Oda a los espadachines

La Arena Carioca 3 es el escenario en el que se disputan los combates de esgrima. / AFP
La Arena Carioca 3 es el escenario en el que se disputan los combates de esgrima. / AFP

Le dediqué una mañana a la esgrima, deporte clásico de las Olimpiadas desde 1896 y que siempre me llamó la atención. Conocí a Silvio José Fernández Guerra, de 70 años de edad y autoridad en la materia, pues fue campeón nacional de florete de Venezuela durante los años 60 y abanderado de su país en los Juegos Olímpicos de México 1968. Vino a Río 2016 a acompañar a su hijo, también Silvio, de 37 años, y uno de los espadachines que ha hecho famosa esta práctica en el país vecino.

Los Silvios son maestros graduados de la Escuela de Armas de París. El papá es abogado, especialista en derecho deportivo y fue profesor de deportes de Hugo Chávez. Sin soltar su morral marcado con la bandera de Venezuela y los anillos olímpicos, me habló de su “filosofía de vida”, fundada en la disciplina del florete, el sable y la espada, las modalidades en que se combate, que varían en la forma del arma y las partes del cuerpo a tocar en el oponente.

Llegó muy optimista con lo que pudiera hacer su hijo y su compañero Rubén Limardo, campeón en Londres 2012 y abanderado de Venezuela acá. Cuando le pregunté por los colombianos, me dijo que los conocía porque los esgrimistas son una cofradía que se sigue los pasos a nivel mundial. Según él, tienen talento y están en proceso de maduración.

Una es Saskia Loretta van Erven García, de 28 años de edad, hija de madre colombiana y padre holandés, además de estudiante de periodismo en Ámsterdam. Ya estuvo en Londres 2012, donde pagó el derecho a piso y en Venezuela la conocieron en 2013 cuando ganó el oro de los Juegos Bolivarianos de Trujillo, al derrotar en la final de espada a la venezolana María Martínez. Después de clasificar en el campeonato de Florete Grand Prix, en La Habana, en Río se le vio más hecha aunque le falta el paso definitivo para aspirar a una medalla y algo en que no podrá mejorar: estatura, que según los parámetros ideales que pide Silvio, en mujeres debe estar por encima de los 1,80 m y la colombo-holandesa mide 1,70 m.

La extensión de brazos y piernas —que operan como resortes—, aparte de la técnica, resulta trascendental para pinchar en el traje del oponente, marcar un punto y salir. En eso las europeas llevan gran ventaja. Lo decían los entendidos en la Arena Carioca 3 del Parque Olímpico, junto a la espectacular X que permitía cuatro disputas simultáneas. Lo que ha mejorado lo demostró contra Aida Mohamed, húngara —Hungría es potencia, me dijo Silvio y efectivamente ganó bronce por equipos—, a la que enredó hasta un 12-13, pero la europea mostró mayor experiencia en avance y rompimiento de defensa y ganó los dos puntos definitivos.

La mayor proyección la ven en el otro colombiano en Río, el vallecaucano Jhon Édison Rodríguez Quevedo, hijo de madre esgrimista, que es su entrenadora. Tiene 25 años de edad, estatura de 2,05 metros y llegó aquí como campeón del Preolímpico de Costa Rica y con experiencia en dos mundiales. Empezó derrotando con autoridad al ucraniano Dmytro Karyuchenko, pero tuvo la mala suerte de cruzarse con el húngaro Geza Imre, doble medallista olímpico y campeón del mundo que esta vez fue plata individual. Como los venezolanos, John se está formando en París, paso importante para aspirar a medalla en Japón 2020.

Al hijo de Silvio y al equipo venezolano en general no les fue mejor. Pasaron de medalla de oro a nada. Francia, el campeón, los venció en espada por equipos. La consolación fue haber eliminado a Brasil. Y eso que Silvio júnior ha estado en cuatro Olimpiadas, está entre los mejores del mundo desde que en 2008 ganó el Torneo Internacional de Maestros. En 2010 fue doble campeón Centroamericano y del Caribe en Mayagüez y en 2013 campeón Panamericano. En todo caso, el padre está orgulloso del hijo. Sabe que habrá otra oportunidad para “dos países que honran la espada de Bolívar”.

 

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