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La garra del León

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Hasta ganas tendría de tener 90 años para haber visto al rojo desde sus inicios, haber estado en mi querido Gimnasio Moderno viéndolos jugar y nacer como equipo profesional, acompañarlos desde entonces en sus glorias y frustraciones. Pero no, solamente lo he vivido 45 años, más o menos, desde aquella vez que me llevaron a ver un clásico que ganamos 1 a 0 con gol del “Nene” Sarnari.

Soy hincha de campeonato, sí, de aquel del 75. Porque les cuento un secreto: hasta mis diez años fui un año de Santa Fe y –Dios, si existe, me perdone—un año de Millonarios, para no molestar a mis padres, el uno rojo, la otra azul. ¡Gracias, Sarnari, me salvaste de un mal eterno!

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Quizás hubiera tenido más alegrías de paso si ese clásico lo hubiera ganado Millonarios, porque el azul ganó algunos títulos más en esos años mientras que yo tuve que sufrir 37 más para volverlo a ver campeón. Pero ser hincha del Santa Fe es mucho más que ganar. Incluido ese equipo campeón del 75, que no era propiamente una máquina de buen fútbol, la diferencia está en esa garra del león, que puede sonar a lugar común, pero es el gran sello del rojo.

Como siempre digo, medio en serio, medio en broma, ser hincha del Santa Fe forma carácter. Y bien formado nos los dejó durante esos 37 años de sufrimientos e ilusiones desvanecidas, donde los héroes fueron más los que mostraban esa garra y amor por la camiseta que los de fino jugar. Solo en Santa Fe un jugador como “La Cachaza” Hernández podía llegar a ser una estrella. Y así con muchos.

No lo acompañé los 37 años, debo también confesar. Y no por condescendencia con mi madre esta vez, sino por pura frustración con el fútbol colombiano y sus porquerías. Luego de la ilusión de aquel equipo de Pinto al final de los 80, que tenía todo para ser campeón –así, a lo Santa Fe, con un esquema táctico fascinante pero sin grandes estrellas ni un fútbol vistoso-- y que terminó con amaños evidentes y descarados, a más de jugadores cardenales que se vendieron por unos cuantos pesos, decidí que no volvería al estadio, y así fue por varios años.

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Pero luego llegaron los hijos y había que ayudar a formarles el carácter. Volví a asomarme, así la oscuridad siguiera. El primero no llegó a interesarse jamás. El segundo es un rojo apasionado, como tiene que ser. Ayudó, claro, Léider, con su alegría y sus goles, y con un estadio entero cantando su nombre, oh oh, oh, oh, oh. También, por supuesto, que llegara un jugador de otra clase, uno irrepetible, Ómar. Sé que nunca volveré a ver un jugador de ese nivel con la roja puesta en lo que me queda de vida.

¿Cambió el Santa Fe, entonces? Sí, un jugador de esa calidad puede hacer que un equipo cambie si es un buen líder. Llegaron los títulos y hemos tenido equipos exquisitos, como el de Wilson con su corazón o el primero de Costas o incluso el actual. Sin embargo, también en esos años, la garra del león siguió siendo un gran diferencial. Porque así también se ganó la Copa Suramericana, con un equipo que jugaba realmente feo, o la Suruga en Japón, con un gol fantástico de un jugador apenas del montón.

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A veces pienso que los hinchas de los títulos recientes pueden llegarse a creer el cuento de que Santa Fe es un equipo de elite, que debe estar lleno de figuras de renombre sin capacidad de sacrificio. A veces, de hecho, se comportan así, en el estadio, en las redes sociales, arrogantes como cualquier gallina vecina. Espero que esta celebración les sirva para entender que el Santa Fe no es lo que vivieron en este periodo extraordinario reciente sino que su esencia viene de esa garra labrada en estos 80 años. No se equivoquen. El equipo actual juega muy buen fútbol, pero si todos no entienden lo que es portar esa camiseta rojiblanca el título no llegará.

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