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María José Rodríguez, la niña que se extraviaba

Cuando era pequeña, se le volaba a sus padres para ir a ver jugar bolo. En la actualidad es la mejor en ese deporte.

María José Rodríguez, la mejor bolichera del mundo. / Nelson Sierra Gutiérrez

Luis Carlos Ospina llevaba a su nieta María José Rodríguez Ospina a clases de natación, en 1990, cuando ella tenía un año y comenzaba a enamorarse del deporte, en Ibagué. En esa ciudad también nació su hermana, Eliana, dos años menor y quien tocaba la flauta por pasión y, en parte, como travesura infantil, para molestar a María José.

Escuchar el instrumento musical de Eliana era una de las pocas cosas que molestaban a María José en su infancia. Otra de ellas, el desorden. Esbozaba su sonrisa en el momento en que su padre, Ramiro Rodríguez, anunciaba que partían hacía el Club Campestre de la capital tolimense. Él iba a jugar baloncesto y tomar algunas clases de golf, acompañado por su esposa, Celmira Ospina, y su hija mayor.

Mientras en casa se quedaba Eliana durmiendo, porque nunca le llamó la atención la actividad física, la también pequeña María José planificaba de qué manera escaparse de la vista de sus padres para irse a su lugar favorito: la bolera. “La primera vez que se perdió la buscamos por todas partes”, cuenta con tranquilidad Celmira, la madre que estuvo angustiada en el momento en que su niña se esfumó de su mirada.

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María José llegaba a la bolera, escalaba una silla y se sentaba a observar cómo esas bolas que le parecían gigantes tumbaban los pines. Durante muchas jornadas familiares en el Club Campestre de Ibagué hizo lo mismo: se escapaba de sus padres y corría hacía la bolera. “¿Dónde está María José?”, era una de las frases que más repetía Celmira Ospina en la década del 90. “Ya sabía que se encontraba sentada en la bolera y no la regañaba porque estaba ahí juiciosa”.

La astucia que utilizaba para volarse la comenzó a aplicar con los objetos redondos en sus manos, a los siete años. Se cansó de mirar. Le pidió a sus padres que la dejaran practicar la actividad que la apasionaba. “Hey, yo quiero tomar clases, esto me gusta mucho”. Después de cumplir diez años arrancó a participar en torneos nacionales, y a ganarlos. Su talento desbordaba.

Simultáneamente, competía en golf, deporte que todavía ama. Era tan buena recorriendo los 18 hoyos que expertos en esa disciplina aseguran que si hubiera seguido ese camino también habría alcanzado el éxito. Sin embargo, desempeñarse en un máximo nivel en dos actividades deportivas es complejo. “Me di cuenta de que no podía seguir con dos deportes a la vez, era imposible en el alto rendimiento”, reconoce Rodríguez.

Después de graduarse del colegio La Presentación de Ibagué, y por intermedio de su amiga Martha Pérez, también bolichera, María José consiguió una beca en Estados Unidos para estudiar marketing y administración de empresas y continuar jugando bolo. “Llegó a un frío insoportable. Al principio le dio duro. Extrañaba mucho su casa y la comida, pero le dimos ánimo y siguió adelante”, manifiesta la mamá de la niña que supo afrontar las dificultades para luego graduarse y hacer una maestría en finanzas y contaduría.

En las pistas de bolo, los triunfos no cesaban. Logró ingresar al Tour de la Asociación de Mujeres Profesionales de Bolos (PWBA, por sus siglas en inglés), el más importante del mundo. En ese circuito solo compiten las mejores, las que registran los promedios más altos. Y María José este año venció a todas sus rivales y, además, fue la mejor jugadora en el Campeonato Mundial Femenino, realizado en el South Point Bowling Plaza de Las Vegas, donde se colgó una medalla de oro con el equipo colombiano y otra en la modalidad todo evento.

Ahora, María José Rodríguez Ospina no se escapa de sus padres. Los busca. Viaja a Ibagué desde Norteamérica junto a su esposo, Nathan Michael, jugador de bolo, con el propósito de que su madre la consienta con un sancocho, un ajiaco o un masaje, y con el objetivo de compartir con sus sobrinas, las hijas de la mujer con la que discutía en la infancia por culpa de los sonidos de una flauta. Hoy en día, solamente hay abrazos y felicitaciones por las victorias de la mejor bolichera de Colombia.

@SebasArenas10 ([email protected])

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Sebastián Arenas - @SebasArenas10

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