Primera etapa ganada

Con motivo de la Vuelta a Colombia, El Espectador reproduce desde el pasado domingo las 14 entregas de la historia del ciclista Ramón Hoyos Vallejo, escrita por Gabriel García Márquez en este diario.

La cuarta etapa de la II Vuelta a Colombia tenía para mí un significado especial. En primer término, la meta era Medellín. Allí me esperaban mi madre y mis amigos. En segundo término, era una etapa dura, y yo —a pesar de los golpes sufridos— me sentía con ánimos para ganarla. Cada hora que pasaba sentía subir de punto la moral, estimulado por don Ramiro Mejía.

Arranqué bien. Pero a los pocos minutos me di cuenta de dos cosas: la primera que al subir no me dolía mucho la cabeza, que llevaba vendada; y en cambio me dolía terriblemente al bajar. La segunda cosa de que me di cuenta fue de que mi duelo tendría que ser con nadie menos que con el ganador de la primera vuelta, el zipaquireño Efraín Forero. No le temía. Al contrario, me alegraba la idea de destacarme frente a un corredor de su categoría. Pero al mismo tiempo me daba cuenta de mi responsabilidad y de las dificultades que me esperaban en esa etapa.

Subiendo o bajando

Aprovechando la circunstancia de que en las subidas me dolía menos la cabeza, corrí fuerte hasta La Pintada, por terreno más o menos conocido. Llegué en el cuarto puesto, y sólo a 20 minutos de Forero. Mi posición no era notable, pero ofrecía esperanzas. Además, 50 corredores que habían salido de Bogotá, ya no quedaban sino 22, y eso me daba ánimos para resistir. Seguí corriendo fuerte, y en los próximos veinte kilómetros logré descontar a Forero los 20 minutos de ventaja. En ese momento me dispuse a largarlo en la primera oportunidad, y me precipité emocionado hacia otro de los instantes decisivos de mi carrera.

El duelo

Mi primer encuentro con Efraín Forero tuvo caracteres dramáticos. Fue un duelo en el barro, bajo un aguacero implacable y azotados por la granizada. Dos kilómetros más arriba de Santa Bárbara traté de borrarlo definitivamente. Pero Forero se me pegó a la rueda. Continuamos así, abriéndonos paso a través de la lluvia, el barro y el granizo; yo tratando de largarlo a la primera oportunidad, y él pegado a mi rueda, fuerte, insistente, corriendo como un sabio. En ese momento, estaba disputándole al campeón, al ídolo de las multitudes, un importante triunfo: el premio de montaña.

Durante ese duelo se me olvidó el dolor de cabeza. Sentía, remotamente, que algo me palpitaba adentro, contra la frente. Pero sabía también que debía ganar la mayor cantidad posible de tiempo mientras fuera trepando, pues en la bajada el dolor se volvería insoportable. Forero seguía pegado a mi rueda. En el instante decisivo, haciendo un esfuerzo supremo, me metí en el embalaje. Forero embaló al mismo tiempo, y entramos juntos, como si las ruedas de ambas bicicletas formaran parte de un mismo engranaje; juntos al premio de la montaña.

Sin embargo…

No obtuve la anhelada victoria, pero me sentía con fuerzas y, sobre todo, con un grande entusiasmo. En la cumbre me esperaba mi hermano José, con un tarro de gelatina de pata, que me mandaba mi madre. Aquello redobló mis fuerzas y mi entusiasmo. Pero entonces había empezado la bajada, y la cabeza me dolía terriblemente. Forero y yo seguíamos, vigilándonos, esperando la oportunidad de largarnos. Ambos estábamos corriendo fuerte y ya no cabía la menor duda de que aquella etapa se decidiría entre nosotros dos. Hasta ese momento, yo iba ocupando el puesto número doce en la clasificación general. Pero había una cosa importante: el puntero en la general, Beyaert, el francés, estaba quedado en esa etapa, por lo menos en veinte minutos. Adelante, en un duelo implacable, Efraín Forero y yo, nos disputábamos la victoriosa entrada a Medellín.

Fue en el plano donde empecé a perder terreno. Me había agotado el esfuerzo. La emoción me entorpecía, y un poco antes de entrar a Medellín, yo mismo comprendía que Forero me estaba dejando. Y me dejó. Me sacó cuatro minutos a la meta.

El botellazo

Sin embargo, fue emocionante haber entrado en el segundo puesto a Medellín. Mi madre, mis amigos, la gran muchedumbre antioqueña me recibieron con una ovación. En ese instante mi nombre empezó a circular insistentemente, como el del novato que podía llegar a ser campeón. Aquella recepción estimulante, me dio ánimos para la próxima etapa, a pesar de que mi ojo seguía hinchándose y la cabeza me dolía cada vez más.

Pero la próxima etapa importante —Cartago a Cali— fue una etapa desastrosa. Eran 234 kilómetros, y los corrí en la cola, con miedo, sin auxilios y desmoralizado. Cuando pasé por Candelaria, ocupaba el puesto número quince de la etapa. Pero los punteros habían pasado hacía tanto tiempo, que en Candelaria ya no había orden en la multitud. Me recibieron con burlas, tal vez a causa de mi triste figura: la camiseta llena de sangre y la cabeza vendada. No me di cuenta qué ocurrió sino un poco más tarde, cuando recobré el conocimiento: de entre la multitud salió una botella, arrojada con fuerza, y estalló contra mi cabeza.

Por fortuna

El botellazo volvió a abrir la herida del ojo, que ya empezaba a cicatrizar. En ese momento, por primera vez en toda la competencia, me sentí completamente sin fuerzas, dispuesto a rendirme. Aquello era superior a lo que yo había previsto: un choque contra una piedra, en la primera etapa; luego el botellazo. Y como consecuencia de las dos cosas, ese dolor de cabeza implacable.

Sin poder sostenerme sobre la bicicleta, me senté a un lado del camino y esperé a que pasara alguien. Pero ya los carros de auxilio iban muy adelante. Sólo veía pasar ciclistas. Ciclistas rezagados que me veían sentado en la orilla de la carretera, pero no estaban dispuestos a perder sus valiosos minutos en auxiliarme. Vi pasar, espaciados, los cinco coleros. Por último, como una aparición milagrosa, apareció un muchacho campesino que había ido de compras a Candelaria. Me preguntó qué quería.

—Una naranjada y algo para el dolor de cabeza—le dije.

El muchacho se fue, y al cabo de un instante regresó con un analgésico y una naranjada. Cinco minutos después, yo estaba otra vez sobre mi bicicleta. Entré a Cali de número veinte.

Triunfo contra Varisco

Como allí hubo descanso, cuando se inició la etapa Cali-Sevilla estaba repuesto. Sin mucho esfuerzo, logré sostenerme con el pelotón hasta la subida. Allí me despegué, me fui adelante, con mucha ventaja, y empecé a correr fuerte y con entusiasmo.

Corría tan bien en la punta, que apenas si alcancé a darme cuenta de que Humberto Varisco, el formidable ciclista argentino, me estaba cazando. Me alcanzó a los pocos minutos y seguimos corriendo juntos a lo largo de toda la etapa Cali-Sevilla. Fue un duelo silencioso, sin dramatismo, a diferencia del que había sostenido pocos días antes con Efraín Forero.

Dos cuadras antes del embalaje decidí arrancar, ahora no sé por qué. Pero aquella vez lo hice porque estaba desesperado por ganar una etapa, y había gente muy experimentada detrás de mí. Arranqué con tanta fuerza que Varisco no tuvo tiempo de reaccionar cuando yo —temblando de emoción— entraba a la meta en la primera etapa de importancia que ganaba en mi vida.

¿Después?

Lo que vino después ya se sabe por los periódicos. Entré de decimosexto a Bogotá, pero ocupé el 7.º puesto en la clasificación general. Los periódicos estuvieron de acuerdo en titular: “Ramón Hoyos, la revelación de 1952”.

Desde entonces empezó la expectativa por mi carrera, y no hay competencia en que yo participe, que no sea registrada en los periódicos. El argentino Julio Arrastía, que me vio correr en la II Vuelta, fue contratado como entrenador de los ciclistas antioqueños por la Liga de Ciclismo, y desde entonces empezó mi verdadera vida de deportista. Empezaron los entrenamientos metódicos, la esperanza entre la gente de mi departamento, y la curiosidad de los periodistas que, poco a poco, ha ido haciendo pública mi vida privada. 

NOTA DEL REDACTOR

Ramón Hoyos no habla de Efraín Forero hasta cuando es absolutamente indispensable, y refiriéndose a sus relaciones como deportista, pero en todo momento el antioqueño manifiesta su admiración por el cundinamarqués, y no lo hace responsable de las dramáticas recepciones de que Hoyos ha sido objeto en Bogotá, cada vez que ha entrado como vencedor. Hay alguien, en cambio, contra quien hoyos se pronuncia en términos alarmantes: el público. “La gente es demasiado exigente”, dice. E insiste en que todo ciclista hace lo que puede, sin importarle lo que se diga, pero lamenta que sus fanáticos pretendan que siempre se hagan milagros.

“Cuando puedo ganar, gano”
“Durante una etapa —dice Hoyos— uno no piensa en la carrera total ni en nada. Piensa exclusivamente en la etapa que va corriendo”. Y el público está siempre dispuesto a pedirle cuentas al ciclista, tanto si gana como si pierde. En la III Vuelta a Colombia, por ejemplo, Hoyos iba ganando todas las etapas. “Está acabando con el interés de la vuelta”, se dijo. Y cuando empezó a perder, se dijo que el antioqueño se había forzado demasiado al principio y que no resistiría hasta el final de la carrera.
—¿Es cierto que las etapas que perdiste las perdiste voluntariamente? —se le preguntó voluntariamente.
—No es cierto—respondió—. La etapa que no gano es porque no puedo ganarla. Aunque al público se le antoje creer otra cosa.

“Forero es buen corredor”
Hablando de las desmedidas exigencias del público, Ramón Hoyos volvió a hablar de Efraín Forero. “Es un buen corredor —dijo—. Pero el público no quiere entender que un buen corredor también pierde, aunque corra muy bien”.
—Entonces, ¿el ‘Zipa’ no está quemado? —se le preguntó.
—Claro que no—explicó Hoyos—. Lo que pasa es que cuando Forero ganaba, los otros ciclistas no eran tan buenos como ahora.
Ramón Hoyos insistió en que el ciclismo colombiano es uno de los mejores del mundo.

¿Qué dice Arrastía?
El entrenador Arrastía está de acuerdo con Hoyos: Forero no está quemado. Más aún, está corriendo mejor que nunca, pero contra ciclistas que no pueden compararse con los que participaron en la I Vuelta a Colombia. Y Arrastía explica cuál fue la talla principal de Forero en la última vuelta:
—Forero se equivocó en la táctica —dice el entrenador argentino—. Siempre estuvo atacando y tratando de quemar a Hoyos, sin tener en cuenta que Ramón estaba corriendo mejor, es mejor ciclista y estaba en mejores condiciones.
—¿Cuál hubiera sido una táctica eficaz en Forero? —se le preguntó a Arrastía.
—Correr más a la expectativa, buscando la oportunidad para triunfar y procurando en todo caso ocupar la mejor posición posible. Pero corrió equivocado: en lugar de darse cuenta de que había otros corredores contra quienes luchar, se dedicó exclusivamente a correr contra Ramón.