La pederastia se tomó el deporte: aumentan denuncias de abusos sexuales

El exatleta español Antonio Peñalver habló de los abusos que sufrió cuando tenía 13 años por parte del entrenador Miguel Ángel Millán.

Antonio Peñalver ganó medalla de plata en decatlón en los Juegos de Barcelona 1992. / EFE
Antonio Peñalver ganó medalla de plata en decatlón en los Juegos de Barcelona 1992. / EFE

Antonio Peñalver es para todo el mundo Superpeñalver, el decatleta español que ganó una medalla de plata en Barcelona-92, producto de la magia de un gran entrenador, Miguel Ángel Millán, que lo sacó de la nada. Esto era así hasta hace unos días, cuando la policía detuvo a Millán después de que un joven lo denunciara por abuso sexual. Aquel día comenzó a conocerse la historia verdadera, la que Peñalver cuenta por primera vez.

Antonio Peñalver es para todo el mundo Superpeñalver, el decatleta español que ganó una medalla de plata en Barcelona-92, producto de la magia de un gran entrenador, Miguel Ángel Millán, que lo sacó de la nada. Esto era así hasta hace unos días, cuando la policía detuvo a Millán después de que un joven lo denunciara por abuso sexual. Aquel día comenzó a conocerse la historia verdadera, la que Peñalver cuenta por primera vez.

“Mi historia es la misma que podría contar cualquiera de mis compañeros. Cuando eres víctima, no tienes escapatoria. Antes de atacar, él te deja absolutamente aislado. Tus compañeros son enemigos; como yo iba a ser bueno, prometía y era especial. Eso es lo que todos los elegidos se creían. A mí me hizo sentir así, yo seguí después, a pesar de los abusos, y llegué a ser subcampeón olímpico. Te desarraiga de tu familia y, como soy hijo de campesinos, había inquietudes que me surgían en esa edad. Él me decía: ‘pobrecitos, es que ellos no entienden’. Fue la forma en que empezó a hacerse mi padre y mi consejero. Los otros compañeros eran sólo gente que quería llevarme de fiesta, porque yo era la ‘envidia’. Mi única solución era dedicarme solo al entrenamiento. Y el tiempo libre era estar en su casa, compartir la media vida, como si fuera uno más de la familia. Hasta que llega el momento en el que, de repente, una noche te está tocando.

Tenía 13 años, fue de 1982 a 1983. Se repitió varias veces, pero no puedo precisar cuántas porque esas cosas, supongo que será por un mecanismo de defensa, se borran de la memoria. En un momento dado, intentaba evitarlo, me acostaba boca abajo, pero no sé por qué, siempre te despertabas con él encima. Justo cuando ya te vencía el sueño, porque siempre intentaba no dormirme.

Al principio, los sábados subíamos a hacer algo de entrenamiento y luego este hombre se compró una casa casi caída y los niños íbamos ahí a entrenar y a restaurar la casa. Hacíamos de albañil. Esto muestra el poder y la imagen que tenía en el pueblo. Los padres creían que estábamos con un señor que tenía una imagen intachable, esa de ayudar a los pobres con necesidades económicas, ayudar a los niños con problemas para que el deporte los reconvirtiera y alejara de los vicios. Hasta que esos niños desaparecían, sospecho que se iban por abuso.

En el momento en que se produjeron los abusos, no entiendes lo que está pasando. Sólo la primera vez me dirigió la palabra, y yo contesté que no, pero siguió, por supuesto. Se repitió unas cuantas veces, durante unos meses. No era todas las semanas. Fueron en varias excursiones. Después de trabajar y entrenar, nos acostábamos en una habitación de unos 15-20 metros cuadrados. En el suelo dormíamos sobre esterillas o jarapas, uno al lado de otro. Te despiertas y no puedes hacer nada.

Cuando eso se repitió cinco o seis veces, dejé de ir a las excursiones y me convertí en invisible. Otra gente que conozco y que sufrió eso desaparecía para siempre. Se iba y ya. Yo en ese momento no tenía dónde ir, seguía yendo a la pista de atletismo a mendigar un poco de afecto. Esa es la cuestión. Te pasas media vida intentando mentalizarte que eres el mismo.

Después de que me volvió a dirigirme la palabra para entrenar en forma, no volvió a tocarme jamás. Empecé a entrenar otra vez y esa buena relación entrenador-atleta se prolongó, hasta que llegó la oportunidad de que la federación le pagara para entrenarme, y al grupo de atletismo, y a partir de entonces, de repente, empezó a estar desaparecido.

Llegué a ser subcampeón olímpico porque entre nosotros nos ayudábamos y nos convertimos en pequeños autoentrenadores. Los hermanos Benet me enseñaron a pasar las vallas. Él me cargaba tanto que destrozó mi zancada. Pero la cuestión deportiva sólo tiene relevancia por el efecto de manipulación que tuvo durante muchos años. Me acuerdo incluso de que en el invierno 91-92 la única vez que me dirigió la palabra fue la víspera de que nos fuéramos a Estados Unidos. Y luego, en las concentraciones, ¿cómo ibas a llevarle la contraria? Se mostraba tan cercano, tan amigo, ante otros atletas y los demás entrenadores, como si fuéramos amigos, cuando a lo mejor hacía meses que no me hablaba. No tuve fuerza contra esa imagen tan perfecta de superentrenador y superamigo. Yo no fui capaz de decirle a nadie en su momento que todo era mentira, tanto en lo personal como en lo deportivo. Jugaba con mi hambre permanente de querer recuperar esa situación idílica de antes, necesitaba píldoras de afecto. Ya con 23 años, antes de tomar decisiones que iban a afectar mi vida, me preguntaba si hacer esto o lo otro le iba a gustar a Millán. Empecé a ser consciente de que algo me estaba pasando. El momento más amargo fue el abrazo tan emotivo que le di cuando gané la medalla. En ese instante, lo juro, estaba diciéndome: ‘Pero ¿qué mierda estoy haciendo? ¿Qué mierda estoy haciendo?’.

Después del 92 pensé en denunciarlo y lo vi claro. Intenté hacer algo, pero me lo desaconsejaron legalmente por las consecuencias que podía tener. Ese es otro peso que llevo encima”.

Este fue el relato del exatleta con el que se pudo iniciar una investigación a Millán el pasado lunes y permitió que más deportistas denunciaran.

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