Conversatorio de Colombia 2020

hace 7 horas

El olor de la esperanza

Fue en una bodega del barrio Samper Mendoza de Bogotá donde se incubó la aventura de Frank Kanayet, para construir un gran conglomerado que echó raíces en diferentes sectores de la economía nacional e internacional.

Frank Kanayet  en una de sus visitas a la  finca  Canta Claro, en Puerto López, donde hoy opera la planta de etanol./ Archivo  -El Espectador
Frank Kanayet en una de sus visitas a la finca Canta Claro, en Puerto López, donde hoy opera la planta de etanol./ Archivo -El Espectador

En 1982, cuando sintió que la empresa donde trabajaba, la  petrolera   francesa Schlumberger,   lo asfixiaba, vio la necesidad de  crear su propia compañía de servicios petroleros y  romper el paradigma de que solo las grandes multinacionales podían explotar el petróleo en Colombia. Sin medirlo se metió en esta aventura  con Manuel González, un chileno que se convirtió en su mano derecha.

 Arrancaron con US$6.000, los cuales sirvieron como cuota inicial  para la compra de   cuatro tanques  que destinaron al almacenamiento del combustible que utilizarían los helicópteros en Caño Limón, el  yacimiento petrolero más grande  del país, el cual iniciaba sus hervores en la inmensidad de la llanura casanareña.

Su costo fue de US$ 12 mil, pero en menos de lo que esperaban, los osados  visionarios habían logrado alquilarle  la batería de tanques a la multinacional OXY Pretroleum  por US$ 1.500 mensuales cada uno, con lo cual la empresa de servicios petroleros Petrotesting  empezaba a tomar forma y a consolidarse.

Y en ese proceso fueron avanzando e identificando nuevas oportunidades que les permitieron comprar   pozos petroleros pequeños o en desuso, que las empresas grandes no explotaban por considerar que no eran rentables en  épocas en que el  barril de petróleo estaba entre US$14 y US$ 20. Gracias a la productividad de su personal   estos negocios poco atractivos les  facilitó ‘abrir una trocha en la industria petrolera y  salir  a la pavimentada’ con muy buenos dividendos.

Pero la aventura de Kanayet no se detendría allí  y  terminaría  comprando    los pozos San Luis   y Saldaña 1, 2 y 4  (Tolima) a la compañía Hocol, donde obtuvieron excelentes resultados, que les permitieron vender la empresa Petrotesting al grupo  español Vetra Energía.

Y en pocos meses,  y por una coincidencia del destino les ofrecieron  una finca en el último rincón de la altillanura metense, en jurisdicción de Puerto López, en la que sólo crecía una sabana de baja calidad,  donde los pastizales no ofrecían muchos nutrientes para el ganado, debido a la pobreza de su suelo, pero providencialmente la yuca brava se daba sin mucha atención. 

Allí, se abre paso un proyecto altruista  que buscaba  redimir  esta zona deprimida por la violencia.

Kanayet entregó la finca Canta Claro a Jaime Jaramillo, un inquieto ingeniero agrónomo que desde hace 25 años venía realizando estudios con el Centro Internacional de Agricultura Tropical, CIAT, y prácticamente se la dejaron para que experimentará durante un año, en palabras simples  para que jugara con el predio.

Luego de este período deciden construir una planta de  etanol, que hoy produce 20 mil litros del combustible, con lo cual comprobaron que la yuca brava le ganó la guerra a la violencia y le cambió la vida a reinsertados, desplazados y víctimas de la violencia  para  abrir un camino de paz en la región.

El inquieto Kanayet se dio cuenta que el país tiene mercado para vehículos de lujo y decide en 2009 traer la representación de Maserati y Ferrari a Colombia, negocio que ha arrojado excelentes resultados, según las estadísticas del grupo GP Cars. 

Pero su visión los llevó a otros países como México, donde el nuevo presidente les abrió  una gran ventana para incursionar en el mercado petrolero, gracias a la apertura para licitar campos maduros que tenía Pemex y no los había explotado. Allí tienen una empresa de servicios petroleros y están a la espera para acceder a campos y convertirse en productores. 

Es la aventura el dulce olor de la esperanza para un hombre descendiente de un croata que le huyó a la guerra y se aventuró a venir a Colombia, y que hoy  espera que la yuca amarga sea el dulce sabor de la paz.

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