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28 Feb 2012 - 10:01 p. m.

Quibdó, reserva natural... de futbolistas

Es una de las principales canteras, pero pocos entrenadores están capacitados.

Luis Guillermo Ordóñez Olano

La dirigencia deportiva y política del Chocó ha dejado perder durante décadas recursos agrícolas, hídricos, piscícolas, ganaderos, mineros y humanos que envidiaría cualquier región del mundo. No obstante esa tierra sigue dando frutos.

Arnaldo Patricio de León, Hilton Murillo, Hárold Mena, Sacarías Pacheco, Guillermo Arbeláez y Franklin Hinestroza son los futbolistas más queridos y recordados en el departamento del Chocó. Mucho más incluso que Jackson Martínez, Carlos Alberto Sánchez o Wason Rentería, hoy figuras en el balompié internacional y habituales integrantes de la selección colombiana de mayores.

Las historias deportivas de todos ellos, al igual que las de cerca de 180 jugadores de esa región que están actualmente en el profesionalismo, comenzaron a escribirse en el mismo lugar, la cancha de La Normal, hasta hace tres meses la única con medidas reglamentarias, cuando se habilitó el campo sintético del “estadio” Francisco Pacho Maturana, un terreno espectacular pero ubicado en medio de la selva, a 30 minutos en carro y 40 minutos en bus desde Quibdó, lo que hace complicado y costoso el acceso, especialmente para jóvenes y niños de la zona, quienes por lo general pertenecen a familias de escasos recursos.

Por eso resulta irónico y triste ver tres veces a la semana cómo alrededor de 150 pequeños, de seis diferentes escuelas de fútbol, tienen que dividirse una cancha pelada, sin demarcar, para realizar sus entrenamientos, mientras que nadie usa la que se acaba de construir con una inversión cercana a los seis mil millones de pesos, pero a 25 kilómetros de la capital chocoana.

El escenario, cuya gramilla fue traída desde Canadá, se está haciendo con recursos del Estado, a través de Coldeportes, y cuenta con la vigilancia y administración de la Universidad Tecnológica, que donó los terrenos. “Pero el sitio ideal para hacer esa obra era La Normal”, repiten entre resignados y furiosos los jugadores, entrenadores y dirigentes del fútbol, a quienes no tuvieron en cuenta a la hora de escoger el lugar. “Sin embargo, lo agradecemos y lo vamos a utilizar”, agregan.

Sin tribunas ni camerinos, embarrada y carente de iluminación, la cancha de La Normal es desde siempre el templo del balompié chocoano. “Está en pleno centro de la ciudad, en el barrio Niño Jesús, y queda cerca a todo. Los muchachos llegan a ella caminando”, explica Elkin Arce, hoy presidente de la Liga de Fútbol, quien de niño soñó con ser jugador e incluso estuvo a prueba en Millonarios y participó con Equidad en importantes torneos aficionados en Bogotá, pero cambió la pelota por la odontología, como se lo pedía su familia. “Tal vez fui un poco cobarde y me faltó arriesgar, luchar más por lo que quería”, lamenta. Eso mismo pasó con Arnaldo Patricio de León, quien dejó de jugar para convertirse en médico, y ahora es uno de los más reconocidos del departamento.

“Esas son historias muy repetidas entre los futbolistas chocoanos, entre los deportistas chocoanos. Sobre todo antes, cuando esa actividad no era una verdadera opción de vida y los papás decían que la mejor herencia que dejaban era el estudio. Hoy es diferente, ya ven que se puede vivir del fútbol mejor que de cualquier otro oficio, así que apoyan más a los muchachos”, argumenta Oswaldo Anilio Moreno, Papeto, exjugador, periodista y técnico, en cuya escuela de fútbol se formó el delantero de Jaguares de México Jackson Martínez.

Moreno, al igual que Jerlin Mayo, quien pudo llegar al profesionalismo pero ahora es docente de informática y taxista, dejó el balompié por una lesión que no se pudo tratar, pues no tenía los recursos económicos para hacerlo, ni el apoyo médico y científico de una liga o un club.

Porque la estructura institucional del Chocó, que tiene una población cercana a los 450 mil habitantes en 30 municipios, es tan frágil como su economía. Y la dirigencia deportiva y política tan incapaz que ha dejado perder durante décadas recursos naturales agrícolas, hídricos, piscícolas, ganaderos, mineros y sobre todo humanos que envidiaría cualquier región del mundo.

Para completar, “al chocoano no le gusta sufrir. Muchos jóvenes se van a probar y a aventurar a clubes de Medellín, Cali o Bogotá, pero al primer inconveniente se regresan. No son sacrificados, no están acostumbrados al trabajo físico exigente”, agrega Moreno, mientras Mayo argumenta que “aquí todos somos como hermanos, nunca falta el plato de comida y se vive muy sabroso porque la violencia no nos ha tocado tanto como a otros lados. Para triunfar nos falta mentalidad, ambición y disciplina. Aquí es igual un lunes que un sábado. Y nos gustan mucho el chupe y la rumba. Somos felices, los más felices del país”.

En eso coinciden quienes, por puro amor al arte y prácticamente sin metodología, se han encargado de pulir a unos 400 jugadores que el Chocó le ha dado al fútbol, el primero de ellos el arquero Senén Mosquera, por quien Millonarios “pagó” 20 balones en 1960. Para Plinio Hurtado, el técnico que más se ha capacitado, “el que de verdad quiere llegar, llega, pero por su esfuerzo y dedicación, no por el apoyo que se le da, no como consecuencia de un proceso. Por eso es normal que la mayoría sean desagradecidos, aunque hay excepciones”.

De hecho, ni siquiera el técnico Francisco Maturana, quien participó de la Asamblea Nacional Constituyente y es un personaje reconocido en el fútbol mundial, ha gestionado recursos, obras o programas en beneficio de la tierra que lo vio nacer, aunque “no tendría por qué hacerlo, pues se fue de aquí siendo muy pequeño”, dicen quienes defienden que el nuevo estadio lleve su nombre.

Docente y entrenador de la escuela Estrellas del Futuro, Hurtado lamenta que Chocó, “con el mejor potencial de Colombia, no lo sepa explotar. Y eso es culpa de nosotros, los deportistas, porque hemos sido sumisos, apáticos, aunque estamos convencidos de que tiempos mejores van a venir”.

Oswaldo Moreno explica que lo que hace especial al futbolista chocoano “es que nace silvestre, tiene una condición técnica innata y por su biotipo generalmente posee gran potencia, habilidad y velocidad. Chocó es una reserva natural a la que siguen viniendo los cazatalentos. Aquí no hay un niño calidoso en cada escuela, sino 10, 20. En todos los seleccionados nacionales hay jugadores de acá. Aunque tenemos que reconocer que muchos se quedan en el camino porque no se les guió adecuadamente. Las pocas escuelas de fútbol que existen no cobran, o cobran muy poco, hacen más una función social, pero así mismo tienen falencias”.

Al respecto, el presidente Elkin Arce cuenta que “ahora la liga manda veedores a diferentes poblaciones para detectar talentos, porque las vías de comunicación y condiciones geográficas impiden llevarlos hasta Quibdó”, en donde sin embargo, tampoco tendrían las condiciones mínimas para seguir su proceso de formación.

“Hace rato que dejamos de quejarnos. Hemos sido olvidados históricamente, aunque eso está cambiando. Ya nos cansamos de ser las víctimas y estamos tratando de hacer las cosas de otra manera. Los recursos han llegado, no en la cantidad que deberían, pero no los hemos administrado bien. Faltan escenarios, balones, una sede administrativa y muchas cosas más, pero estamos intentando organizarnos para tirar todos para el mismo lado. Para hacer que la salida de un jugador beneficie al joven, pero también a su familia y su entorno social”, agrega Arce, quien está seguro de que aunque Quibdó no tiene salas de cine ni centros comerciales, así como ninguna industria o empresa verdaderamente importante, sería una plaza ideal para un club de la B o de la C, “pues para la gente el fútbol es todo. La ciudad se paraliza cuando hay un gran partido internacional o un clásico con Millonarios, Nacional o América. Ni qué decir cuando juega Brasil”.

De hecho, a los futbolistas del primer gran equipo chocoano que existió, el que brilló en el Campeonato Nacional de Bogotá, en 1953, los denominaban Los Cariocas del Pacífico, por su estilo de juego y los colores del uniforme, amarillo y verde.

“El sueño de todo niño, antes que llegar al profesionalismo, es representar al Chocó. Acá, quien no pasó por la selección departamental, que es la primera vitrina para todos, no jugó fútbol”, señalan quienes para competir con equipos de otras regiones han tenido que viajar 12 horas por la “trocha suicida” que conduce a Medellín o por lo menos ocho por la carretera que los lleva a Pereira.

Claro que esos mismos enamorados de la pelota no supieron defender su estadio, porque La Normal tuvo tribunas, malla de protección, cabinas de transmisión, camerinos y altoparlantes, por allá a mediados de los 70, cuando se realizaron los Primeros Juegos Deportivos de la Costa Pacífica.

“Pero años después, durante la alcaldía de Arnobio Córdoba, tumbaron todo, dizque para hacer un estadio. Levantaron unas graderías, pero las tuvieron que demoler. Ahí se perdió un poco de plata y el escenario quedó abandonado”, cuenta Arce, quien calcula que hacer de La Normal una buena cancha sintética, con iluminación incluida, costaría unos $5.800 millones.

“Y sería para todo el mundo, porque en el Chocó el fútbol no es clasista, no excluye. En el campo nos reunimos pobres y ricos. El sueño de todos es tener nuestro estadio, alcanzarlo a ver”, añade Plinio Hurtado, antes de agregar que muy cerca de ahí hay un coliseo cubierto que nunca se terminó de construir y que sirve de guarida para pandillas juveniles y delincuentes.

Apenas a unos 200 metros del aeropuerto de Quibdó se divisa una pista de atletismo con el terreno en el centro propicio para acondicionar una cancha. “Es el Aeroparque, pero no la podemos utilizar porque la consiguió la liga de ese deporte”, aclara Elkin Arce.

A pesar de todos esos inconvenientes, el Chocó sigue siendo una de las principales canteras de futbolistas y su nuevo gobernador, Luis Gilberto Murillo, se ha comprometido a darle al deporte de esa región el trato y el apoyo que merece.

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