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Oxandia Castillo, una mujer en el ring

Esta es la historia de Oxandia Castillo, campeona del mundo peso superwélter de República Dominicana, quien dice que sobre un cuadrilátero no hay ni puede haber compasión.

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Sorayda Peguero Isaac
30 de mayo de 2016 - 02:00 a. m.
Oxandia Castillo, campeona del mundo peso superwélter de República Dominicana. / Antonia Ricart
Oxandia Castillo, campeona del mundo peso superwélter de República Dominicana. / Antonia Ricart
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Es como una danza temeraria. Como un rito primitivo de sangre y sudor, de victoria y derrota, de belleza y muerte. Rocky Graziano, campeón mundial de pesos medios en 1947 y 1948, decía que el boxeo “es un deporte terrible, pero es un deporte… la lucha por la supervivencia”. Desde una mirada distante, y desde la falta de afición, uno se pregunta por qué, para qué subir a un cuadrilátero con la disposición salvaje de poner el cuerpo: de golpear y ser golpeado. Un boxeador es su cuerpo y lo que hace con él. Su cuerpo es el arco, la flecha y la diana. Cuando es una boxeadora la que pisa el ring, su motivación no es distinta: destrozar a su rival es su objetivo. Para Oxandia Castillo, un combate es como una guerra: “Cuando tú subes al ring, tienes que implantar respeto: ¡Pam! ¡Pam! Yo estoy aquí. Si tú va a jabea, jabea de una ve, ¡duro!”.

Son las 10:30 de una sofocante mañana de diciembre en Santo Domingo. En la fachada del Club de Boxeo Natalio Jiménez, las palmeras no se mecen: los aires están quietos. El interior del recinto tiene paredes blancas, tres abanicos de techo, un cuadrilátero, dos sacos de boxeo: uno roto, remendado con cinta adhesiva, y otro que le donaron hace poco. Alcibíades Familia, el entrenador (que tiene 63 años, que de niño trabajó en un hipódromo, que empezó a practicar boxeo siendo muy joven, pero que nunca tuvo competencias importantes y que entrenó a Félix Díaz, único boxeador dominicano ganador de una medalla de oro en unos Juegos Olímpicos) se queja de la escasez de equipo y de la falta de apoyo que reciben sus muchachos. “Sin embargo –dice con realce–, con esas cuatro cositas que usted ve aquí, tenemos una campeona nacional (Grecia Nova), tenemos niños, niñas y jovencitos que en un futuro van a representar a su país, y tenemos a Oxandia, una campeona mundial superwélter”.

Hay ocho boxeadores entrenando. Seis hombres y dos mujeres. Todos, jóvenes menores de 25 años. Todos, sudorosos y enérgicos. Cada vez que Oxandia golpea el saco de boxeo se escucha una expulsión de aire, un “shhhhh” largo, parecido al pitido de un globo que se desinfla. Al tiempo que salta la cuerda, canta con voz jadeante la letra de una canción que suena en su celular con latidos de rap y reggaetón: “Bienvenida a la movie de ficción / que esta noche no se ve televisión / yo arriba y tú abajo (…)”. Viéndola desde cierta distancia, se aprecia mejor su grácil modo de desplazarse, con sus 1,70 metros de altura y sus 70 kilos de hueso, nervio y carne.

En su casa es La Morena; en el ring, La Loba. Oxandia nació en 1994, en Sabana Perdida, al norte de la capital dominicana. Tenía cinco años cuando sus padres se divorciaron. Hace diez años que vive con la familia de su entrenador, que la considera parte de su prole de diez hijos. Lleva el pelo recogido en una redecilla tricolor, las uñas pintadas de rosa chicle, pantalones deportivos grises y una camiseta amarilla, pegada a su piel por la transpiración. Empezó a golpear un saco de boxeo a los 12 años. Un lunes por la tarde se acercó al club diciendo que quería boxear. Le preguntó a Familia cuánto le cobraba por entrenarla: “El maestro me dijo que le diera lo que pudiera. Yo le dije: ta' bien, le traigo la cuota mañana. Todavía la está esperando”. Los dos estallan en risas.

–¿Nunca le reclamó las cuotas atrasadas? – pregunto al entrenador.

–No, porque yo sé que el boxeo nace en las clases más pobres. A los millonarios no les gusta coger golpes.

–Oxandia, ¿por qué decide, con 12 años, que quiere entrenarse para boxear?

–Mira, yo veía a Grecia (Grecia Nova) pasando por la calle, y me extrañó que unos días la veía más fuerte y otros días más flaquita. Un día me acerqué a ella y le pregunté por qué bajaba y subía tanto de peso. “Es que yo practico boxeo”, me dijo. Y yo le dije: ¡Ah! Yo también quiero boxear. Y hasta hoy.

Cuando cumplió 13 años, Familia decidió que Oxandia estaba preparada para pasar a la liga profesional. Su padre recibió la noticia con una mezcla de perplejidad y reprobación: “¿Mi hija? ¿En boxeo?” Familia aconsejó a Oxandia que lo invitara a conocer el club. Cuando la vio golpeando el saco, no pudo disimular su emoción. Su padre no puso más objeciones, pero el Comisionado Nacional de Boxeo de la República Dominicana se negó a otorgar la autorización. “Tuve que echar el pleito –recuerda Familia–. Le dije: búsqueme las reglas del boxeo. Si dicen que no se puede, con el consentimiento de su papá y su mamá, entonces usted tiene la razón. De lo contrario ella va a pasar al boxeo profesional”. El comisionado accedió. Su primera pelea, en febrero de 2010, fue en un centro de auto lavado. Se enfrentó a Rocío de León, que había librado cuatro combates como boxeadora profesional. Oxandia ganó por decisión unánime.

***

En Million Dollar Baby, el relato de F. X. Toole en que se basa la película del mismo nombre dirigida por Clint Eastwood, se lee: “(…) Una vez que has decidido ser boxeador, tienes que saber cómo boxear porque por muy duro que seas, amigo mío, esos tipos de pollas (penes) grandes te dejarán fuera de combate”. El universo boxístico siempre ha estado dominado por valores y símbolos que enaltecen la virilidad. Es una cuestión de quién manda entre las cuerdas, de quién pega más duro, de quién es capaz de soportar la mayor cantidad de sufrimiento posible hasta alcanzar la presea: el triunfo de la fuerza de un hombre sobre otro.

Cuando Dallas Malloy tenía 16 años, soñó con participar en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Trabajó duro para conseguirlo. Pero le dijeron que en las olimpiadas no había lugar para el boxeo femenino. En 1993, presentó una demanda ante un tribunal de Estados Unidos contra USA Boxing (organización reguladora de boxeo amateur). Malloy ganó el caso. USA Boxing levantó la restricción que prohibía el boxeo femenino en varios estados norteamericanos.

El boxeo femenino no fue admitido en una competición olímpica hasta los juegos de Londres 2012. Durante mucho tiempo, las mujeres boxeadoras han esquivado los ganchos de la marginación, la falta de oportunidades, los prejuicios, el ninguneo de los medios de comunicación, y la percepción arbitraria de que las mujeres sólo deben subir al ring para exhibir el cartel que anuncia los asaltos, una sonrisa complaciente y lindas piernas.

En septiembre de 2013, Women's Boxing Archive Network (WBAN) dirigió una petición al Comité Olímpico Internacional solicitando la prevención de la discriminación y más oportunidades para las mujeres boxeadoras y otras atletas. La petición de firmas para apoyar la misiva sigue abierta en internet. WBAN solicita al comité que reconsidere su decisión de que el boxeo femenino sólo cuente con tres categorías en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016. Las boxeadoras que no compiten en los tres pesos establecidos quedan excluidas de las olimpiadas. Según WBAN, la discriminación es evidente: los boxeadores tienen diez categorías para elegir.

Un combate de boxeo femenino por el título mundial consta de diez rounds. Cada round debe tener una duración de dos minutos. Así lo establece la Organización Mundial de Boxeo (OMB). Para combates entre púgiles masculinos, el reglamento dispone doce rounds de tres minutos cada uno. “Eso es porque los hombres siempre han querido ser superiores a las mujeres –afirma Familia–. Yo, a Oxandia la enfrentaría con cualquier hombre. Y al que le toque, va a tener problemas serios”.

Le pregunto si se atrevería. Oxandia se frota las palmas de las manos, como si quisiera arrancarles fuego. Su respuesta es sí. Y me cuenta que en Sudáfrica, después de un combate, algunos hombres se acercaban a su manager para preguntarle con qué se alimentaba ella, qué clase de entrenamiento recibía. “No parece una mujer normal –decían–, parece un hombre”.

–¿Qué le parece que la comparen con un hombre?

–No sé… Yo creo que la gente cree que para destacarse en el boxeo, para sobrevivir, tienes que ser rudo. Yo soy mujer, y soy bien ruda.

***

Son las 10:45 de una lluviosa mañana de enero en Santo Domingo. Una bulla infantil resuena al otro lado del portón principal del número 5 de la calle Peatón. Es la casa del entrenador y su familia, en la urbanización Lotes y Servicios, en Sabana Perdida. Una comunidad que a menudo protesta por los cortes de luz y de agua, el deterioro de las calles y la delincuencia. La casa es de alquiler. Familia dice que las condiciones de su anterior vivienda no eran buenas, que era demasiado pequeña para todos y que cuando llovía, “la cosa se ponía fea”. En esta casa, que tiene tres dormitorios, sala-comedor, cocina americana, galería y dos baños, las lluvias tropicales no son motivo de desasosiego. Quiere que conozca a su esposa y a sus hijos, los más jóvenes, los que todavía viven aquí: “¡Vengan pa' acá! ¡Saluden a la señorita!”. Los reclama por sus nombres: Greidy, Cristal, Denissa, Waldy, Indira… “¡Sigan pasando!” Los niños se acercan, repiten sus nombres, saludan. Oxandia observa el ceremonial de las presentaciones desde la cocina, mientras desayuna.

En la pared de su dormitorio tiene una lista de instrucciones: cosas que debe y no debe hacer, ejercicios, horarios... Su dieta incluye vegetales, ensaladas, pollo hervido y frutas. Nada de tostadas, arroz, helados ni dulces. “Eso es lo más duro”, lamenta Oxandia. Para las peleas titulares se entrena con tres meses de antelación. A las seis de la mañana sale a correr. Por las tardes, después de ayudar con las tareas de la casa, entrena en el club.

–¿Qué hace para divertirse?

–La disciplina no me permite salir.

–¿Nunca?

–Casi nunca. Al maestro no le gusta. Él cuida y protege a uno. En parte, yo lo entiendo, pero él también debe entender que uno es joven.

Me muestra fotos en su celular. Lleva extensiones de pelo con mechas doradas, maquillaje de fiesta, un vestido corto y ceñido, y una sonrisa dichosa. Habla con entusiasmo de sus amigos y de su adicción a internet: “Si se me rompe el teléfono hoy, mañana tengo que tener uno. ¡Ur-gen-te!”. De amores, prefiere no decir nada. Murmura: “Mejor no toquemos ese asunto”, y comprueba de reojo si hay alguien cerca.

***

–Usted entrena boxeadores y boxeadoras, el entrenamiento de los púgiles requiere limitaciones en la alimentación, también en la vida social y sexual. ¿El nivel de exigencia es el mismo?

–Por un lado, trabajar con mujeres es más fácil, pero también es difícil. Es más fácil que una buena boxeadora opte por un título mundial, hay menos peleas, porque hay menos mujeres boxeando. Hay mujeres boxeadoras que tienen hijos y esposo, pero cuando escogen esta carrera, y no tienen esposo ni hijos, uno como entrenador lo que quiere es que lleguen a lo más alto. Ellas tienen que restringirse de muchas cosas.

–¿Como si llevaran una vida monástica?

–Yo no digo que ellas no puedan tener sus amoritos, pero tienen que cuidarse, no deben salir embarazadas. Si salen embarazadas, se toman aproximadamente año y medio para volver a entrenar.

Oxandia asegura que nunca ha sangrado sobre un cuadrilátero. Cuando los focos la siguen hasta el ring, y siente que todos la miran, empieza a advertir la sensación plomiza de la responsabilidad. Las dudas son un iceberg que quiere desbaratar a puño limpio. Es el único momento en que se siente intimidada. “No puedo fallar”, se repite. Si el público vitorea a su contrincante, le da lo mismo. Entre las cuerdas es otra. Su semblante risueño, a veces inocente, desaparece. La adrenalina inunda su sangre y sólo le importa una cosa: golpear. “Hago cosas encima del ring que, cuando veo los videos, ni yo me lo creo”.

Varias anécdotas cuentan cómo Muhammad Ali provocaba a sus contrincantes con mofas. Oxandia hace lo mismo. Dice que lo hace a veces, cuando el árbitro y su maestro no la ven. En Sudáfrica le sacaba la lengua a Noni Tenge, y en Francia le decía a Anne Sophie Mathis: “Así pega mi hermanito más chiquito”.

–¿Por qué lo hace?

–Para sacar a mi oponente de control.

–¿Alguna vez siente compasión?

–Nunca. Ahí arriba, o doy yo o me dan a mí.

–¿Qué cualidades fundamentales cree que debe tener una boxeadora?

–Agilidad, inteligencia y técnica. Hay que saber hacia dónde dirigir el golpe. Depende del tipo de mujer. En el primer asalto no vas a tirar todo lo que llevas. Tú sales, analizas la situación. ¡Pam!, tira aquí. ¡Sa!, gira allí. Si notas una reacción rara, la sorprendiste, no le gustó: encontraste su punto débil.

Tenía 18 años cuando le arrebató el título mundial superwélter de la OMB a la costarricense Hanna Gabriels. Ni la prensa especializada, ni los espectadores, casi nadie, podía imaginar el desenlace final. Oxandia no era la favorita del público. Pero se sentía segura: “Ese título está en un lugar equivocado”, había declarado a los medios. Aquella noche de febrero de 2013, en el segundo round del combate, derribó a Gabriels con un derechazo rotundo. En el Estadio Ricardo Saprissa, en San José, Costa Rica, la tensión era un bloque de acero. El árbitro empezó el conteo. La boxeadora tica se levantó de la lona aturdida, en aparente estado de semiinconsciencia. Era una escena inédita: Gabriels nunca había perdido una pelea. Desde su debut en 2007 llevaba 14 combates invictos. Oxandia saltaba de alegría.

–¿Nunca la han derrotado?

–Dos veces. La segunda vez fue un robo asesino. Nadie lo entendió. Te voy a explicar cómo fue la primera...

Su primera derrota fue en septiembre de 2013, en Dinamarca. Acumulaba 13 peleas ganadas, nueve de ellas por nocaut técnico. Se enfrentaba a Cecilia Braekhus, boxeadora colombiana nacionalizada noruega. Dice que su pudor la traicionó: “Ya ella estaba botando sangre por la nariz, pero en el noveno round, en un descuido mío, me bajó la camiseta. Me enfoqué en arreglar eso, porque no quería que se me viera un seno, que como quiera se me vio. Ahí ella me tiró una repetición de cuatro golpes –reproduce los movimientos con celeridad–, me dio en la cara: Jab recto - Jab recto - jab recto - jab recto”.

–¿Qué sintió cuando el árbitro proclamó a Braekhus vencedora?

–Mucha rabia.

En Sudáfrica, en julio de 2014, mientras se sometía a un control médico previo a un combate, Oxandia recibió la noticia de que le habían retirado el título de Campeona Mundial. Según las normas de la OMB, todas las campeonas mundiales reconocidas por la organización deben defender su título cada 180 días. Si se incumple el reglamento, el título queda vacante. Su entrenador responsabiliza a las autoridades deportivas dominicanas de no haberles brindado el respaldo necesario para que Oxandia defendiera el título en su país frente a una oponente de su nivel.

Perder no es un arte que se domine fácilmente en el boxeo. El despojo del título mundial ha sido el único nocaut de la carrera pugilística de Oxandia Castillo, un golpe que todavía le duele, una derrota de la que pretende levantarse “muy pronto”, dice.

sorayda.peguero@gmail.com

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Por Sorayda Peguero Isaac

 

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