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hace 3 horas

Oda a los óscares figueroas

El nuevo campeón olímpico, Óscar Figueroa, simboliza en nuestro país el mito griego de Sísifo: empujar cuesta arriba una gran roca que nunca llegará a la cima y siempre se devolverá en su contra, con la diferencia de que, en el caso del pesista colombiano, no se trata de un castigo divino por falta de honradez sino por falta de oportunidades.

Óscar Figueroa, campeón olímpico. / EFE
Óscar Figueroa, campeón olímpico. / EFE

Los óscares figueroas nacionales no son el modelo ganador de pesista que uno ve aquí en los Juegos Olímpicos, por ejemplo China, pulidos como diamantes desde niños, o Rusia, que los usa como ratones de laboratorio, para citar los casos de dos potencias de este deporte. A pesar de que un grupo de esos talentos hace parte de un proceso serio que empezó en los años 90, todavía nuestros figueroas son deportistas casi por accidente, no por selección metódica. Son el efecto del oro y el punto de referencia deportivo y político de María Isabel Urrutia, campeona en Sídney 2000, y ella, a su vez, el resultado de dos bendiciones: el buen ojo de un entrenador que la vio a los 11 años de edad, Daniel Balanta, y luego la persistencia del búlgaro Gantcho Karoushkov. Que después sucesivos gobiernos los acompañaron hasta ser potencia en Latinoamérica, con el compromiso de Coldeportes y de la Federación, sí, pero sin que la halterofilia tenga el lugar que se merece, menos ahora que es la disciplina que nos ha dado dos medallas de oro olímpicas.

No soy un experto en este deporte, pero conozco Zaragoza (Antioquia), la región minera marcada por la guerra donde nació el medallista de oro hace 33 años, y la costa Pacífica, donde se puede comprobar cuántos pesistas esperan la forma de demostrar sus condiciones. Un niño campesino promedio de Zaragoza debería tener mejores posibilidades de desarrollo y de vida. Es irónico que Óscar haya tenido que recorrer e imponerse a medio mundo para tener entre sus manos el metal que vio extraer de su tierra desde niño, a manos de multinacionales y grupos criminales. Seguro que la mayoría de esos figueroas no quieren quedarse de mineros allí, o de coteros en puertos como Buenaventura, o ponerse a oír cantos de sirena de la delincuencia.

No necesariamente hay que multiplicar por diez a los pesistas, sino tomar el ejemplo de Óscar Figueroa, más allá de sus vaivenes, de sus lesiones, de su lío judicial o de su personalidad a veces conflictiva, para ofrecerles oportunidades a hombres y mujeres que, como él, quieren superar la pobreza. Los figueroas colombianos están en las esquinas, con el castigo de su realidad sobre los hombros. El Gobierno no debe permitir la eternización de este fenómeno ahora que se habla de paz y posconflicto. Si esos sectores de la sociedad no reciben oportunidades de educación y trabajo, seguiremos vanagloriándonos de los triunfos ocasionales de estos deportistas y haciéndonos los de la vista gorda con el problema de fondo, el caldo de cultivo de la violencia. Ese fue el sentimiento que capté aquí en Río 2016 cuando el emocionado campeón insistió: “Necesitamos más ayuda para que los deportistas no tengamos que sufrir traumatismos”, y nombró como culpables a “los dirigentes corruptos”. Sísifo fue el promotor de los juegos ístmicos; Óscar Figueroa es ahora el abanderado de un centro de alto rendimiento donde quiere que se formen deportistas y personas como él, capaces de superar adversidades durante 22 años hasta lograr la utopía de librarse de la pesada roca de la marginalidad.