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Manny Pacquiao o cómo ser un espejo entre cristales rotos

En estos días el boxeador filipino publicó en sus redes sociales el orgullo que sentía por graduarse de Ciencia política y Administración de gobierno. Su sueño de ayudar a su país desde la política y su propósito de ser un referente en el boxeo se hallan en el valor que más defiende: la responsabilidad.

Manny Pacquiao, boxeador filipino de 41 años, acaba de graduarse de Ciencias políticas y Administración de gobierno. En su país ya trabajó como senador. AFP

Graduarse de Ciencias políticas y Administración de gobierno en la Universidad de Macati no es solo un anhelo de ser profesional, de servirle a su país desde los estrados donde se decide qué hacer con el dinero y las leyes, es también una lucha para que el porvenir de los más pequeños no sea similar al que él vivió años atrás en un panorama que pintaba desolador, que se hizo próspero en la miseria.

Manny Pacquiao nació el 17 de diciembre de 1978 em Kibawe, el segundo municipio de la provincia de Bukidnon, en Filipinas. A su aldea llegan vientos cálidos, a su tierra la componen casas con techos de aluminio y paredes opacas que se desgastan con el clima. En las calles amarillas, de carreteras destapadas, Pacquiao aprendió a vivir. Luego de la separación de sus padres y de ver cómo su papá mataba a su perro y se lo comía en frente de él tiempo después del divorcio, Manny decidió huir de un hogar que representaba más penurias que las noches a la intemperie, cubriéndose con cartones y aferrándose a la heroína y los universos externos que crean las drogas y sus efectos psicodélicos.

Emmanuel Dapidran Pacquiao (su verdadero nombre), decidió emigrar a la capital filipina. Allí se topó con una sociedad indiferente, con una cotidianidad arropada por la basura, por una pobreza similar a la que enfrentaba con su mamá y sus hermanos. Eran días de escasez, de escarbar en callejones y senderos aledaños a restaurante para encontrar algo de comida. Cada día podía representar un año de coraje y resistencia. Tenía 12 años de edad, pero ya vivía con una fuerza interior de 50. Por la vida callejera, por las amenazas constantes, Manny Pacquiao supo sortear los golpes y sintió una cercanía particular por ellos. El boxeo, ese deporte asociado a orígenes populares, en el que un cuadrilátero es el Olimpo de los deportistas, era una de las pasiones de Manny. Cordero, un entrenador de boxeo de la época, se convirtió en el maestro, en el cómplice y en el oráculo del adolescente de 14 años. La destreza adquirida en la calles debía ser traducida en jabs calculados, en crochets precisos y en ganchos que llevarán al nocaut.

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Sin tener donde dormir, pero abandonando los cartones que días atrás lo cubrían de los aires de la madrugada, Pacquiao no tenía otra alternativa que dormir en el ring. Así se afianzó en el cuadrilátero y convirtió el espacio de combate en su hogar. Tal vez ese fue uno de sus secretos para convertirse en un boxeador legendario de su país.

Sus 166 centímetros de estatura no le ayudaban para mejorar el peso necesario para luchar oficialmente en el boxeo. Los días de clandestinidad no terminaban, pero su cercanía con los sacos, los guantes y la postura de la guardia francesa eran cada vez más habituales en él. Ya su vida empezaba a ser también su obra.

Con 16 años recién cumplidos, el filipino debutó en el boxeo profesional. Fue el 22 de enero de 1995. Ya dejaría de ganar los dos dólares que le pagaban y que él, sin olvidar a quienes lo han defendido, le entregaba a su mamá y a sus hermanos. Las 105 libras mínimas que son permitidas para competir fueron obtenidas tras varios entrenamientos cargando peso de múltiples objetos en sus bolsillos.

El boxeador obtuvo su primer título en Tailandia. Su reputación ya estaba hecha en su región y por eso quiso ser profeta de otro mundo. A Freddie Roach, que fue su entrenador por muchos años, lo conoció en Los Ángeles en el 2001, año en el que llegó a Estados Unidos, país de Muhammad Ali, de Sugar Ray Leonard, de Rocky Marciano, de Mike Tyson. Su sueño era pertenecer a esas grandes ligas y seguir representando a los orígenes más remotos de su vida, a su país que le fue hostil, pero que también le ha sido necesario para entender la crudeza del desamparo y de una existencia supeditada a ciudades desiguales que no perdonan al débil.

Varios años después se hizo multimillonario por los títulos obtenidos. Arraigado siempre a sus inicios, Pacquiao compró el gimnasio donde comenzó sus entrenamientos. Además de dotarlo, lo amplió para construir habitaciones para los boxeadores que allí practibaban el deporte. Así iba siempre, ofreciendo lo que en su pasado no obtuvo, evitando que el mundo sea un poco menos injusto, creyendo que siendo un referente, que siendo adinerado, podía ser el mismo que creció sin apegos, sin pertenencias, sin ansias de crecer para tener el poder que todos ostentan mientras a las afueras de sus propiedades hay personas pidiendo limosna y rezando a los dioses que la realidad sea un poco más compasiva con su abandono.

 

‘Pac-man’, como también lo llaman, tiene un récord de 69 victorias, 40 de ellas por nocaut. A lo largo de sus 24 años de carrera, el filipino ha ganado nueve títulos mundiales en ocho categorías diferentes. Llegó a ser nombrado boxeador de la década y, como varios de sus referentes, disputó varias peleas del siglo en las que demostró que su obra traspasó las fronteras de su país y las exigencias de su tiempo.

Su paso por el parlamento filipino en 2010 y su puesto como senador de Filipinas en 2016 reafirman el sueño de Pacquiao de culminar su carrera en Ciencias políticas y Administración de gobierno. Sus peleas son en varios frentes y sus victorias no son solo para adornar sus estantes, son para ser el ejemplo de varios filipinos, para demostrar que en el parlamento y en el cuadrilátero se puede hacer legado y se puede rasgar la eternidad sin olvidar el pasado que nos determina y que nos dibuja conforme a las nostalgias y las ausencias.

“A pesar de que el boxeo siempre ha sido mi pasión, considero el servicio público mi pasión. Para ambas, tengo una gran responsabilidad con mi gente”, afirmó Manny Pacquiao en una entrevista, recordando que más que el deseo de ganar, es la responsabilidad de ser un espejo para quienes viven entre cristales rotos.  

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Andrés Osorio Guillott

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