Pékerman, el padre de la resurrección de Colombia

José Néstor Pékerman, a sus 65 años, hizo posible que 46 millones de colombianos estén agradecidos y lo amen como un miembro más de su familia.

Así, elegante, de saco y corbata, luce siempre el técnico de la selección de Colombia, José Pékerman. / AFP

Ese hombre que sonríe en el Maracaná, que abraza paternalmente a cada jugador después de un partido que quedará grabado a fuego en la historia tricolor, es el padre de la resurrección de Colombia. Es el técnico que logró clasificar al equipo nacional a los cuartos de final de la Copa del Mundo y que ahora está ante un desafío que puede ser aún más legendario: eliminar a Brasil, nada menos, y llegar a las semifinales, otro hecho inédito para el país. Se trata de José Néstor Pékerman, argentino de nacimiento, colombiano de corazón. Y aunque hoy es uno de los entrenadores más exitosos del continente, sin dudas el mejor que se haya sentado en el banco de la selección, por encima de Francisco Maturana, no se olvida de sus orígenes.

Nació en un pueblo con calles de tierra este notable profesor. En Villa Domínguez lo alumbró su madre Raquel, el 3 de septiembre de 1949. Sin embargo, apenas tres meses vivió en Entre Ríos. La cosecha dejaba mucho que desear y Óscar, el jefe de la familia, decidió mudarse a Puerto Ibicuy, al sur de la provincia del litoral argentino. En el campo se crió el pequeño José, junto a otros dos hermanos. A la vera del ferrocarril, mientras su padre trabajaba en un bar que estableció con mucho esfuerzo, el pequeño José jugaba a la pelota en alpargatas. Entonces le decían Polvorita porque enseguida levantaba temperatura. Quién lo hubiera pensado, teniendo en cuenta ese hablar pausado y la paciencia que muestra en cada conferencia de prensa ahora, al borde de cumplir 65 años, una edad jubilatoria.

No será fácil retirarse y, tal vez, no esté en sus planes más inmediatos. Porque nunca le huyó al trabajo José. Vendió en una heladería, antes de dejar Entre Ríos. Ya en Martín Coronado, provincia de Buenos Aires y nuevo destino del clan Pékerman, fue mozo y ayudante de cocina en la pizzería de su padre. Y cuando Óscar cambió de rubro, lo ayudó en el reparto de garrafas. No obstante, el sabor de aquellos picados entrerrianos perduraba en sus entrañas. Pero hubo un día que fue una bisagra en su vida. Después de un partido que el equipo de su barrio perdió con Argentinos Juniors, recibió la propuesta de sumarse. José agradeció, pero dijo “no”. Sabía que las obligaciones no le permitirían dedicarse a su pasión. Sin embargo, su padre insistió. Y al tiempo cambió de opinión. Fichó para el club de La Paternal y comenzó su carrera.

Era un buen futbolista, diestro, un 8 disciplinado. Estuvo preseleccionado para el Suramericano Sub-19 y hasta formó parte del primer ciclo de convocatorias para el Mundial de Alemania-74. En simultáneo jugaba en Argentinos Juniors y estudiaba en el profesorado de educación física. Allí se reencontró con Matilde Michelín, el amor de su vida, compañera de colegio en Santos Lugares. Con ella se casó antes de tener su primer contacto con Colombia. Y todo se debió a esa maldita rodilla.

 José de Medellín

 En 1975 fichó con el Poderoso de la Montaña. Jugó tres años en Medellín y en ese lapso nació Vanesa, su primera hija. Y tan noble era José que no quiso seguir cobrando su contrato porque la rodilla no le permitía rendir al máximo. Rescindió su vínculo con Independiente y volvió a Buenos Aires. Se sometió a un tratamiento médico que no tuvo éxito y terminó por colgar los guayos. No obstante, había que seguir alimentando a la familia. Por eso a los 28 años se subió a un taxi. Y mientras en cada esquina levantaba pasajeros, durante las noches se especializaba en la escuela de técnicos por su estrecho lazo con el fútbol. Pero tenía que reinsertarse en el medio local. Y en 1982, después del nacimiento de su segunda hija, Ivana, se sumó al cuerpo técnico de Ricardo Trigilli en Estudiantes de Caseros, un club con historia en las categorías del ascenso. En aquel humilde equipo plantó la semilla del entrenador. Dirigió Chacarita en un binomio con Trigilli, pasó a Argentinos, pero los dirigentes decidieron despedir a su mentor para ofrecerle el cargo a él en las inferiores. Lo pensó un instante, pero no dudó Pékerman. Y a partir de ese momento comenzó una carrera ascendente en la dirección técnica.

Nueve años dirigió José a los juveniles de Argentinos Juniors. Y lo llamaron de Colo-Colo de Chile, interesados en su rol de formador. Siempre le gustó la docencia a Pékerman. Por eso se animó a presentarle un proyecto a Julio Grondona, presidente de la AFA, en 1994. Al dirigente más representativo del fútbol de estas latitudes le gustó tanto la propuesta que lo eligió como entrenador de las selecciones juveniles. Y fue una decisión que trajo sus frutos. Porque José impulsó a las mejores generaciones de jugadores argentinos de las últimas dos décadas. Con Juan Pablo Sorín, Walter Coyette y Ariel Ibagaza como actores estelares, conquistó el Mundial Sub-20 en Qatar. Dos años después ganó el Suramericano de la misma categoría en Chile y el Mundial de Malasia, con Estaban Cambiasso, Juan Román Riquelme, Lionel Scaloni y Pablo Zabaleta. En 1999, Argentina volvió a hacerse acreedor del Suramericano que se jugó en Mar del Plata y en 2001 el Mundial, con Javier Saviola y Pablo Aimar, entre otros. Hugo Tocalli siguió su camino y fue campeón en los mundiales de Holanda y Canadá, ya con Messi, un hallazgo de José, que por entonces era asesor deportivo del Leganés de España.

Hasta que Grondona volvió a convocarlo para dirigir la mayor cuando Marcelo Bielsa decidió irse abruptamente, después del fracaso del Mundial de Corea y Japón, muy a pesar del gran rendimiento de la selección en las eliminatorias para Alemania 2006. Pékerman se hizo cargo del equipo. Sin embargo, los penaltis le dieron la espalda en los cuartos de final. La crítica argentina fue despiadada con él porque no incluyó a Messi en el segundo tiempo. Más adelante, él mismo contó que no quería exponerlo. Para este entrenador, Leo siempre fue un niño mimado.

Aquella eliminación dejó una herida en Pékerman. Y aunque buscó revancha en los Tigres de México y Toluca con su mano derecha y actual ayudante de la selección, Néstor Lorenzo, el dolor mundialista no se aplacó. El 1 a 1 con Alemania y los penaltis que atajó Lehmann todavía no habían cicatrizado para José. Pero volvió a cruzarse Colombia en su vida, como hace 40 años. Y la tricolor le dio la posibilidad de la revancha en el otoño del patriarca. Muy a pesar de extrañar a sus nietos, aceptó la responsabilidad cuando lo convocó el presidente Luis Bedoya. Y se puso como objetivo terminar con el ostracismo colombiano, cuya última participación en la Copa del Mundo había sido en Francia-98. Cumplió el argentino, preparando a una de las mejores selecciones de las eliminatorias, detrás de Argentina. Vigorizó la defensa, a pesar de las críticas, y la valla de David Ospina fue la menos vencida. Y le sacó brillo al estilo nacional, sumado al fortalecimiento mental de los jugadores. Juega muy bien Colombia. Pékerman lo hizo posible. Y 46 millones de colombianos están agradecidos.