le dije: ‘Necesito ayuda, necesito algo, porque si no no salgo de esta situación. Yo vivía para que llegara la noche y me tomara una pastilla”. Ocurrió en 2009, cuando lo había ganado todo con el Barcelona, meses antes de ganar el Mundial con España.

El testimonio de Víctor Valdés, arquero del mejor Barcelona de la historia, es revelador: cuando sufrió una delicada lesión, atestiguó la tendencia de la sociedad a tirar lo que ya no le sirve. “Y te das cuenta cómo el mundo del fútbol te hace sentir como un lisiado. Me fui a recuperar a Alemania. Yo vivía en un hotel, tenía que coger un tranvía para ir a la clínica. Y gracias a la actitud de la gente en Augsburgo, yo pasaba desapercibido en la calle, en todo lado. Y doy gracias a Dios que al final del día volvía a tocar monedas. Después de muchos años empezabas a valorar lo que valía un simple tiquete de tranvía. A pagarte un café. Cosas que no estabas acostumbrado: los futbolistas vivimos un mundo irreal. Nos lo dan todo hecho, sencillo, te alaban. A mí la lesión me hizo volver al mundo real. El fútbol te aparta, te has lesionado la rodilla y en la cara te dice: ‘Fuera, tú ya no vales’”.

Los malos resultados pueden ser una autopista directa a una depresión. “Eso no puede depender de los resultados. Eso no es lo que a uno lo hace feliz. Hay cosas más importantes: la salud, la familia. A uno le pagan por ganar, pero cuando vamos con ese compromiso no disfrutamos lo bonito que es el presente. Porque nos la pasamos pensando en el futuro. Los ciclistas somos como la bolsa: subimos y bajamos de precio. Dependemos de los resultados. Sin embargo, somos personas que no podemos tener solo años buenos. Tuve tiempos apretados sin ningún podio. Y eso no significa que uno está acabado. Pero nosotros somos seres humanos: nos levantamos cansados, indispuestos, nos enfermamos y no siempre se puede ganar”, advirtió Rigoberto Urán, quien tras años difíciles logró ser subcampeón del Tour de Francia en 2017.

“Es que no se prioriza la gestión de habilidades blandas del atleta. Cuando miramos los procesos formativos, nos damos cuenta de que tenemos muchas falencias. El aprender a convivir con la historia de mi familia, mi situación financiera, aprender a manejar el éxito, la frustración, el fracaso... nunca nadie les enseñó que con eso iban a estrellarse”, señaló Sergio Díaz, entrenador mental de figuras del fútbol colombiano como Juan Fernando Quintero, Rafael Santos Borré, Jorge Carrascal y Nicolás Benedetti.

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El número global es aterrador: cada cuarenta segundos una persona se quita la vida, según datos de la OMS. Y según la FIFPro, organización mundial de futbolistas, cuatro de cada diez jugadores sufre depresión o problemas psicológicos, mientras que en la sociedad este porcentaje varía del 13 % al 17%.

“Tiene que ver con la deshumanización de la industria del deporte. Muchas veces se demanda el 100 % del compromiso, pero se olvida que ese 100 % tiene un componente humano y eso queda en el aire”, agregó Díaz.

Y Roffé lo complementó: “Todos se acuerdan de este tema cuando sucede una tragedia, pero son temas que no se discuten con profundidad porque hay gente a la que no le conviene. La perversión de un sistema que ve al jugador como mercancía, como un juguete y no lo ayuda a pensar. Si el psicólogo lo ayuda a pensar, eso puede llegar a incomodar. Es mejor que no piense, que no esté preparado, que no estudie. En la Argentina solo uno de cada tres jugadores de los 700 de las tres principales categorías ha finalizado su bachillerato”.

Yeison López y Mauricio Caicedo eran dos de los pesistas más importantes del país. Eran serios candidatos a pelear una medalla olímpica en Tokio, pero un positivo para boldenona en el control al dopaje, en noviembre de 2018, derivó en una sanción de cuatro años. Ambos defienden su inocencia. “Estuve al borde de una depresión. Yo no les daré el gusto a quienes me quieren ver mal; no voy a quitarme la vida y desaparecer del deporte. Yo quiero darle el triunfo a mi familia, a mi país”, dice Yeison. Y Caicedo agrega que “ha sido un karma, poco a poco te va destruyendo la vida a nivel moral y psicológico. Te sientes acabado. Uno se prepara toda la vida para algo, de forma limpia, y pfff... todo cambia. Ya no tengo nada, ni siquiera puedo dormir”.

Michael Phelps, ganador de 23 oros olímpicos, ocho de ellos en Beijing 2008, ha estado a punto de quitarse la vida en varias oportunidades. Lejos de los romanticismos y lugares comunes, es directo: muchas veces la depresión es una lucha para toda la vida. “Hice tantas entrevistas después de Río 2016 en las que la historia fue la misma: ‘Michael Phelps habló sobre la depresión, entró en un programa de tratamiento, ganó el oro en sus últimos Juegos Olímpicos y ahora está mejor’. Desearía que fuera así de fácil. Aquí está la realidad: nunca me curaré. Esto nunca desaparecerá. Es algo en lo que he tenido que aceptar y convertirlo en una prioridad en mi vida. Y sí, es mucho más fácil decirlo que hacerlo”.

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Casos activos son muchos. Tom Dumoulin, uno de los ciclistas más importantes del mundo, se retiró de manera temporal, ya no era feliz. Josip Ilicic, máxima figura del Atalanta y mejor jugador del equipo antes de la pandemia, tras el encierro tuvo una depresión que hizo que se perdiera los partidos más importantes de la historia del club y pensó en el retiro. Perdió peso, explosión y la sonrisa. Casi un año después está recuperando su mejor versión.

El recuerdo de Robert Enke seguirá siempre. El exportero del Barcelona, quien siempre lidió con la depresión en silencio, por vergüenza, por tabú, por miedo a incomodar, a perjudicar su carrera, su valor comercial, al qué dirán, tras la muerte de su hija de dos años no aguantó más y se arrojó a las vías de un tren. Todo fue meses antes de representar a Alemania en el Mundial 2010.

“La frase de ‘conozco muchos cracks que hoy son delivery’ es real. También el cementerio del deporte está lleno de talentosos”, concluyó Roffé. No más silencios cómplices.

Por: Thomas Blanco- @thomblalin

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