Ricard, el trotamundos

Dice sentirse feliz de estar con el Deportes Quindío, el club número 13 en su carrera.

Hamilton Ricard Cuesta, el delantero chocoano de 37 años que militó en clubes de países exóticos como Chipre, Bulgaria y Japón, que ha jugado en 13 equipos en su carrera y probó toda clase de extravagancias gastronómicas, es una caja de anécdotas. El atacante, que estuvo en el Mundial de Francia 98, dice estar feliz de regresar al fútbol nacional (en el que jugó en Cali, Santa Fe y Cortuluá) después de seis años, pues ahora, rodeado de juventud en el Deportes Quindío, más que nunca recuerda los viejos tiempos.

¿Le molesta que le digan viejo?

Si tuviera 19 años, sí, pero tengo 37. Además, la cédula no juega. Ahora ya juego simple, los pelados se quieren comer el arco. Cuando esto deje de gustarme, me retiraré, no por la edad.

Hace seis años que no jugaba en el fútbol colombiano...

Me he sentido excelente. Además, es muy bueno llegar a un equipo plagado de jóvenes, que tienen muchos sueños y que le obedecen tanto a un técnico como el Pecoso Castro.

¿Cómo encontró al técnico Castro, con quien estuvo en el título de hace 15 años con Cali?

Los años lo van calmando. Ya no grita tanto como antes. Pero su trabajo sigue siendo el mismo. Y estos pelados le creen, y cuando eso pasa, los resultados se dan.

¿Le preguntan los jóvenes sobre sus experiencias en el exterior?

Sí, claro. Se acercan y me preguntan sobre las anécdotas, los cuentos en otros países. Uno vive todo eso para contarlo.

¿Cómo hacía usted para comunicarse en otros países?

El idioma del fútbol es la misma vaina. Cuando estuve en Inglaterra aprendí el inglés y con eso tuve. También digo cositas en japonés, chino y griego. Pero en sí, eso nunca fue un problema, porque siempre me ponían traductor.

¿Cuál fue la clave del éxito en los clubes donde jugó?

Adaptarme a la cultura. Yo allá no buscaba fríjoles, lentejas. No. Yo me comía las cosas de allá; si había que comer cordero todo el día, lo hacía. Hay unos que se van extrañando el buñuelo y la empanada. Claro que te confieso que nunca pude con el perro, la culebra y la rana en China.

¿De cuáles experiencias se acuerda más?

En Inglaterra me pasaron unas… Al principio me tocaba con traductora electrónica y era una sola risa con los meseros porque me tocaba mostrarles lo que traducía la máquina: “pollo caliente”, escribía, y ellos leían y me gozaban.

¿Y el mayor chasco?

En Inglaterra también, me perdí cuando iba para la casa. Iba en el carro y me dio por meterme mal. Y nada que llegaba a la casa. Ya veía puro monte, no veía carros. ¿Y sabe qué? Llegué casualmente al pueblo donde vivía mi traductora en el club. Qué de buenas.

¿Cuál ha sido el peor y el mejor país en el que ha estado?

El peor, Chile. Allá tratan muy mal al extranjero, no disimulan la falsedad. Y los mejores, en este orden: Uruguay, Inglaterra, Japón, Chipre, China y Ecuador.

¿Qué fue lo que más le impresionó del fútbol de otros continentes?

Los estadios. Yo decía: cuándo vamos a tener unos estadios así en Colombia, qué les pasa a los dirigentes y al Gobierno que no hacen nada por sacarnos del subdesarrollo. Ahora el Mundial Sub-20 dejó muy buenos escenarios.

¿Cómo es su relación con los jóvenes del Deportes Quindío?

Tengo mucha empatía con Hilton y Aldair Murillo, porque son de Chocó. A veces pienso que soy su padre. Por eso no puedo darles mal ejemplo y es mi obligación empujarlos para que crezcan.

¿Ellos le recuerdan cuando usted comenzaba en el Deportivo Cali hace 20 años?

Claro. Y es que yo les digo que son unos privilegiados porque antes era más jodido subir a primera. Los veteranos eran muy briosos y te trataban de bajar la caña. A mí me decían: “no corra, mijo” —porque sabían que uno les ganaba el pique—, “tócala, peladito de mierda o te vas”. Como viví eso, no quiero que se repita y por eso los respeto tanto.

¿Cuál es la convocatoria a la selección de Colombia que más recuerda?

Creo que fue en el 93 ó 94 que estábamos en una Sub-23 en Bogotá y coincidimos con la de mayores, que también estaba y nos llevaron a entrenar con ellos: qué baile tan berraco. Hárold (Lozano) y yo nos decíamos: vamos pues a recuperar el balón. Qué va, El Pibe la ponía redonda...