Oda a los voluntarios olímpicos

Fabio Padilla, de Colombia, al centro con otros voluntarios de Hong Kong, México, Bolivia y Rusia, junto a los tenistas hermanos Andy y Jamie Murray. / Nelson Fredy Padilla

Son 50 mil, venidos de todos los lugares del mundo para atender a 18 mil caprichosos atletas y 500 mil turistas ansiosos. “Siempre listos”, como los scouts, parece su lema. Durante un año y medio los reclutó vía internet el Comité Olímpico Internacional. Presentaron entrevista personal o vía Skype, cumplieron con cursos en línea, incluidas evaluaciones de experiencia y manejo de idiomas, y por último, superaron “el perfil de seguridad” antes de ser declarados voluntarios de los Juegos Olímpicos.

Hay una veintena de colombianos, entre ellos mi hermano Fabio Enrique Padilla Castro, ex campeón nacional e internacional de tenis paralímpico, radicado en Brasil, donde compite, y en Río 2016 jefe de cuadra en el complejo de tenis de la Olimpiada. Trabaja en jornadas de ocho horas como responsable de que en la cancha no falte nada, desde niños recogebolas hasta médico, camillas, agua, hielo, sombrillas y toallas. Eso además de paladear a cada jugador, sea Novak Djokovic o un desconocido del ranquin.

Lo seleccionaron por sus logros en el tenis, porque habla español, inglés y portugués y por eso debió ayudar al entrenamiento de las cuadrillas que atienden cada cancha; enseñarle a un ruso, a un boliviano, a un africano, a otro colombiano, las normas del juego, la postura en la cancha, la forma de atender los requerimientos de jugadores y jueces y las normas de seguridad, que aquí son extremas. Los voluntarios ayudan con la venta de tiquetes, con cada puerta de acceso al Parque Olímpico o los estadios de Barra da Tijuca hasta las zonas de camerinos.

Son la maquinaria silenciosa de la Olimpiada. Y lo hacen por puro espíritu humanitario, porque no les pagan con nada distinto a un diploma de honor. “El gran premio es vivir la experiencia de unos olímpicos desde adentro”, dice Fabio. Tienen edades entre 16 y 60 años y mil talentos que la organización puso al servicio de mil oficios. Les dieron cuatro camisetas, pantalones que se convierten en bermudas, chaquetas, gorras, medias, tenis y reloj. Cada día reciben alimentación, protector solar y agua. Con eso deben enfrentar la torre de babel que se les viene cada día encima y que saben manejar porque la mayoría ya ha estado en este papel en otros Olímpicos o en campeonatos mundiales como Brasil 2014. Viven momentos de desesperación cuando algo falla, cuando deportistas o espectadores pierden la paciencia y se descargan con ellos.

Cada día es una historia. Se encuentran a cada paso con los deportistas más famosos del mundo y, sin embargo, no deben entablar conversaciones con ellos ni pedirles fotos o autógrafos. Claro que hay momentos de distensión, como cuando Andy Murray y su hermano Jamie, número uno del mundo en dobles y casado con una colombiana según les contó, les agradecieron su ayuda. A veces, cuando hay calma, disfrutan de algún partido. Instantes de goce. Enseguida por su grupo de WhatsApp informan que se necesitan ladrillos para que las vallas no vuelen por el viento o manos para ayudar a secar la cancha tras la lluvia y ellos deben estar dispuestos a eso y más. Tienen un día de descanso y les regalan entradas a algunos de los eventos olímpicos, aunque vi a varios regalárselas en la calle a gente pobre que merodea en los alrededores y nunca había asistido a un espectáculo de esta dimensión. Pueden estar agotados, pero el espíritu de servicio los alienta y ya son los primeros aspirantes a voluntarios del Mundial de Fútbol de Rusia 2018 y de los Olímpicos de Japón 2020. Como dicen las hermanas colombianas Marcela y Andrea Uribe Correa, “nos mueve la pasión de viajar, servir y aprender del resto del mundo a través del deporte”.

*Enviado especialRío de Janeiro, Brasil

 

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