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Óscar Rivas, un verdadero peso pesado

Eludió la violencia de su natal Buenaventura, fue obrero, recolector de basura y mecánico. He aquí la historia de quien sueña con ser campeón mundial como su mejor amigo: Eleider Álvarez.

Rivas celebra el título internacional de la FIB y la NABO. / Cortesía
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Oriundo del principal puerto del país y uno de los más nombrados del planeta. En el centro del mundo, equidistante a los caminos marítimos más transitados. Paradójicamente, el municipio más extenso del Pacífico colombiano, epicentro de la recepción de millonarios contenedores procedentes de países del primer mundo, es un lugar caliente en el que las balas, las drogas y las neveras vacías son el común denominador.

Allí, en Buenaventura, nació Óscar Rivas, reciente ganador de los títulos internaciones de pesos pesados de la Federación Internacional de Boxeo (FIB) y la NABO de la OMB, tras vencer en el último asalto a Bryant Jennings en el Casino Verona, de Nueva York. “Es un desconocido, ni idea quién es”, había dicho el petulante estadounidense antes del combate.

El pugilista de 106 kilogramos de peso y 1,85 metros de estatura tocó la puerta de la élite y quedó a un triunfo, ante el búlgaro Kubrat Pulev, a quien ya venció en los Olímpicos de Beijing 2008, de disputar el título mundial de la FIB frente al inglés Anthony Joshua. Conseguir ese cinturón sería el logro más importante en la historia del boxeo colombiano.

La delincuencia y el dinero fácil, como a todos los niños de su región, le mandaron una invitación seductora a Óscar. Edison, su primo, dio el sí. Hoy ya no está con nosotros, pero es a quien le debe todos sus logros, pues él lo llevó por primera vez a un gimnasio a probarse en el boxeo. Le dieron una paliza y salió con los ojos morados. “Bueno, toca volver y darle más duro”, dijo en ese momento. Parado en esa disyuntiva, "Kaboom" se quedó con el segundo camino. “Gracias a Dios”.

Con ese nuevo amor en su equipaje, dejó la casa de sus abuelos y se fue a los 12 años a Cali a vivir con su mamá. “Me tocó muy duro. Trabajé como obrero en la construcción, también en un montallantas. Hasta recogí basura en Ciudad Jardín y un montón de cosas más para sobrevivir con mi madre. Por eso, luego de este gran triunfo, fue a la primera persona a la que llamé. Ella es la única que sabe por todo lo que hemos pasado”, dice el vallecaucano de 31 años mientras se tatúa un indio guerrero, que hace alusión a los arduos trabajos de los lobos, su inspiración. Eso sí, solo hay buena onda y risas, ninguna muestra de dolor.

Recuerda su título de peso súper pesado en los Juegos Panamericanos de 2007 y su trasegar en los Juegos Olímpicos de 2008. Cansado de no recibir apoyo, decidió en 2009 junto a su “hermano de otra madre”, Eléider Álvarez, dejar la selección colombiana y partir a Montreal (Canadá) a cumplir sus anhelos.

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Eléider, quien en agosto pasado se coronó campeón mundial de peso semipesado de la OMB. El mismo que fue elegido como el mejor deportista de 2018 por este diario. Nueve años después, ambos están cosechando los frutos de todos los sacrificios que tuvieron que hacer. “Él es mi compadre del alma, mi hermano de corazón. Llegamos siendo unos desconocidos, nadie daba un peso por nosotros, pero ambos sabíamos lo que se venía”, apunta Rivas. "Desde 2005 nos conocimos en la selección colombiana. Hicimos una amistad y llegamos juntos a Canadá y solo nos separamos para dormir cada uno en su apartamento. Nos apoyamos mutuamente", añade Eléider. 

El frío, el idioma francés y la cultura les pegaron duro. Pero, sobre todo, las tres oportunidades en las que les negaron sus visas, el principal obstáculo que tuvieron.

Entonces apareció su actual mánager, Stéphane Lepine, a apostar por ambos. No solo les pagó la renta y su día a día por casi una década, sino que también les donó su tiempo. “Mi papá murió hace unos años, pero Lepine ha sido un padre para mí. Ahora está recibiendo de vuelta todo lo que nos dio. Apostó por nosotros en las buenas y en las malas y eso no se olvida”.

Las malas. Esas cuatro operaciones en el ojo derecho luego de una delicada lesión en la retina en un entrenamiento, debido a que su rival lo lastimó con el dedo gordo. Se le cerraron puertas por cinco años. “Fue jodido, estuve cabizbajo, no me dejaban pelear. Pero me dije: ‘Ya estoy en Canadá, tengo que terminar el trabajo. Vamos a matarnos’. El que persevera, alcanza”.

Tras su última gran pelea, su amigo C’enty, inspirado en su historia de lucha y resiliencia, le hizo “Kaboom”, una buena canción con apuntes quirúrgicos de la vida de Rivas.

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“Desde arriba tengo la bendición, salí de la nada, me bloquearon la entrada. No me abrían la puerta, yo la tumbé a patadas. La calle me ataba, parceros mataban. Soy lo que yo quise ser. Querer es poder, en mis hombros llevo el orgullo y la herencia de Pambelé. Por esto peleé, por esto recé y ahora quiero ser campeón del mundo. Porque he salido de lo underground, a mí ninguno me aguanta tres rounds, me lo he guerreado siempre pound por pound”, dice el tema. 

Entre las sombras por muchos años, su momento de brillar, como ningún otro, llegó. “Loco, yo quiero de verdad ser el número uno. Vine a Canadá para eso: para seguir haciendo historia”, cierra el verdadero peso pesado del boxeo de Colombia.

Thomas Blanco Lineros [email protected]

 

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