Perfil de Usain Bolt

Usain Bolt, el hombre que marcó los límites de la velocidad

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El jamaiquino ganó ocho medallas de oro en tres Juegos Olímpicos, además de imponer el récord de los 100 metros planos: 9 segundos y 58 milésimas.

Un día después de la victoria de Usain Bolt en los cien metros planos de los Juegos Olímpicos de Pekín, el pastor de la Iglesia Apostólica Por Antonio, en Jamaica, comenzó su sermón con más aplomo de lo habitual y arrojó esta frase desde el altar: “Los suizos son expertos en fabricar relojes, los chinos son buenos para la industria y los jamaiquinos, en forjar hijos del viento”. Después siguió con “démosle gracias al señor por Bolt” y concluyó diciendo: “Que nuestra tierra siga dando más Bolts”.

En efecto, esta isla del Caribe, que parece el lugar más fértil del mundo para los velocistas, recuperó la confianza absoluta en sus gentes gracias a los atletas que empezaron a ganar en los Juegos Olímpicos, mucho más en la era Bolt. Y pasó así porque Usain le mostró al mundo, también a sus compatriotas, que más allá de la tecnología de los estadounidenses y de las grandes ofertas económicas de los británicos para quedarse con los talentos que otros no podían sostener, Jamaica tenía un sistema estructurado en la precariedad y en las ganas de una mejor vida. Y contra ese instinto de supervivencia no hay barrera que resista.

Bolt nació en Sherwood Content, en la Jamaica rural, la más profunda, y aunque su niñez no fue tan vulnerable como la de otros, sí convivió con amigos que no tenían qué comer y supo que la pobreza era parte de su comunidad. A medida que fue creciendo, Usain se hizo más rápido jugando críquet y por recomendación de su entrenador, se cambió al atletismo, y cada vez fue más veloz, quizá por su fisionomía (era más alto que los niños de su edad), y se acostumbró a correr descalzo en los pastizales de la escuela William Knibb, así como a las citaciones semanales a la dirección, pues no se concentraba en el salón de clases y porque su actitud pícara y su risa eran tan contagiosas que casi siempre ocasionaban una exaltación general en el aula.

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“No creo que lo hiciera a propósito, solo que no se podía estar quieto”, recordó Wellesley, su padre. Bolt mejoró las marcas escolares, pero también conoció la fiesta, la música y la vida de los guetos en Jamaica. Y el poder del que tenía las armas, de que había que correr muy rápido para escapar de las balas.

Gracias a Glen Mills se alejó, en un principio, de la rudeza de las calles y de las envidias, y comenzó a trabajar bajo su mando en la medida de lo posible, pues Bolt tenía ingenio, pero le faltaba disciplina. “Aunque diga lo contrario, él nunca se entrenó como debía. Sí, era dedicado, pero no como otros”, dijo Mills en una entrevista con The Guardian, diario inglés que lo buscó durante una semana para tener un par de minutos de entrevista. Mills fue quien se dio cuenta del cuerpo de goma de Bolt, de sus piernas largas que iban en contra de la mecánica de palancas, y que si bien no era el mejor durante los primeros metros, se hacía inalcanzable en los últimos. Y eso fue lo que trató de potenciar para que Bolt fuera un relámpago. “El mejor, el más explosivo, el más joven”, dijo Asafa Powell, el ídolo que pasó a ser su rival y que años después reconocería que Usain estaba por encima de cualquier atleta en el mundo.

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El 16 de agosto de 2008, con 21 años y 360 días, Bolt inició una nueva era en el atletismo mundial, su era, al recorrer cien metros en nueve segundos y 69 milésimas, un año antes de que impusiera el 9,58 en el Campeonato Mundial de Berlín, lo más rápido que ha corrido un hombre en la historia. “Todo el mundo tiene talento, solo que unos le sacamos más provecho que otros”, dijo tras ganar el oro en los 4 x 100 en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro y bailar alrededor del estadio al ritmo del reggae.

Ese día, el poderoso Bolt, el mismo que venía dominando el deporte base durante los últimos ocho años, se dio cuenta de que ya era más complicado resistir el paso del tiempo, que convertir cualquier escenario en un lugar de fiesta seguía siendo posible, mas no ganar con la facilidad de antes, aunque a los aficionados no les importara tanto el registro en el cronómetro como el verlo pasar la meta de primero. El 6 de agosto de 2017 la luz de Bolt se apagó con una derrota en los cien metros frente a Justin Gatlin, que durante años y años tuvo que conformarse con ver el dorsal del jamaiquino, y que ese día le dijo adiós al más grande de todos con una venia en pleno atardecer londinense, un gesto que dio a entender que ya nada sería como antes, pues el valor supremo del invencible pasó a hacer parte del pasado.

@CamiloGAmaya

icamaya@elespectador.com

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