Oda al espíritu olímpico

Más allá de los resultados deportivos, una mirada a las lecciones de humanidad que dejan los Juegos de Río 2016.

El nadador estadounidense Michael Phelps. / AFP
El nadador estadounidense Michael Phelps. / AFP

Según el libro Viajeros en Grecia, al historiador de la Universidad de Oxford Richard Chambler lo obsesionó tanto recobrar el espíritu olímpico que descubrió hace 250 años las ruinas de la antigua ciudad de Olimpia, y esa gesta llevó al barón francés Pierre de Coubertin a rescatarlo para nuestros tiempos desde 1896. Para muchos, venir a unos Juegos Olímpicos no pasa de un viaje de turismo, más si la sede es Río de Janeiro. Para mí fue un viaje a entender el mito deportivo visto como el Olimpo de la condición humana.

Hace dos años estuve aquí cubriendo el Mundial de Fútbol de Brasil y puedo decir que Río 2016 es un evento mucho más representativo por países, disciplinas y deportistas congregados. Más allá de las fallas que hubo, desde problemas de transporte público y en acceso a los escenarios y deficiente atención al turista, hasta la caída de una cámara aérea del Parque Olímpico sobre los espectadores, lo importante es entender la trascendencia de que más de 200 naciones envíen sus delegaciones con el ánimo de competir por medallas de oro, plata y bronce, con el deseo de hacer parte de la mayor manifestación de unidad de la sociedad de hoy.

A mayor escala que en un Mundial de Fútbol, eso se siente desde el aeropuerto cuando cada viajero, la mayoría en familia o en grupo de amigos, exhibe sin prevenciones la bandera de su país y a cambio recibe una señal de victoria. Fue en el Parque Olímpico, en Barra da Tijuca, donde más sentí que esa multiculturalidad reunida genera una energía única que representa la bondad del ser humano a través de 42 disciplinas. Es como si todos estuvieran de acuerdo en celebrar a través del deporte estar vivos, sentirse representados por los mejores atletas, la emoción de presenciar actos de heroísmo, grandeza, solidaridad, humanidad.

Lo oí de boca del basquetbolista argentino Manu Ginóbili: “Claro que querés ganar la de oro, pero lo más valioso es haber estado aquí, sentir lo que aquí se siente”. Es algo que no se percibe desde el sillón de la casa viendo las decenas de planos que, como nunca, ofrecieron las cadenas de televisión. Para hacerse una idea, sólo NBC superará hoy las 4.500 horas de streaming de video desde Río 2016. Todas las competencias en directo, Facebook y Twitter incluidas, esta última a través de su plataforma Amplify. Podemos sumar todo lo que los turistas suben a las redes sociales, y siempre hay algo que sólo se percibe en el lugar, al caminar por las arenas cariocas, al estar en una tribuna, en un restaurante, en un bar lleno de banderitas. La caótica e interesante Río se transformó en una Olimpia con medio millón de turistas de todas las procedencias y lenguas.

Si a esto le añade uno el privilegio de poder estar cerca de los mejores deportistas, resulta un viaje inolvidable. Ver correr a Usain Bolt, nadar a Michael Phelps, jugar a Djokovic y Nadal, saltar a Caterine Ibargüen, pedalear a Mariana Pajón; ver al saltador catarí Mutar Essa Barshim elevarse como una pluma, o al chino Ma Long, el mejor jugador de ping pong, resulta un placer estético reconfortante.

Rescato lo que escribió el nobel de literatura J.M. Coetzee sobre el deporte en su cruce de cartas con Paul Auster: que lo más conmovedor son “los momentos de gracia”, esos que “no pueden ser objeto de planificación racional, sino que parecen descender sobre los jugadores mortales como una especie de bendición de lo alto, esos momentos en los que todo sale bien, en que todo se pone en su lugar, en que los espectadores ni siquiera quieren aplaudir, sólo dar gracias en silencio por haber estado ahí en calidad de testigos”. Estar en medio de la exaltación de lo que puede llegar a hacer un ser humano al imponer un récord es sentirse “a un paso de la divinidad”, lo más cerca posible de aquel reino mitológico donde residían los héroes.

Gratificante ser testigo de momentos de nobleza, como el de la atleta que se devuelve a levantar a su colega caída para ayudarla a pasar la meta o la compasión por el gimnasta francés que se fracturó una pierna; acompañar desde la tribuna del estadio olímpico el drama de un atleta descalificado por saltarse la partida de los 100 metros y su llanto desconsolado por perder en milésimas de segundo cuatro años de entrenamiento y sueños, las lágrimas de la amazona británica abrazada al cuello de su caballo al terminar la prueba de adiestramiento que le daría el oro, un voluntario olímpico regalando a habitantes de la calle las boletas para baloncesto que le habían dado por su trabajo. Podría citar muchos más que vi.

Resulta igual de valioso el espíritu de los derrotados que el de los victoriosos. El esfuerzo de Jossimar Calvo para estar entre los mejores gimnastas, el de Fernando Gaviria y sus compañeros en el velódromo, el de los 148 deportistas colombianos que se llevan el espíritu olímpico adentro y el ánimo de revivirlo. Así hayan perdido sus cuatro partidos y no hayan marcado un gol, las jugadoras colombianas de rugby 7 representan el deportivismo, tan valioso como la tabla de medallería encabezada por los estadounidenses.

Vuelvo a Coetzee porque ve en el deporte un retrato del ser humano de hoy, desde lo estético y lo ético. Valores refundidos en la sociedad de consumo de hoy y que sólo recobran vigencia en una Olimpiada, donde las marcas publicitarias están vetadas. Desde los Olímpicos de Múnich 72, don Guillermo Cano, director de El Espectador, publicó una crónica titulada “Los juegos no son juegos”, impactado por la invasión del mercantilismo, el virus político, las guerras y el terrorismo como amenazas de “este gran escenario de reconciliación y de amistad universal”.

Hoy puedo decir que, así tales peligros se mantengan, los Olímpicos, que algunos han intentado desaparecer desde que el emperador Teodosio mandó destruir los estadios de Olimpia, siguen vigentes a través del fuego que llegó desde Grecia para contagiar a todo el mundo con el mensaje de que podemos ser mejores seres humanos. Con seguridad, Tokio 2020 será otro regalo espiritual.