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El mismo Óscar Héctor Quintabani ha dicho que para ser técnico, no sólo en Colombia, “hay que estar un poco loco” y que al mismo tiempo “se debe amar lo que se hace con perseverancia y tolerancia”. Y es que algo de orate debe tener el que se le mida a dirigir a un equipo que siempre está en el ojo del huracán. Pero también mucha constancia debe haber en el que lucha contra una historia que pesa toneladas y altísimos grados de paciencia deben colmarlo para eludir la crítica a veces perversa de los eruditos del micrófono y hasta los improperios y provocaciones que llueven desde la tribuna.
Sólo alguien así puede aguantar con dignidad en el que se ha convertido en uno de los cargos más mediáticos en el país, tal vez al mismo nivel del alcalde de la ciudad o del mismo Presidente de la República.
Quintabani llegó a Millonarios con el rótulo del técnico más ganador en los últimos años en el fútbol colombiano, pues es el único que ha podido lograr tres títulos en el nuevo sistema de torneos semestrales que se implantó desde 2002. Uno con Pasto (2006) y dos con Nacional (2007). Para muchos esa es la referencia que tienen del colomboargentino, pero poco se habla de la historia del futbolista, del entrenador y del hombre que dejó su Buenos Aires en 1977 y decidió radicarse en el país del trópico, donde muchos paisanos suyos triunfaron.
“No había tantas facilidades en la comunicación como ahora. Tuve que consultar con muchos argentinos que estaban acá, pero hasta las llamadas eran complicadas”, recuerda Quintabani sobre su llegada al Once Caldas, que en ese entonces dirigía Gilberto Osorio.
“Recuerdo mucho que debuté en el clásico del Eje Cafetero contra Pereira y ese día empatamos 1-1. Del Porto me hizo el gol del empate con el brazo, pero entonces no existían todos los medios de hoy, las cámaras para verlo. Tengo amnesia para los goles, pero de ese sí me acuerdo muy bien”, rememora Quintabani.
El portero venía de aquel Argentinos Juniors donde Maradona era la sensación. Pero su formación se dio en River Plate, equipo en el que debutó en primera división en 1971, gracias al técnico brasileño Didí, quien también les dio la oportunidad a otros juveniles del equipo millonario como Norberto Alonso, Reinaldo Merlo y Juan José López, entre otros.
Quintabani nació en Florida, partida de Vicente López, en la provincia de Buenos Aires, el 4 de junio de 1950. Desde muy pequeño se enamoró del arco, de la agilidad y la valentía de los que tenían que defender la valla de su equipo. “Mi papá me llevaba a los partidos y me gustaba ir atrás del arco”, cuenta y recuerda que lo marcó Amadeo Carrizo en su niñez y más adelante, movido por el rock de los Beatles, admiraba a Hugo Gatti.
“Llegué a un River que tenía entre sus formadores a gente de la entraña del club como Renato Cesarini y Pipo Rossi. En River siempre se busca mantener esa tradición para pegarse a la camiseta y quererla”, dice Quintabani, quien sin embargo confiesa que su equipo siempre ha sido Platense.
En 1980 llegó al Deportes Tolima, donde formó parte de la nómina de aquel histórico equipo conocido como el ‘Kokoriko’ Tolima. La enorme cara de un pollo en su pecho resalta en las fotos de aquel histórico plantel que en 1981 sorprendió a todos y llegó a la final que perdió con Nacional, pero que hizo historia al clasificarse a la Copa Libertadores. Junto a él brillaban figuras como Víctor Hugo del Río y Evaristo Isasi.
“Eran los comienzos del senador Camargo como directivo y fuimos pioneros en llevar patrocinio en la camiseta, él es un hombre muy ducho en ese tema”, cuenta. “El Tolima siempre era el colero, pero él formó un equipo de jugadores maduros y nos propusimos sacarlo adelante”.
Quintabani, con 1,78 de estatura, dice que era un portero de gran intuición y velocidad. “No era un arquero grande, así que me costaban las pelotas aéreas. El fútbol evoluciona y empecé a ser arquero líbero, cuando en Colombia se empezó a trabajar el achique y el agrande. Fuimos los primeros con Ricardo de León, en el Tolima, haciendo la zona”.
Pero Quintabani no pudo jugar la Copa con el Tolima porque en 1982 lo compró el Pereira, equipo que marcaría su salida como futbolista activo. Allí jugó hasta 1986 cuando a sus 36 años se retiró debido a una especie de veto que hacían los clubes a los jugadores que los demandaban.
“Había una deuda económica sobre mi contrato y tuve que demandar, y en ese tiempo si demandabas automáticamente quedabas congelado. Pero uno tiene dignidad, peleaba por mi plata de trabajo”, recuerda Quintabani, quien ganó esa demanda.
Paradójicamente fue Pereira, que con nuevos directivos, le dio la oportunidad de ser técnico. En 1989, luego de hacer varios cursos, tomó las divisiones menores del club matecaña y en 1990 se estrenó como DT en primera división. Tenía al mando el equipo en el que comenzaban a despuntar entre otros Darío Aguirre, Mauricio Chicho Serna y Einar Angulo, quien hoy es su fiel escudero.
En 1992 Quintabani viajó a Europa, donde vivió uno de los momentos que le marcaron su vida como entrenador. “Tuve la suerte de compartir un tiempo de trabajo como invitado de Fabio Capello, quien era técnico del Milan. Conviví con ellos unos tres meses, en la época de Baresi, Costacurta, Van Basten, Rijkaard, Gullit, Maldini. Lo considero como un punto de partida para mí como entrenador”, dice.
Y los conocimientos los ha puesto en práctica en Quindío, al que llevó a una final en 1997; Cortuluá, con el que ganó cupo a la Libertadores en 2002; Deportivo Cali, Pasto, Nacional y ahora Millonarios. También tuvo un breve paso por el Deportivo Quito de Ecuador.
El largo camino recorrido en el fútbol de Quintabani Faggiani le dan la experiencia para sobrellevar momentos difíciles como el de hoy en el cuadro azul. Es claro y directo al decir que “no es un cobarde” que abandona el barco y que aunque no tiene límites y sueña con ganar un mundial, no se frustra con los fracasos. “Si me caigo, me levanto”.
Pide apoyo para la asociación de entrenadores
Óscar Héctor Quintabani asegura que en Colombia se debe seguir luchando por consolidar la Asociación Colombiana de Entrenadores de Fútbol (Ascenfútbol), que en su momento fue liderada por Francisco Maturana y que hoy se encuentra debilitada.
“No hemos recibido el apoyo del Gobierno, necesitamos la personería jurídica para que podamos tener un verdadero espacio dentro de esta sociedad. Nosotros ocupamos un lugar importante por lo que es el espectáculo y todo lo que genera, por eso necesitamos colaboración”, dice.
Quintabani resaltó el trabajo que vienen haciendo algunas instituciones educativas que forman técnicos. “Este es un trabajo especial, donde uno debe saber de todo un poco sobre la gente que te rodea”, concluyó.