Oda al estadio olímpico

El imponente estadio Olímpico de Río de Janeiro.  / Olímpicos Río 2016
El imponente estadio Olímpico de Río de Janeiro. / Olímpicos Río 2016

El estadio de atletismo es el lugar que mejor condensa el espíritu de unos Juegos Olímpicos. Después de atravesar en dos horas la congestionada Río de Janeiro, desde Vargem Grande, el sábado 13 de agosto llegué pasadas las 9 de la mañana al estadio Engenhao, nombre heredado del ingenio de azúcar que funcionó allí y del que se conservan las fachadas. El operativo de seguridad era impresionante y en la fila el soldado de apellido Marciano repartió volantes con medidas de precaución, sobre todo para denunciar a cualquier sospechoso de terrorismo. El único delatado fue un hombre que se quería colar delante de una persona en situación de discapacidad.

Un día dulce, porque apenas entré, mientras procesaba la emoción de estar por primera vez en un escenario así, vi a las colombianas Caterine Ibargüen y Yosiris Urrutia calentando para la clasificación del salto triple. Cuando la sombra todavía cubría los fosos de arena, a la favorita a la medalla de oro le bastó un salto de 14 metros y 52 centímetros para clasificar a la final. Enseguida se fue entre aplausos mientras sus demás competidoras debieron quedarse hasta lograr la marca mínima de 14,30. Fue fugaz la presencia de la saltadora, pero, como siempre, su talento y carisma se robaron la atención.

A esa hora había más de 40.000 espectadores y un viento fresco, porque ha hecho más frío que calor estos días en Río. El azul celeste de la pista resalta con los rayos del sol mientras se realizan las eliminatorias de los 3.000 metros con obstáculos femeninos, incluido un foso de agua, prueba donde esperaba a la colombiana Muriel Coneo, que decidió no correrlos, le apostó a los 1.500 y fue eliminada. Impresiona en la curva norte la cámara montada sobre un riel, capaz de correr a la par de los deportistas, lo mismo que otra en la recta final para la prueba de fondo de los 100 metros. La jaula de lanzamiento de disco estaba lista para recibir a los finalistas.

La competencia de salto triple es muy vistosa porque las atletas llegan como en un desfile de pasarela, pero luciendo licras de todos los colores. Todas son altas y con bellezas que van desde las afrocolombianas hasta las blanquísimas europeas, que hacen olvidar a la saltadora con pértiga rusa Yelena Isinbayeva. Se juntan bajo dos parasoles sin hablarse, ya concentradas en la prueba, y se dirigen a la pista a medir paso a paso su salto. Antes dejan al lado del carril marcas de todos los colores para saber dónde pisar antes del envión y el vuelo final. Ponen cuadraditos, círculos o triángulos y los aseguran al piso con cinta. Luego se devuelven midiendo paso por paso lo que harán durante la carrera de impulso hacia la arena.

Cuando llega la hora de saltar la concentración es máxima y se dan aliento con griticos o palmadas en la cadera, al estilo de Caterine. Un camarógrafo las graba todo el tiempo y dos fotógrafos las esperan acostados a ras del foso para captar la mejor imagen de las mujeres que parecen caminar en el aire. Caterine salió del lugar hacia las 10 de la mañana e hizo el desfile obligatorio hacia los seis pisos de la tribuna de televisión. Deben serpentear las escaleras dando entrevistas antes de irse a descansar. Las demás lo hicieron una hora después, mientras el locutor del estadio seguía anunciando competiciones en portugués e inglés.

Ahora entran las corredoras del heptatlón, incluida la colombiana Evelis Aguilar, que le da una mirada al estadio como diciendo: “Es verdad, estoy en la Olimpiada”. Luego de que cada una de ellas salta, se acercan a la primera fila de la tribuna, desde donde los técnicos les corrigen errores. También hay abrazos cuando la juez de salto levanta la bandera blanca, aprobando la marca. Si levanta la roja, se pierde el intento. Hay participantes de Brasil en todos los eventos, por lo que el público corea el nombre del país y les brinda aplausos de cuando en cuando. Otro momento clásico del estadio es el pistoletazo cada vez que largan una eliminatoria de 400 metros de mujeres. Ya no se hace con un arma de fuego, sino con un dispositivo neumático rojo que una juez activa con la mano y emite una luz y el sonido que hace eco.

A las 10 a.m. empieza a calentar el primer grupo eliminatorio de los 100 metros. Hay ansiedad cada vez que salen nuevos corredores, pues esperamos que en el grupo esté la superestrella jamaiquina Usain Bolt. A las 11:35 los asistentes nos conmovemos con la participación de la atleta liberiana Mariam Kromah, que corrió con una especie de turbante azul claro y a quien sus colegas le sacaron unos cien metros de ventaja. La aplaudimos más que a la ganadora.

Al lado de las estéticas y estilizadas corredoras, las moles del lanzamiento de disco, en cabeza del polaco Piotr Malachowski con 67 metros, hacen una demostración de fuerza y técnica. Un carrito a control remoto va y viene por el campo de pasto desde donde cae el objeto hasta donde están los jueces para registrar la distancia exacta. A las 11:54, en el último intento, el alemán Harting Cristoph sorprende al gigantón y le gana la medalla de oro con más de 68 metros. El público no para de aplaudirlo mientras abre los brazos al estilo de un torero que reclama ovaciones; se pone la bandera de su país como falda y se recuesta sobre el reloj digital Omega que exhibe su marca mientras los fotógrafos se deleitan.

A las 12:16 el público se levanta y se sienta haciendo a ola, a la espera de Bolt. A las 11:37 se nos cumple el sueño: aparece el hombre más veloz del mundo y no cesan los aplausos y gritos. Lo sigo con binoculares, manda un saludo a cada lado del estadio y, como todos, se concentra en calentar y preparar su largada. Llegado el momento, se pone el dedo índice en la boca pidiendo silencio a la gente y el estadio calla hasta el punto de parecer vacío. Fue un instante solemne y a la vez sepulcral, roto por el llanto de un bebé mientras Bolt esperaba el disparo. Salieron. Bolt avanza regulando sus portentosas zancadas y brazadas, mientras mira con el rabillo del ojo a los colegas que quedan atrás. Casi los espera en la meta para ganarles fácil por un cuerpo. El público entra en delirio, los flashazos de las cámaras no paran; él saluda y mira el tiempo: 10 segundos con 7 centésimas. Bien para clasificación, pero en la final estará en los 9 y medio, con probabilidades de nuevo récord mundial.

Qué día: vi saltar a Caterine y volar a Usain. Antes de salir veo la imposición de las medallas de oro, plata y bronce a los lanzadores de disco. Se eriza la piel mientras los atletas contienen las lágrimas. Una energía que sólo se siente en los Juegos Olímpicos.

 

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