Conversatorio de Colombia 2020

hace 4 horas

Oda al Maracaná

Para qué volver sobre el tamaño de este estadio. Si fue o es uno de los más colosales del mundo. Lo que interesa es lo que aquí ocurrió y se esconde bajo el césped.

Vista del estadio Maracaná, en Río de Janeiro, donde este viernes se inauguran los Olímpicos.  / AFP
Vista del estadio Maracaná, en Río de Janeiro, donde este viernes se inauguran los Olímpicos. / AFP

Este viernes engrandecerá su mito como escenario con la inauguración de los Juegos Olímpicos. No quiero ser el turista modelo 2016, que lo visita y se queda con la impresión de los hermosos amarillos, azules y verdes de la remodelación para el Mundial de Fútbol 2014 o su sistema de techo fotovoltaico, que usa la luz del sol para generar la energía que necesita.

Prefiero la sombra. Quiero ser la señora de Jorge B. Xavier, protagonista del cuento de Clarice Lispector La búsqueda de la dignidad, para entrar a los “subterráneos de techo bajo”, a las “cavernas estrechas” del Maracaná, que guardan su historia en obra negra; descubrirlo “oscuramente despierto” mientras “reverbera al extremo sol de un calor inusitado”, como un “estadio desnudo desventrado, sin balón ni fútbol, además, sin gente, con una multitud que existía por el vacío de su ausencia absoluta”; caminar por corredores laberínticos, en apariencia desiertos, y de repente, al voltear en una esquina, toparme con personajes surgidos de la nada; Mário Filho, el periodista del que este coliseo tomó el nombre porque a mediados del siglo pasado se obsesionó con que lo construyeran en el corazón de Río de Janeiro —“¡desaparece en el aire!”—; en la siguiente esquina sale, burletero, el uruguayo Alcides Ghiggia, autor del segundo gol de Uruguay contra Brasil en la final del Mundial de 1950, el Maracanazo, y me repite su frase: “Sólo tres personas han hecho callar al Maracaná: Frank Sinatra, el papa y yo”; él llevó el templo de los 173.150 fieles (ahora es de apenas 78.000) a la categoría de cementerio; tantos miles llorando a la vez, incluidos los jugadores de Brasil, incluidos suicidas; tuvo que emerger Pelé para que la dicha volviera; aquí jugó para la verdeamarela y se despidió de ella, también anotó su gol número mil, como Romario; por acá merodean sus espíritus, no propiamente en la nueva Tribuna de Honor, no; son parte del subsuelo que vibró con los 333 goles de Zico, el máximo goleador del Maracaná; hasta mi casa, en Colombia, llegaba la convulsión carioca de un clásico Fla-Flu; de ahí la importancia de los sedimentos condensados en el campo; de Flamengo, Fluminense, Vasco da Gama y Botafogo, de los Juegos Panamericanos de 2007, algo de Madonna, Paul McCartney y los Rolling Stones, de los dos goles de la selección de Colombia para vencer a Uruguay hace dos años; el túnel de acceso a los camerinos guarda la emoción del abrazo entre James Rodríguez y el técnico José Pékerman; de estas sensaciones entienden mejor los ciegos que ocupan la zona de discapacitados y son testigos —por narración audiodescriptiva— de lo que transmite este lugar; el “Maraca” no tiene el vértigo de La Bombonera, no se quedó en el pasado como el Monumental de River; no es clásico, pretencioso y frío como el Bernabéu o el Camp Nou; tampoco es desangelado, como El Campín de Bogotá; es raro, como en el cuento de Lispector.

Un fantasma, “entre desconfiado y cauteloso”, puede ser de político que desde aquí manipuló o de algún subordinado de la dictadura, me pregunta: “¿qué hace usted por aquí?”. Respondo: vine a la ceremonia olímpica pero ya no me importa, ni encontrar la salida. La señora de Jorge B. Xavier buscaba escapatoria, porque la asediaba la muerte mientras soñaba besar a “Robertito Carlitos”. No me asusta quedar atrapado. La antorcha encendida del Maracaná era mi “pequeño destino”.

* Enviado especial a Río de Janeiro.

 

últimas noticias