Secretos de la IV Vuelta

Con motivo de la Vuelta a Colombia, El Espectador reproduce desde el pasado domingo las 14 entregas de la historia del ciclista Ramón Hoyos Vallejo, escrita por Gabriel García Márquez en este diario.

EL CASO DE LOS 13. LOS CICLISTAS HABÍAN APRENDIDO A CORRER. LA CAMISETA DE LAS FUERZAS ARMADAS. TRISTEZA DE ANTIOQUIA. “HAY QUE CAZAR A HOYOS”. OTRA VEZ EN CUATRO RUEDAS.

Corrí la IV Vuelta a Colombia en representación de las fuerzas armadas. Como he dicho, en el aeródromo de Medellín fui reclutado y luego enviado a Cúcuta, donde al principio se me hicieron perder todas las esperanzas de ver una bicicleta mientras permaneciera en el ejército. Sin embargo, posteriormente se me trasladó a Bogotá y se anunció que participaría en la IV Vuelta, en representación de las fuerzas armadas. Sé que hubo mucha tristeza en Antioquia porque ese año ya no formaría parte de los equipos de mi departamento, y que esa tristeza fue más intensa cuando empecé a ganar etapas, y mi nuevo triunfo empezó a definirse.

Me sentía muy bien cuando se dio la largada, en las primeras horas del 12 de enero de 1954. Sin embargo, sabía que todos los participantes estaban tan bien entrenados que hice una declaración para la prensa: “Ganará la vuelta alguno de mis compañeros de equipo —dije—, o sea quienes estamos representando el ejército nacional. O en caso contrario, Efraín Forero se llevará este año un sonado triunfo”.
 

A paso de tortuga

Con esa idea corrí la primera etapa, en la que no representé ningún papel notable. Pero la ganó uno de mis compañeros de equipo, Benjamín Jiménez. A Tunja —meta de la primera etapa— llegué en tercer lugar. En cambio, en la segunda etapa —de Duitama a Málaga— logré correr bien, a pesar de que todavía no me sentía en forma, y por entre enormes nubes de polvo, que borraban la visión de la carretera. Por primera vez, la Vuelta a Colombia se corría por el oriente del país, y cada vez se tenían peores noticias sobre las condiciones de los caminos por donde teníamos que pasar. Yo me sentía pesimista, internándome por terrenos que no conocía, y en una competencia dura, que era como para poner a prueba a los mejores ciclistas. Esa noche, en el comedor del hotel Capitolio de Málaga, le dije al redactor deportivo de El Espectador, cuya camioneta me había acompañado a lo largo de toda la etapa:

— Gracias por la compañía en esta etapa tan dura. —Y respondiendo a una pregunta suya, le dije—: Todavía no estoy en forma. No es jactancia, sino que estoy seguro de que cada vez estaré mejor, porque las primeras etapas son un buen entrenamiento.
 

“Los que vamos a México”

Y era verdad, hasta ese momento, después de haber ganado la tremenda etapa Duitama-Málaga aún no me sentía en forma. Por otra parte, debo confesar que no estaba dispuesto a quemarme en esa vuelta, pues prefería hacer un mejor papel en México, adonde debía viajar próximamente. “Yo considero esta vuelta como un grande entrenamiento para ir a México”, le dije al redactor deportivo de El Espectador, en el hotel Capitolio de Málaga, tratando de curarme en salud por lo que pudiera suceder en los días siguientes.

Sin embargo, la cosa al día siguiente no fue muy dura, pues los organizadores de la vuelta empezaron a darse cuenta de que por el oriente la cosa era más brava y no querían maltratar a los corredores que viajarían a México. Se abreviaron, pues, muchos kilómetros en la etapa, viajando en camioneta desde Málaga a Chitagá. Desde cuando estaba corriendo en bicicleta, era aquella la primera etapa que corría en cuatro ruedas, y confieso que nada me pareció más ridículo que verme a mí mismo y a mis compañeros viajando en camionetas.
 

“Hay que cazar a Hoyos”

Entré victorioso a Cúcuta, a pesar de que se formó un equipo complejo, formado por gente de todas partes, para cazarme cuando iba en la punta, pedaleando bajo un terrible aguacero y a través de barro. Haciéndome la cacería iban Héctor Mesa, Efraín Forero, Justo Londoño, Óscar Salinas y Roberto Cano Ramírez. Perseguido de cerca, cuando pasé por Pamplona, creo que iba desarrollando una velocidad de 50 kilómetros por hora. Más tarde supe que los componentes de ese pelotón pincharon varias veces, se cayeron y golpearon, pero se incorporaron rápidamente, dispuestos a cazarme. Y antes de llegar a Cúcuta lo lograron, pero yo seguí halando fuerte, mientras ellos decidieron cuidarme mutuamente. Cuando entré a Cúcuta, en medio de formidables ovaciones, me sentía completamente agotado a causa del esfuerzo.
 

Otra vez en cuatro ruedas

Al día siguiente, volvió a ocurrir aquella cosa ridícula: la mayor parte del trayecto —Cúcuta a Pamplona— tuvimos que hacerla en camioneta, “para no cansar a los que van para México”, según se decía. Y allí paramos nosotros, cada uno en su camioneta, padeciendo la impresión de que nos habíamos visto obligados a retirarnos. Por fin se inició la etapa. Yo me sentí satisfecho de que hubieran dejado de tratarnos como señoritas y nos soltaran en nuestras bicicletas, a disputarnos la etapa con los pedales. A la subida del páramo de Santurbán, el polvo se nos metió otra vez por los ojos y las narices; fue trágico correr de esa manera, casi a ciegas y dando tumbos por el camino. Y a ese inconveniente vino a sumarse a la altura del páramo una densa neblina, que eliminó casi por completo la visibilidad. Pedaleando con mucha precaución, para no rodar a un abismo, fue preciso disminuir el tren y seguir corriendo a tientas, en la etapa más aburridora que he corrido en mi vida. Allí estuvo a punto de perder la vida Yezid Calderón, el buen ciclista de Palmira, que perdió el control y se vio arrojado a un abismo de cuarenta metros. A pesar de mi aburrimiento, entré a Bucaramanga, con una ventaja de cinco kilómetros, pero casi completamente desmoralizado. 

Otras razones

En Bucaramanga surgió otra razón para no perder el entusiasmo; el francés estaba enfermo, según se decía. No había desempeñado un papel notable en toda la vuelta, y se aseguraba que la próxima etapa —Bucaramanga-Socorro—, la iba a correr a pesar de su fiebre. En esa forma, y otra vez tragando polvo, no corrí con mucho entusiasmo en una etapa en la que mis compañeros Justo Londoño y Héctor Mesa resolvieron tragarse el camino, con polvo y todo. En el embalaje final, y sobre una recta de 20 kilómetros, se impuso Londoño por una rueda de ventaja. Yo seguía de puntero en la general, pero todavía sin ningún entusiasmo.

Tal como lo había pensado, me sentía mejor entrenado a medida que progresaba la competencia. Pero de nada me servía, pues la próxima etapa no fue para ciclistas. Fue para jóvenes escolares, en camionetas y ferrocarril. En efecto, la preocupación de los corredores de México continuaba en progreso. De manera que los antioqueños y los del ejército viajamos en avión, de Socorro a Medellín, y de allí en tren a Santiago, Antioquia. Hasta Puerto Olaya, atravesando toda la selva del Carare, viajaron los otros, cómoda y aburridoramente sentados en los vehículos acompañantes. Tuvimos así oportunidad de contemplar un paisaje extraordinario, la selva brava y densa, como una excursión del colegio, con comidas y descansos, ni más ni menos. Luego, atravesando el río en lanchas, tomando el ferrocarril de Antioquia, hasta la población de Santiago.
 

El caso de los 13

Fue entonces cuando se presentó el bullicioso conflicto encabezado por el francés: 13 ciclistas que viajaron por el Carare se negaban a continuar adelante, por las malas condiciones en que se encontraban sus bicicletas, a causa de los pésimos caminos que había sido preciso recorrer. “Quienes han tomado la determinación de retirarse son los que no tenían ningún chance de clasificar”, manifestó el coronel Arámbula, presidente de la Asociación Colombiana de Ciclismo. Y consideró necesario imponer sanciones.

“Lo que sucede —declaró el francés en esa ocasión, explicando su actitud— es que todos los ciclistas estamos juntos para defender nuestros derechos…”. Del Socorro fui el primero en salir a Barbosa. Allí nadie había dejado instrucciones para recibirnos y alojarnos. El secretario del alcalde se mostró sorprendido de nuestra visita… Tuvimos que contratar, otros corredores y yo, un carro para viajar por nuestra cuenta a Puerto Olaya: nos costó 140 pesos… Hemos viajado sin almorzar…

Llegamos a las cuatro de la tarde y a las ocho de la noche todavía no habíamos comido nada… Por fin logramos pasar en balsa a Puerto Berrío… Al día siguiente se nos presentó el señor Zuleta Bernal, de la Asociación de Ciclismo, y nos dijo a voz en cuello:

— ¿Se van o no se van?

Contestamos que íbamos a desayunar. Y se nos respondió que el tren salía dentro de cinco minutos. Total que cuando llegamos a Santiago faltaban veinte minutos para la partida de los ciclistas, y estábamos sin almorzar… Pero el señor Zuleta Bernal dijo que sólo importaba la salud de los que viajaban a México.

Después de semejante altercado, la IV Vuelta siguió adelante. Pero creo que ya nadie tenía muchas ganas de correr.

 

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