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Oksana Masters, la hija de Chernóbil

Esta ucraniana, nacionalizada estadounidense, nació muy cerca de donde ocurrió la tragedia nuclear en 1986. A pesar de sus problemas físicos, se convirtió en una de las atletas más reconocidas en su país y en el mundo. Ha ganado cuatro medallas paralímpicas y en Tokio 2020 va por más

@OksanaMasters

La tragedia nuclear de Chernóbil (26 de abril de 1986) sigue siendo, como dijo la escritora Svetlana Alexievich, un enigma que hay por descifrar, una catástrofe que durante muchos años generó una mudez no solo en Ucrania sino en el mundo. Mujeres viendo a sus esposos morirse lentamente, si se le puede llamar muerte a desintegrarse paulatinamente en vida, animales domésticos recobrando su instinto salvaje y generaciones venideras contaminadas antes de nacer en la tierra de los muertos, en un país en el que el consuelo diario era el recuerdo de épocas peores como alivio para un presente oscuro.

Oksana Masters nació el 19 de junio de 1989 en Khmelnytsky, una de las ciudades afectadas por el accidente en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin. Llegó al mundo sin pulgares, con las manos palmeadas, con una tibia más grande que la otra, sin el bicep derecho, con un solo riñón y seis dedos en cada pie. Un día, cuando todavía no era consciente de sí misma, sus padres hicieron lo que hizo todo el mundo que vivía cerca de Chernóbil: se marcharon. Pero no la llevaron, quizá asustados por las malformaciones, por el temor de que fuera contagioso. Y Oksana empezó a rodar de un orfanato a otro, y sufrió de hambre, pues luego del final de la Guerra Fría en gran parte de Europa del Este no había qué comer.

“Recuerdo que había un campo de girasoles, también un ciruelo y muchas semillas. Ahora cuando veo esa flor me acuerdo de esos instantes”, dijo Masters en una entrevista concedida a la BBC de Londres.  A los cinco años, contrario a lo que se esperaba, una mujer la adoptó. “Le mostraron una foto mía, en la que salía con un vestido, y sin saber nada de mí me aceptó. El papeleo duró dos años, al punto de que llegué a pensar que todo era mentira del director”, añade. 

La logopeda Gay Mastres, una mujer soltera que no podía tener hijos, se la llevó para Estados Unidos cuando tenía ocho años, cuando pesaba 16 kilos y ni siquiera tenía un metro de estatura (86 centímetros).  “Usaba ropa de niños de tres”. Un año después, tras varios exámenes, los médicos determinaron que tenían que amputar la pierna izquierda, pues los fuertes dolores por la malformación eran insoportables. A los 13, por las mismas razones, le amputaron la derecha.

“Estaba sedada después de la operación, me intenté levantar y me caí. Me di cuenta que mi otra pierna no estaba y me dio rabia, un poco de ira, pero con el tiempo entendí que era lo mejor. Uno de niño a veces no comprende las cosas”. Con la adolescencia, Gay tocó varias puertas, le hizo muchos exámenes y a Oksana le construyeron, si así se puede decir, sus pulgares. “Me dio mucha alegría porque podía agarrar las cosas con mayor comodidad”.

Ya después se enteró de los programas paralímpicos en los Estados Unidos y comenzó a practicar remo. Y desde enero de 2008 empezó a entrenar con Randy Mills, la directora del programa del club de remo adaptativo de Louisville. “Cuatro años de prácticas para competir en Londres 2012 y ganar un bronce. Sentí que tenía capacidad para hacerlo más veces”. En 2013, luego de ver una competencia de esquí, se mudó a esta disciplina y participó en los Juegos Paralímpicos de Invierno en 2014 (Sochi, Rusia), obteniendo una plata y un bronce en la prueba de fondo. En 2018, en Pyeongchang ganó su primer oro. Y para Tokio 2020 espera sumar dos podios más, ahora en el ciclismo de ruta, disciplina que practica su pareja, Aaron Pike.

“Quiero que más adelante, como los niños tienen un afiche de Michael Jordan, de Lionel Messi o de Roger Federer, quien haya nacido con alguna dificultad pegue uno mío en su pared para que recuerde que no somos personas discapacitadas, sino personas con capacidades diferentes".

 

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Redacción deportes

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