Oda a Vanderlei Cordeiro de Lima

Emoción sentí el viernes cuando vi al brasileño Vanderlei Cordeiro de Lima encender el pebetero de los Juegos de Río 2016, porque, aunque no muchos saben, su historia como atleta olímpico se gestó en Boyacá, Colombia, y se hizo realidad en Atenas 2004.

Allí, en la capital griega, cuando iba a ganar la medalla de oro de la maratón, fue atacado por el religioso irlandés Cornelius Horan, que lo agarró de la camiseta y lo tiró contra el público. Vanderlei perdió casi dos minutos y sólo alcanzó la medalla de bronce. El estadio Panathinaiko lo ovacionó y el Comité Olímpico Internacional lo consoló con la medalla Pierre de Coubertain al mérito deportivo. Gracias a que yo conocía al atleta colombiano Jacinto López, me enteré de que el héroe nacido en Paraná se había preparado en la vereda La Pradera de la ciudad de Paipa. Fui a conocer el Campo de Entrenamiento Deportivo JAZ y descubrí que seis de los corredores de aquella maratón hicieron lo mismo. Quien convenció a los extranjeros de que el lugar es “el paraíso de los atletas” fue Jacinto, uno de los mejores fondistas que ha dado Colombia y campeón del circuito europeo de montaña. Desde comienzos de los años 90 se dio cuenta de que entrenadores y atletas internacionales intensificaban sus ejercicios a gran altura sobre el nivel del mar en busca del llamado “doping natural”. Entre más alto entrene un atleta, más glóbulos rojos, mejor oxigenación y mayor rendimiento genera. López se propuso demostrar que Paipa es un laboratorio único. Está a 2.530 metros sobre el nivel del mar, pero tiene senderos montañosos desde 2.000 hasta 3.400 metros de altura. Si a esto se le suma la pista sintética más moderna del país y las mejores aguas termominerales del mundo, el paquete se torna casi irresistible. Vanderlei ya había comprobado “el efecto Paipa” al ganar la maratón de Hamburgo de 2004. Por eso volvió durante 40 días, hizo jornadas de entre 20 y 30 kilómetros, dándoles vueltas al lago Sochagota o a la represa de la termoeléctrica, y sólo viajó a Atenas una semana antes de la prueba donde se ganó un lugar en la historia. Cuando en el circuito mundial se enteraron de su “pequeño secreto”, Jacinto empezó a recibir otros campeones, brasileños, africanos y europeos. Les cobraba entre US$700 y US$1.000, incluyendo traslado desde el aeropuerto de Bogotá, hospedaje, alimentación balanceada, mantenimiento de ropa, tranquilidad, masajes, asistencia técnica y hasta un guardián en bicicleta para espantarles los perros.

Por eso mi alegría de ver reivindicado a Vanderlei es mínima comparada con la que debe sentir Jacinto, que en 2011 recibió la visita del presidente Juan Manuel Santos y la promesa de que le ayudarían a construir un verdadero centro de alto rendimiento atlético, para bien del atletismo nacional e internacional. El entonces director de Coldeportes, Jairo Clopatofsky, fue y puso la primera piedra, pero hoy nadie sabe qué hicieron los políticos de ese departamento con al menos $3.000 millones que les giraron para la obra que nunca se concretó. A pesar de eso, grandes atletas de hoy siguen yendo a esas alturas en busca de la gloria.

* Enviado especial a Río de Janeiro.