Los 16 años de espera para Óscar Figueroa

El antioqueño de 33 años se convirtió en el primer deportista colombiano en conseguir medallas olímpicas de oro y de plata. Fue a Atenas, Pekín, Londres y Río.

Óscar Figueroa alzó 142 kilos en arranque y 176 en envión, para un total de 318, lo que le alcanzó para el oro. / AFP
Óscar Figueroa alzó 142 kilos en arranque y 176 en envión, para un total de 318, lo que le alcanzó para el oro. / AFP

No cuatro, ni ocho, ni doce, sino dieciséis años son los que llevaba el pesista colombiano Óscar Figueroa buscando una medalla de oro olímpica. Tenía con qué. Su trayectoria respaldaba la inmensa ilusión con la que se había preparado. Ya había conseguido una presea de plata en Londres 2012, con récord olímpico incluido, pero él quería más y este lunes en Río lloró y celebró como lo había visualizado hace 22 años, cuando inició su carrera deportiva. El 8 de agosto de 2016 será recordado como el día en que Óscar se hizo leyenda olímpica y se convirtió en el primer colombiano en colgarse una presea de plata y una de oro.

En Atenas 2004, un poco más delgado, finalizó quinto en los 56 kilogramos, resultado que lo puso a soñar con el podio en Pekín 2008.

Ya en una categoría superior, el antioqueño, nacido en Zaragoza el 27 de abril de 1983, pero vallecaucano de crianza, llegó a la capital china con la esperanza de cumplir su objetivo, pero una lesión en la muñeca derecha le impidió finalizar la competencia.

Con lágrimas, más por la frustración que por el dolor, Figueroa observó con nostalgia la celebración de Diego Salazar, compañero y rival, quien se colgó la plata en esa competencia. Y mientras el galardonado y buena parte de los miembros de la delegación nacional celebraban el éxito deportivo en la Embajada de Colombia en Pekín, Óscar hacía maletas para regresar derrotado al país. No faltaron quienes lo cuestionaron y se atrevieron a decir que su lesión había sido una farsa, que los nervios lo habían traicionado y que le faltó personalidad, aunque los exámenes médicos confirmaron que no se había recuperado plenamente de una parálisis parcial del brazo, que le afectaba los nervios de la muñeca.

Destrozado, alcanzó a pensar hasta en el retiro, aunque apenas tuviera 25 años. Sus diferencias con el entrenador de la selección colombiana, el búlgaro Gantcho Karouskov, también lo tenían estresado y le habían generado muchos enfrentamientos, en los que no siempre tuvo la razón. Pero pudo más su ambición. Dejó de lado los contratiempos y se enfocó en prepararse para volver a la cima.

Y la plata en Londres fue un gran logro, histórico. Pudo ser su techo, pero él quería más, y por más que le dijeran viejo se arriesgó y se preparó. Una lesión en la columna lo asustó con dejarlo fuera de Río, pero asumió el riesgo, se operó, se curó, se preparó y a Río de Janeiro llegó con una carta de oro.

Sus lágrimas son la muestra real del significado de esa medalla dorada. Seguro cada vez que cerraba los ojos mientras oía el Himno de Colombia, parado en lo más alto del podio, recordaba lo duro que le ha tocado, la violencia del país, las críticas... Pero para Óscar todo valió la pena y ahora, como una leyenda olímpica colombiana, podrá retirarse y dedicarse a preparar a campeones que en el futuro puedan repetir sus pasos.