La historia de su recuperación

Los obstáculos de Francisco Mosquera para proclamarse campeón mundial

El pesista antioqueño superó una ruptura de tendón y este año se convirtió en el segundo colombiano en proclamarse en un Mundial de Levantamiento de Pesas. Así le narró a El Espectador su travesía.

Francisco Mosquera celebra el título de los 62 kg en levantamiento de pesas en los Juegos Bolivarianos. / Cortesía

Ni en invierno hace frío en Río de Janeiro (Brasil). Ese era mi pensamiento en los pocos días que pude disfrutar de esa ciudad maravillosa. La temperatura a final de julio rondaba los 27 grados centígrados, lo que nos hacía sudar a los deportistas que estábamos estrenando la villa en la que Colombia se iba a hospedar para los Juegos Olímpicos de 2016. El martes 26 era el segundo día de entrenamiento de la delegación que iba a representar al país en levantamiento de pesas y el ambiente era maravilloso carcajadas iban y venían por los cuentos que soltaban mis compañeros y la mía se confundía con las del resto.

El entrenamiento empezó temprano. A las 9:00 a.m. ya estábamos cambiados y habíamos hecho el calentamiento específico. Tenía una rutina sencilla: 130 kg en arranque y 160 kg en envión. Estaba mentalizado en dar lo mejor de mí, ese era mi próximo reto. Siempre me he caracterizado por enfocarme en un solo objetivo a la vez.

Pero una mala mecánica al alzar las pesas hizo que ese martes caluroso se convirtiera en un día opaco. Lo único que recuerdo es que, en el momento de alzar los 130 kg en arranque, la rodilla se me fue hacia adentro y se rompió. No entendía de qué se trataba, sólo veía los gestos de los entrenadores tomándose la cabeza. El dolor era insoportable. Sentía que no podía controlar mi pierna izquierda. Me llevaron al hospital, donde me hicieron los exámenes correspondientes. Solo me di cuenta de la magnitud del caso cuando me dijeron que sufría una ruptura del tendón rotuliano. Ahí entendí mi realidad: no podía estar en los Olímpicos.

A finales de esa semana regresé a Cali. Mi mamá Ana Isabel Mosquera me esperaba en el aeropuerto. No había podido hablar con ella debido a que cuando se enteró de la lesión entró en shock. La noticia le dio duro, como a toda mi familia. Ella sólo quería verme. Cuando aterricé y me la encontré, vi en su cara que quería llorar, pero le dije: “Tranquila, que estoy bien”.

La operación se realizó el 12 de agosto en el Hospital Universitario del Valle. El encargado fue el doctor Mario Figueroa. Ese fue el principio de un proceso de recuperación largo y doloroso. Inicialmente no podía cargar peso, hacía hidroterapia y a mi pie izquierdo le hicieron varios estudios biomecánicos; aún le hacen algunas pruebas. El profe Oswaldo Pinilla siempre estuvo asesorándome, él me acompañó a lo largo de mi recuperación. Viajaba todos los días de Palmira a Cali para verme. Era algo que me llenaba de energía.

También fue fundamental el trabajo de la fisioterapeuta María Cristina Pazos, quien tuvo mucha paciencia y supo llevarme. Cuando se dio cuenta de que mi rodilla estaba bien, me dijo: “No estás lesionado, olvida lo que pasó, empieza desde cero”.

No quería doblar la pierna, tenía miedo, sentía que podía romperse. Así que ella me la dobló, sin preguntar. Pegué un grito inmenso y le dije: “¡¿Cómo puedes?!”. Su respuesta fue clara: “Ya estás bien”. No lo creía, tan solo habían pasado cinco meses desde la operación. Era enero y desde entonces comenzamos el proceso para retomar fuerzas. Comencé con un palito y después con la barra. Me puse en forma.

En el proceso fui vencido en varias ocasiones. Eso sí, nunca renuncié. Siempre tuve el apoyo de toda la selección de Colombia. No me sentí excluido. Quería volver a ganarme el puesto dentro del equipo, así que me hicieron participar en el campeonato nacional en Guatapé (Antioquia). Pinilla quería dejar claro que, sin importar el nombre, el que quisiera estar en la selección se lo tenía que ganar. Y eso hice.

No fue fácil, estaba muy asustado. Las piernas me temblaban, el corazón palpitaba más rápido. Era mi primera competencia después de la lesión. Aunque venía entrenando fuerte, en la práctica, cualquier dolorcito, piensas que es grave. Sentía que estaba para hacer una buena prueba de arranque, pero no me salió como esperaba. Tal vez porque haciendo ese ejercicio me lesioné. Alcé 132 kg, a diferencia del envión, ahí sí respondí mejor de lo que imaginé, terminé con una marca de 160 kg. Me gané el cupo a los Juegos Bolivarianos. Gané tres medallas de oro, que me abrieron el camino para el Mundial de Anaheim (California).

Sin embargo, allí las cosas no empezaron bien, levanté solo 130 kg en el arranque y finalicé séptimo. Las dudas se tomaron mi cabeza, pero empecé a recordar por lo que tuve que pasar para llegar a este lugar: me vi jugando fútbol en Apartadó, de lateral como siempre lo hice cuando tenía la ilusión de ser como Camilo Zúñiga. También se me vino la imagen cuando intenté ser boxeador y me salí por un golpe bien metido que me pegaron, o cuando por robarme una bolsa de detergentes terminé con mi pantalón lleno de jabón. Pero entre todo esto se quedaron en mi mente las siluetas de mi familia y mi padre deportivo, Giovanny Moreno. Gracias a ellos soy lo que soy.

Ese momento fue inspirador para mí, me llevó a sacar toda la fuerza que tenía adentro. En envión alcé 170 kg y me quedé con esa medalla de oro y la del total (300 kg). Es un instante inolvidable que se repite en mi cabeza una y otra vez. Al ganar la presea me tiré de rodillas al suelo, miré al cielo y celebré, Francisco Mosquera estaba de vuelta. A pesar de los obstáculos, la constancia y la disciplina me llevaron a ser el número uno en los 62 kg del Mundial de Pesas de 2017. Ahora mi objetivo son los Olímpicos de Tokio 2020, allá quiero que la bandera de Colombia ondee en lo más alto del podio.

* Adaptación Jesús Miguel de la Hoz.