Sofía Gómez y su coraje para romper los límites

La pereirana de 25 años batió récord mundial en la modalidad peso constante con bialetas al descender 83 metros en un tiempo de dos minutos y 43 segundos.

Sofía Gómez.Nelson Sierra - El Espectador

Sofía Gómez se despertó un día deseando estar enferma para no tener que ir a entrenar. Estaba cansada de la monotonía y había perdido –en cierta medida– el amor y la pasión por lo que hacía. Era 2014 y la pereirana vivía los días más difíciles de su carrera deportiva.

Fue entonces cuando decidió rebelarse contra el mundo. Con la fuerza y la determinación que la caracterizan, Sofía dejó atrás lo que hasta entonces era su rutina, abandonó definitivamente la natación con aletas y apostó todo lo que tenía por aquello que de verdad la hacía sentir viva: la apnea.

Para ella no existían dudas. Mientras la natación se había convertido casi en una obligación, la apnea se presentaba ante ella como la ventana a un mundo sin explorar, un espacio en el que no tenía que matarse entrenando, que le permitía disfrutar cada segundo de la experiencia y, sobre todo, en el que le iba a las mil maravillas. “Fue muy duro, porque peleé fuerte con mi entrenador. Le dije ‘yo no voy a hacer más natación con aletas, usted aquí me tiene para completarle un relevo en Juegos Nacionales y yo no estoy para eso. Yo quiero ser la mejor en apnea’”, recuerda Sofía, insistiendo en que esa ha sido la mejor decisión de su vida.

Lo que siguió fue una etapa de compromiso y trabajo casi en solitario. Sofía empezó a entrenar valiéndose únicamente de las indicaciones y ejercicios que le enviaba un entrenador chileno. En las jornadas la cuidaban la preparadora física del equipo de natación con aletas y sus compañeros, pero no tenía un acompañamiento directo del entrenador. Para ella, las barreras no existían: “Le demostré que sin él también lo podía hacer”, asegura.

 

Esa decisión, que pareció en principio un salto al vacío, demostró de lo que estaba hecha Sofía Gómez: coraje, no sólo para ir en contra de los límites de la naturaleza y romper los esquemas, sino también para luchar contra los miedos propios y los juegos de la mente.

Quizá por eso, cuando hace inmersiones trata de mantener la mente en blanco. Nunca piensa, por ejemplo, en el hecho de que está aguantando la respiración, en que si está cansada no se puede detener en el camino, o en que si acaba de llegar a los 84 metros, aún le falta recorrer la misma distancia para subir a la superficie. Para ella se trata, sobre todo, de un momento de encuentro personal, de tranquilidad y paz que disfruta al máximo. “Es una sensación de felicidad plena, soy más feliz en el agua que estando en la superficie”.

La mente controla el cuerpo, insiste ella. De ahí que uno de sus secretos de preparación sea meditar para visualizar la inmersión todas las veces que sea posible. La explicación parece simple: “visualizar para que en la mente uno diga yo ya la hice, y que sea solamente hacerla físicamente”. Si algo tiene claro Sofía, es que en la apnea, más que en cualquier otro deporte, la competencia no es contra un contendor externo. Aquí se compite contra los límites propios, con los temores y los bloqueos que el mismo ser humano se impone.

 

Los triunfos, por supuesto, han llegado uno tras otro. El 5 de julio rompió el récord mundial de apnea con aletas. Lo hizo en las aguas de la isla de Dominica, en Soufrière and Scott, al alcanzar 83 metros de profundidad en 2 minutos y 43 segundos, en la modalidad Peso Constante con Bialetas. Dos días después, logró los 84 y rompió su propia marca.

No pasó mucho tiempo para que celebrara un nuevo triunfo. El 29 de agosto alcanzó récord panamericano en el Campeonato Mundial individual de la Aida (Asociación Internacional para el Desarrollo de la Apnea), que se realizó en la isla de Roatán, Honduras. Fue una inmersión de 96 metros con monoaleta. Sólo para hacerse una idea, menos de 10 mujeres en el mundo han logrado bajar más de 90 metros.

 

Esa es precisamente la inmersión que Sofía recuerda con más cariño, entre otras cosas porque llevaba algo más de un año tratando de alcanzar el número. “Siempre encontraba un problema, me tenía que devolver antes, no tenía aire para compensar la presión... cuando llegué al fondo –y hay video de eso– sonreí grandísimo, por fin lo había logrado. Cuando subí a la superficie, sentí que había sido una inmersión fácil”, rememora.

En esa experiencia comprobó algo que ya antes había notado: la clave de su éxito está en “sollarselo todo” y quitarles el peso a los números rigurosos de las competencias. Hay que disfrutar más que competir. El triunfo no importa tanto cuando hace lo que le apasiona. Sumergirse y entregarse al mar la hace feliz, por eso siempre termina ganando.

 

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