Como bien lo exclama Shakira en su Waka waka, “llegó el momento”. El esperado por unos, ansiado por otros y reclamado por todos. Hoy el mundo es más redondo que de costumbre, porque la pelota manda y eclipsa de tal forma, que esta vez llegó a donde pocos imaginaban.
¿Un Mundial en África? Era la pregunta común después de que Alemania despidiera la Copa de 2006, y cuatro años después la respuesta estará en Johannesburgo, cuya calabaza gigante, llamada Soccer City, les permitirá a sudafricanos y mexicanos darle la bienvenida a la Copa, por primera vez desde el continente negro (9:00 a. m., Gol Caracol).
Durante un mes, el color está garantizado para convertir al torneo de torneos en el más diferente de todos, y ya los sonidos de trompeta de la singular vuvuzela arropan a las 32 selecciones que, en 64 partidos y 10 estadios en 9 ciudades sede, perseguirán la gloria, siempre tan esquiva como selecta.
La Fifa también lo fue para darle a Sudáfrica el honor de ser anfitrión, y mucho tuvo que ver en la elección su presidente, Joseph Blatter, quien en la política expansionista de ver el fútbol como una gran industria no podía marginar del negocio a los africanos que, más que eso, asumen el reto de mostrar una imagen libre de racismo, que tanto la sometió y parece aflorar en algunos rincones europeos que cuestionan la capacidad del país organizador.
“El mundo también nos va ver como humanos y vamos a formar parte de la humanidad propia”, advierte el vicepresidente sudafricano, Kgalema Motlanthe, mientras Nelson Mandela, el hombre que transformó esa nación por medio del perdón y la tolerancia, hará presencia algunos minutos en el estadio para que los 87 mil asistentes lo ovacionen y agradezcan, tal cual aconteciera en la final del Mundial de Rugby hace 15 años, en la que los locales se impusieron, contra todos los pronósticos.
El líder político, próximo a los 92 años, es el amuleto sudafricano, pero, sobre todo, la razón de ser de la fiesta de un pueblo que batalló contra la desigualdad y ahora lucha por demostrar que la Copa, con toda su dimensión, no le quedará grande.