Oda radical a Mariana Pajón

Mariana Pajón, medalla de oro en los Olímpicos de Río de Janeiro. / Efe
Mariana Pajón, medalla de oro en los Olímpicos de Río de Janeiro. / Efe

Campamento de entrenamiento militar avanzado del Ejército brasileño convertido en Centro Olímpico de BMX, Parque Radical de Deodoro. Miércoles 17 de agosto, 2:00 p.m. Sol pleno, 35 grados. Las mejores bicicrosistas del mundo ruedan hacia la plataforma de lanzamiento levantada a diez metros. Primera ronda eliminatoria. El ambiente es de concierto metalero. La banda Kita toca en medio de la pista rojiza. Las competidoras se ven tensas. Mariana Pajón llega con uniforme negro en este infierno. Se ve fresca. Sonriente. Luce su ya famoso y temido número 100. Juega con su bicicleta mientras espera turno. Tiene abierta la cubierta de su “armadura” para “la batalla”, como se refiere al casco y a cada carrera. Se une al ritmo de la música dándose palmaditas en las piernas.

¡Adelante!, invita la canción. A ella le encantan el rock y dos palabras acordes: adrenalina y vértigo. Deportista extrema. Hija de automovilista. Novia del bicicrosista francés Vincent Pelluard. Hermana de Miguel, el kartista, al que encuentro en la tribuna, vestido de negro, sudando a cántaros. El locutor pronuncia el nombre Mariana con el tono con que se anuncia a una estrella. El público aplaude. “La hormiga atómica”, fanática de la Fórmula 1 y de Sebastián Vettel, engancha su llanta en el aparato. Le revisan el chip que emite señal electrónica para medir la velocidad. Baja la visera con decisión. Prepara la pierna de salida. Suena dos veces el pito. Bajan el partidor. Se lanza por el tobogán sobre los anillos olímpicos y el letrero de Río 2016.

Con una bici más pequeña que una mountain bike desciende a 80 kilómetros. Va rumbo a una de las 22 rampas que la elevarán una y otra vez a lo largo de 1.400 metros. Es una pista técnica que la favorece. Si larga bien, que es su fuerte, lo demás es control, experiencia. Aquí ya ganó dos veces a estas mismas rivales en el preolímpico de 2015. Suena Al hueso, composición que cuenta: “Comienzo a bajar de nuevo… viene otra ola… todavía no he alcanzado el aire… el cielo está ahí viendo”. Pedalea. Salta. Bracea. Se eleva cinco metros. Pasa rauda frente a la barra colombiana. Agitan banderas. Le gritan “¡Vamos!”. Muchos lucen camisetas negras con la leyenda “#ContigoAl100”.

Aparece la primera de las tres curvas en U. La toma abierta para salir bien afirmada hacia tres rampas con intervalos de diez metros. El rock habla de las olas, las mareas de la vida y de la forma como las tomamos. Pedalea. Salta. Bracea. Las piernas presionan el tren trasero en las bajadas. El aro de 20 exigido al límite. Ha habido participantes a los que se les sale la llanta delantera por caer mal para tomar la segunda curva. Sólo hay un cambio para acelerar y un freno. “Nuestros días de gloria y libertad”, se oye mientras suben los decibeles hasta la estridencia. No hay margen de error. Si te sales de la pista, es fractura segura. Mariana tiene 18 razones para advertirlo. Cuatro más que títulos mundiales. Pedalea rapidísimo. La tercera franja es de rampas intermitentes. Para pasarlas con el impulso. Clave llegar bien agarrada al piso para la U de la última curva. Hay que mantener la mentalidad ganadora. La “zona” de concentración a la que sólo llegan los atletas de alto rendimiento. Es la mejor del mundo. Lo sabe. Lo ha demostrado. Se lo hace repetir mentalmente su psicólogo.

En cuanto a lo físico, tiene todo calculado. Repasado en los entrenamientos de Toronto y Sarasota. Es una maquinita adicta a la aplicación S-Health. Monitorea su organismo; desgaste, distancia, ritmo cardiaco y, claro, tiempo. Esta primera competencia es contra el reloj. Un pedaleo más. Seis salticos. Braceo combinado con potencia de piernas. Pedaleo final y lanzamiento de la bicicleta al frente. Que se noten el gimnasio y el empuje desde los riñones.

Pasa la meta ganando una décima de segundo más. Suspira. Kita corea: “Soy el mejor, el peor, no sólo el primero”. Marca 34, 5 segundos. Clasifica primera. Las 7.500 personas que caben en el escenario la ovacionan. Parada en los pedales da las gracias con los brazos en alto. Sin quitarse su armadura ni bajarse de las dos ruedas, da entrevistas. ¿Qué hace Mariana que no hacen las demás?, pregunto. Me responden: es un coctel de talento natural, entrenamiento y convicción. Pedalea más rápido en las zonas donde se puede. Asume una postura aerodinámica más eficiente. Tiene brazos y piernas pequeños que operan como palancas de grande. Toma mejor las curvas. Es como si viviera a más revoluciones que las demás.

Termina el concierto de Kita con una letra que habla de “estar cansado de correr en vano”. Ella no. Con sólo 24 años, cada vez es más madura. Para el deporte y para la vida. Esta línea sí le va: “Hay tanto que salvar, hay otros sueños en juego”. Con su fundación Al 100 % ayudará a los niños marginados de Tumaco. Quiere ser médica. En el camerino se despoja del aura de campeona de deporte rudo. Vuelve a ser la misma niña dulce a la que se le marcan los hoyuelos cuando sonríe. Gozó otros Olímpicos después del oro de Londres 2012. Coincidió con su ídolo, Novak Djokovic. Turistas de todo el mundo preguntan por “la chica colombiana”. En la tienda temática del Parque Olímpico piden la bolsa estampada con Mariana en pleno vuelo. Es la reina del BMX.

* Enviado especial Río de Janeiro