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Hay una diferencia profunda entre admirar a un héroe y depender de él. Las sociedades maduras construyen héroes para inspirar el futuro. Las sociedades inmaduras construyen héroes para refugiarse del presente.
Esa diferencia, aparentemente sutil, explica buena parte de nuestra relación con James Rodríguez y, quizás, dice mucho más sobre Colombia que sobre el propio James.
Cada vez que el debate sobre su actualidad futbolística resurge, ocurre un fenómeno predecible. Reaparecen los videos de Brasil 2014, las entrevistas de antiguos entrenadores, las declaraciones de figuras internacionales, los recuerdos de sus mejores goles, los homenajes audiovisuales y las historias que nos recuerdan quién fue. La conversación deja de ser sobre el presente y regresa, casi de manera automática, al pasado.
No es casualidad. Toda cultura necesita mitos. Joseph Campbell sostenía que los héroes cumplen una función civilizadora porque representan aquello que una comunidad aspira a ser. Mircea Eliade explicaba que los pueblos regresan permanentemente a sus mitos fundacionales para reafirmar su identidad. René Girard advertía que las comunidades construyen figuras casi sagradas alrededor de las cuales organizan buena parte de sus emociones colectivas.
James Rodríguez terminó convirtiéndose en eso. Dejó de ser simplemente un futbolista; se convirtió en un símbolo. Y los símbolos rara vez se juzgan con los mismos criterios que a los seres humanos.
Nadie discute lo que James significó para Colombia. Fue el goleador del Mundial de 2014, fue elegido entre los mejores jugadores del torneo y llegó al Real Madrid portando el número 10, cuando muy pocos imaginaban que un colombiano pudiera ocupar ese lugar en el fútbol mundial.
Durante varios años fue el rostro internacional del deporte colombiano. Eso pertenece para siempre a la historia. Pero la historia no juega partidos. Existe una idea profundamente arraigada en la cultura occidental: el pasado otorga legitimidad permanente. El deporte nació precisamente para combatir esa idea. En el deporte no existe la herencia; existe el rendimiento.
Cada entrenamiento vuelve a poner el marcador en cero. Cada temporada obliga a demostrar nuevamente quién merece competir. La camiseta nunca debería pertenecer al pasado; debería pertenecer siempre al mejor presente. Y es allí donde comienza la incomodidad. Porque el debate nunca debió ser si James era un gran futbolista. Lo fue. La pregunta correcta era otra.
¿Correspondía que una selección nacional construyera buena parte de su liderazgo deportivo alrededor de un jugador que llegaba con escasa continuidad en el fútbol de élite y cuya carrera transitaba su etapa final?
La pregunta es incómoda porque nos obliga a separar dos conceptos que en Colombia solemos confundir: gratitud y mérito. Agradecer no significa perpetuar. Reconocer no significa conservar. Honrar una trayectoria no obliga a convertirla en criterio de selección permanente. Sin embargo, culturalmente nos cuesta hacerlo.
Pierre Bourdieu explicaba que toda sociedad acumula diferentes formas de capital. Existen el capital económico, el cultural, el social y el simbólico. El capital simbólico posee una característica extraordinaria: puede sobrevivir incluso cuando desaparecen las condiciones que originalmente lo produjeron.
Eso ocurre con los héroes nacionales. Su prestigio continúa creciendo aun cuando su capacidad para transformar la realidad ya no sea la misma. El problema aparece cuando las instituciones dejan de tomar decisiones racionales y comienzan a administrar ese capital simbólico.
No ocurre únicamente en el fútbol. Sucede en la política cuando los partidos dependen de un caudillo. Sucede en las empresas familiares cuando el fundador se vuelve irremplazable. Sucede en las universidades cuando un profesor permanece décadas más por prestigio que por actualidad académica. Y sucede en el deporte cuando la camiseta comienza a responder más a la historia que al presente.
No es un problema de James. Es un problema institucional. Pero también es un problema cultural. Los colombianos sentimos una profunda dificultad para despedir a nuestros referentes. Preferimos extender sus últimos capítulos antes que escribir los primeros de quienes vienen detrás.
Vivimos aferrados a la ilusión de que el héroe todavía puede salvarnos una vez más. Mientras tanto, las grandes potencias deportivas operan bajo otra lógica. España dejó partir a Xavi, Iniesta y Busquets. Alemania hizo lo propio con Lahm, Schweinsteiger y Klose. Francia entendió que después de Zidane debía construir otro relato. Brasil sobrevivió al retiro de Pelé, de Ronaldo, de Ronaldinho y de Kaká.
Ninguna de esas decisiones disminuyó la grandeza de sus ídolos. Por el contrario, la consolidó. Porque el verdadero legado de un héroe no consiste en impedir que aparezca su sucesor. Consiste en inspirarlo.
Aquí aparece otra característica muy colombiana. Celebramos con enorme facilidad el “casi”. Nos emociona la derrota digna. Convertimos los subcampeonatos en epopeyas nacionales. Hablamos del esfuerzo con más frecuencia que de la excelencia. Es una actitud comprensible en un país que durante décadas encontró en el deporte una forma de resistencia y esperanza.
Pero esa narrativa también tiene un costo. Cuando el esfuerzo comienza a reemplazar al resultado, la exigencia se reduce. Cuando el pasado pesa más que el presente, la competencia pierde sentido. Cuando la nostalgia ocupa el lugar del rendimiento, la meritocracia deja de ser el principio rector.
Quizá por eso resulte pertinente abrir otra conversación. ¿Qué estamos enseñando a nuestros niños cuando el deporte elimina casi por completo la diferencia entre ganar y participar?
El propósito nunca debe ser humillar al que pierde. Pero tampoco puede diluir el significado del mérito. El deporte constituye una de las pocas instituciones humanas en las que la realidad termina imponiéndose sobre el discurso.
La voluntad importa. La disciplina importa. El sacrificio importa. Pero, finalmente, el rendimiento también importa. Y ese principio debería acompañarnos mucho más allá de una cancha: en las empresas, en las universidades, en el Estado, en la política y en cualquier organización que aspire a la excelencia.
Por eso esta columna no pretende juzgar a James Rodríguez. Sería injusto. Su legado ya está escrito y pertenece a la memoria deportiva del país. Lo que merece discusión no es su pasado. Es nuestra relación con él.
Quizás el problema nunca fue James. Quizás el problema ha sido nuestra dificultad para comprender que el mayor homenaje que puede recibir un héroe consiste en permitir que alguien llegue a ser mejor.
Las naciones que progresan no viven del recuerdo de sus grandes hombres. Construyen instituciones capaces de producir nuevos grandes hombres. Ese debería ser el verdadero objetivo del fútbol colombiano. Y, tal vez, también el de Colombia.
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