Quiero llegar más lejos: Caterine Ibargüen

Con una marca de 14,84 metros, la atleta antioqueña consiguió la segunda medalla en la historia del país en competiciones orbitales.

Sus próximos retos: los Panamericanos de Guadalajara y los Olímpicos de Londres.

La señal era clara, innegable, acaso premonitoria: Colombia había obtenido su primera medalla en un Campeonato Mundial de Mayores de Atletismo. Ya de por sí, la victoria de Luis Fernando López era histórica. Sin embargo, podía pasar algo más. Centrada en los pasos de Caterine Ibargüen, la posibilidad de que no fuera sólo una presea estaba presente. La hazaña podía ser doble, inesperada.

Lo fue. El salto de Ibargüen, los 14,84 metros que estuvo despegada del suelo, bastaron para el bronce. La antioqueña abrazó la bandera, salió a celebrar y pensó en los suyos, que no estaban ahí para abrazarla, pero que la seguían con el corazón y el sentimiento. La mirada de la atleta estaba en el cielo coreano y también en Urabá, en Apartadó, la tierra donde empezó a gestarse un sueño que de a poco va completándose.

Ayola Rivas, la mujer que hizo de mamá para criarla, lo celebró infinitamente. La abuela materna de Ibargüen recordó los sacrificios, las dificultades económicas, la partida de la nieta para construir y hacer realidad un anhelo.

“A veces lloraba porque no tenía nada para darle de comer”, dice la señora Rivas, la voz pausada y tímida. No fue una historia fácil. La violencia en el Urabá antioqueño llevó a que el padre de Ibargüen la abandonara de niña. La entregó a un tío. Después, y sin que la atleta entendiera bien todo lo que pasaba, la recibió la abuela, que se convirtió en un soporte incondicional.

Ibargüen lo recuerda. Y, sin embargo, habla de una infancia linda, marcada por los buenos momentos. Más allá de las carencias, había tranquilidad, fuerza para levantarse todos los días y superarse. Tampoco fue demasiado difícil salir del pueblo. A los 14 años se vinculó al equipo antioqueño de atletismo y empezó a vivir en la villa deportiva. Salir significaba dejar a la familia, a la comida de doña Ayola, pero valía la pena para perseguir lo que ya le daba sentido a una vida.

Como sucede en el atletismo, se entrenó bajo la lluvia, el sol y los dolores. No importaba. Participó en campeonatos nacionales, suramericanos y ya en los Mundiales de 2005 (Finlandia) y 2009 (Alemania), en salto de altura. Aunque en Berlín registró una marca de 1,85, que no le bastó para clasificar a las finales, la pasión y la persistencia seguían intactas. Aún más, aumentaban.

La vida le cambió cuando entendió que podía competir mejor en otra modalidad: hace tres años, pasó del salto en altura al salto triple. Y, no de golpe pero sí rápidamente, los resultados comenzaron a llegar. “Fue un acierto tremendo”, dice, “estoy muy contenta con mi entrenador. Fue todo por él, que tenía razón, como se ha demostrado con todo lo que vino después”.

De la mano del cubano Ubaldo Duiani, Ibargüen igualó, en el Gran Prix Internacional de Bogotá, la marca de Yargelis Savigne, una de las favoritas en la prueba de Daegu. El antecedente era inmejorable.

En Corea del Sur, la antioqueña arrancó con un registro de 14,44, que no le alcanzaba. Lo mejoró, lo batió. El 14,84 final casi la pone en la plata, pero la ucraniana Olga Ripakova (14,89), que terminó segunda, lo superó. La candidata, la cubana Savigne, se debió conformar con el sexto puesto y resignar la posibilidad de que Latinoamérica lograra un podio pleno, pues su compatriota Mabel Gay era también una opción fuerte y finalizó cuarta.

“No contábamos con ninguna medalla mundial y ahora en Colombia tenemos ya dos”, apunta Ibargüen. “Con el transcurso del tiempo vamos a seguir mejorando. Tenemos una preparación mejor y estamos pensando en grande. Espero que mi país se acostumbre a ganar”.

La mentalidad de victoria se nota cuando habla de su preparación, del arduo trabajo que hace día tras día.

“Uno hace muchos sacrificios para esto”, sostiene. “Nada es improvisado”. Sacrificarse tiene que ver con dejar cierta comida, ciertos tiempos, cierto país: Ibargüen vive en Puerto Rico, donde es estudiante de enfermería, una profesión que también la apasiona.

El sueño se hizo realidad a medias, de cualquier modo. Para Ibargüen, hay que buscar más. “Tenemos para cerrar la temporada los Juegos Panamericanos y allí trataremos de hacer un buen papel y, por qué no, ganar el oro, es el objetivo con el que iré a México”, señala.

Como no podía ser de otra forma, en el radar están los próximos Juegos Olímpicos, antes incluso que el matrimonio (“estoy casada con el atletismo”, confiesa entre risas).

“Quiero llegar más lejos”, admite la atleta, que tiene como modelo a seguir al cubano Javier Sotomayor, campeón olímpico en Barcelona 92.

Nada mal, por supuesto. Ibargüen quiere seguir dando pasos largos y alegres, como la sonrisa (inevitable, permanente, absoluta) que tiene siempre en la cara.

Así fue la prueba de salto triple

La competencia de salto triple del Mundial, que se celebra en Daegu, Corea del Sur, sirvió para que la ucraniana Olha Saladuha destronara a la cubana Yargeris Savigne, quien había conquistado los dos títulos anteriores y dominaba la clasificación orbital del año.

La marca de Saladuha fue contundente: 14,94 metros que se hicieron inalcanzables para la kazaka Olga Rypakova, que saltó cinco centímetros menos.

Saladuha logró su registro vencedor en el primer intento. Después intentaría mejorarlo, pero los otros cuatro saltos fueron insuficientes, aunque sobrepasaron los 14 metros. “El primer salto fue técnicamente el mejor y me aseguró el oro, pero intenté superarlo. Mi objetivo eran los 15 metros, pero no lo conseguí”, señaló la nueva campeona mundial.