La paciencia de un tercer arquero

¿Para qué? ¿Para envolverme esparadrapos en los dedos y desecharlos limpios?

Ilustración: GOVA

Sí, sí. Mamá y papá me felicitarán de regreso. Un Mundial no lo juegan todos, dirán. Sí, me lo dirán.

Pero lo más seguro es que yo no juegue y eso no es lo mismo que participar. Diez personas como yo han viajado y mirado el Mundial desde el banco, sentados en una silla, sin sentir una gota de sudor bajar por su frente. Qué maldición sobre mis espaldas...

Y si no juego, ¿por qué me llevan como futbolista? Mejor como parte de la delegación o el cuerpo técnico y paro de ilusionarme. Es más cómodo para todos. Nadie como yo ha salido en el álbum de Panini. De 52.000 millones que han impreso desde 1962, jamás se ha visto a un tercer arquero, y en la maldita edición reciente ni siquiera el suplente aparece. ¡Hijos de puta! Mi participación en el Mundial será difícil de comprobársela a mis hijos.

Me tendré que ilusionar con que mi compañero se rompa un tendón, sea expulsado por ser último hombre o por generar peleas. Y me ilusiono, para completar la utopía, con que al suplente de mi compañero se le caiga una loción mientras se afeite, como a Cañizares (2002). Qué suuuerte de Casillas. Mientras yo, en el Mundial de Brasil, destacaré sólo si antes ha ocurrido una cadena de infortunios.

Es una ilusión injusta porque mi felicidad habrá provocado muchas más angustias antes y habrá agobiado a millones. Es también una ilusión prohibida de confesar porque el reportero este, el que pregunta siempre si me afecta no ser titular, este tipo... se me escapa el nombre... pero él la cebaría con cizaña, me graduaría de villano, vendepatrias y otras huevonadas que acostumbra a publicar con su verdad conveniente.

Y yo sólo quiero jugar. Y no lo voy a conseguir. ¿A quién hace feliz disputar un Mundial sentado? Es como obtener un Nobel de Literatura sin haber escrito una línea o como ganarse un viaje al paraíso y ser aerófobo. Es una mutilación diplomática, un destierro universalmente consensuado.

En Brasil me imagino saliendo del hotel hacia el estadio, sin el pánico escénico que sólo produce el césped y no el banco, ese maldito banco al que me he acostumbrado. Me obligarán a calentar “por si acaso”. Yo me diré a mí mismo que calentaré por si la mala suerte se me alía. No abandonaré el ritual de camerino por respeto a todos: usaré los esparadrapos en los dedos de los pies y de las manos, quitaré mi pendiente de la oreja izquierda, me enfundaré la indumentaria alternativa, las medias y los guayos con sus cordones bien apretados. Y me sentaré a ver si mi compañero se lesiona.

¡Mierda! La vida me hace desear el mal. Por eso debo disimular la cara de cólera y asentir cuando hablen de que lo único que importa es el país, la patria, la victoria y todas esas estupideces que alimentan en los noticieros por negocio. Y a mí me importa una mierda eso. Yo sólo quiero jugar.

Durante el partido me invadirá una emoción cuando vea a mi compañero, al que le deseo suerte y desgracia a la vez, que se está quejando en la cancha. Y el técnico no me llamará a mí para calentar en caso de lesión, porque seré el suplente del suplente, como el copiloto del copiloto, el auxiliar de vuelo del auxiliar de vuelo. Lo más posible es que el técnico nunca sustituya al titular, pero me aliviaré con ver calentar en vano al suplente número uno, mientras regresa el utilero diciendo que sólo estaba perdiendo tiempo. “Odio los arqueros que fingen ser heridos de guerra”, pensaré, porque siempre lo he pensado: los teatreros me venden una ilusión falsa y luego me devuelven a mi agobiante cotidianidad. ¿Ayudo a entrenarlos durante la semana y me pagan así? Con retorcijones falsos, mientras, algunas veces, yo entro en calor sin razón. ¡Maldita sea! Deberían atajar dos arqueros por partido.

Ya estoy hablando estupideces yo.

¡Mi oficio es el más ingrato!

Pero lo amo, es solemne, me siento libre, me veo distinto a todos, pero, a diferencia del árbitro, no me andan puteando los 90 minutos seguidos. El problema radica en que nací en la fecha y lugar equivocados. Mejor si hubiera sido Jimmy Douglas, al que técnicamente nadie podía sustituir en 1930. ¡Uf! Qué suertudo haber sido el único arquero de Estados Unidos en ese Mundial. A este paso seré René Llense, Guido Masetti, Renato Bizzorero... Qué grandes fueron, pero no jugaron ni un minuto en dos Mundiales que disputaron: ¡Qué desgraciados! Esto me pudre. Me pudre mal. Si ganamos el campeonato del mundo, no lo mereceré, venderé la medalla, la fundiré. Nadie hablará de mí. Ni de mis atajadas, ni de mi saque largo, ni de mis uniformes distintos. Pocos hablarán sobre lo único de lo que pueden hablar ahora:

Sobre la paciencia de un tercer arquero.

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