El rey de París

El español, quien se mantuvo como número uno, venció a Djokovic por 3-6, 7-5, 6-2, 6-4.

El español Rafael Nadal celebra el triunfo en París. / EFE

Es un mito en la tierra. De este material están hechas las leyendas. Cuando Rafael Nadal celebró 3-6, 7-5, 6-2 y 6-4 su noveno Roland Garros, superando al temible Novak Djokovic y a una y mil barreras hechas de dolor, penalidades y sufrimiento: dolido en la espalda y con una rodilla dándole sustos en el set decisivo, el español fue capaz de igualar con Pete Sampras como segundo tenista con más títulos de la máxima categoría (14, por los 17 de Roger Federer).

El título permitió al mallorquín continuar como número uno. El trofeo, además, le corona como el epítome de los mejores valores del deporte. Su reino de tierra, finalmente, le catapulta a los 28 años como el único tenista que ha sido capaz de ganar trofeos del Grand Slam 10 años seguidos. Todo, apretando los dientes y dejando el alma sobre la pista: Djokovic llegó a remontar un break de desventaja en el parcial decisivo.

“Lo siento mucho, Novak, eres el mayor reto de mi carrera”, acertó a decir el ganador aún sobre la pista. “Esto es muy importante para mí, muchas gracias a todos”, cerró. “Felicidades, Rafa. Es increíble que hayas ganado este torneo por novena vez”, le contestó el derrotado, que no pudo completar el Grand Slam. “Usé toda mi fuerza, mi capacidad, pero Rafa fue mejor”.

De arranque, no fue un encuentro a la altura de los dos mejores jugadores del mundo. La tensión ahogaba a los dos rivales. Nadal se desangraba por el revés. Djokovic tiraba corto. Había tanto en juego como para que los dos contrarios compitieran encadenados con grilletes. El español y el serbio hicieron todo para sacudirse el manto del estrés competitivo. Nadal se atrevió a visitar la red al principio para sorprender al serbio. Nole le dedica algunas dejadas antológicas para romperle el ritmo y probarle las piernas. Se compitió con el cuchillo agarrado por dientes temblorosos, la cabeza llena de fantasmas y las manos agarrotadas. Fue un día para fuertes. El título esperaba a quien tuviera una convicción de granito. En París, el trofeo no se gana con el talento, se vence desde las tripas.

Nadal intentaba construir una fortaleza sobre un malecón que le permitiera resistir las acometidas del océano de Djokovic, una ola tras otra de ataques contra su muro. Ocurrió que cuando al español le tocaba dar un paso adelante, en el 3-4 de la primera manga, se le mojó la pólvora, acumuló un error tras otro queriendo ir demasiado rápido y se quedó patidifuso: el set se esfumó pese a que gozó de dos bolas de break para recuperar la rotura. Si hay una fotografía de la presión en una cancha, es la de esos tiros del mallorquín buscando la línea sin encontrarla. Si hay una imagen que refleje que los gigantes también pueden tener pies de barro, esa es la de Djokovic sin poder esprintar como acostumbra una vez logró la ventaja: en lugar de devorar el duelo cuando recuperó un break de desventaja en el segundo parcial (de 2-4 a 4-4), el número dos mundial cometió el mismo error que su rival antes y de querer ir tan rápido, entregó el set.

La final estaba empatada. Es la hora de los corazones. El momento de las agallas. Terreno Nadal. Con la cabeza de Djokovic llena de demonios, el español le propina un 5-0 (de 3-6 y 5-5 a 3-6, 7-5 y 3-0) en el que el campeón de seis grandes no dice ni mú, noqueado todavía por la forma horripilante en la que perdió el segundo set. Es este un Djokovic desconocido. Juega corto. No encuentra nunca el primer servicio. Apenas tiene filo para atacar el segundo de Nadal. Solo le mantienen sus chispazos de genio y los errores del contrario, que también sufre, que también pena, que también es humano y siente sobre los hombros el peso de todo lo que se juega.

Y así casi vuelve el serbio a la final, espoleado por los miedos del español. Como es tradicional en su carrera, el campeón de 13 grandes sufrió cuando sirvió en el lado de la tribuna presidencial, donde el viento en contra le quita un poco de velocidad a un saque que de por sí ya es justito. Como en la semifinal de 2013, los dos tenistas se buscaron las cosquillas en ese lado de la pista. Con 3-6, 7-5 y 3-1, Djokovic se abrió la puerta para volver al partido. Es bola de break para Nole. Es Nadal dudando. Dos manotazos del español cerraron la opción de un portazo. El número dos gritó entonces de todo menos “guapo”. Pronto llegaron los abucheos de la grada, que castiga al aspirante por tirar la raqueta contra el suelo. Ocurrió en el que luego se demuestra como punto de inflexión del duelo: de ninguna parte (4-2 y 40-15), Djokovic se procuró una bola de break y se lanzó al abordaje redivivo. Cuando Nadal se apuntó el juego, el serbio se quedó mirando a su banquillo, con los ojos perdidos y la mandíbula desencajada. Meditabundo. Lleno de preguntas, y sin respuestas. De duda en duda, hasta tal punto que cedió inmediatamente su saque y con él la tercera manga y su fe en la victoria.

Fueron los primeros síntomas de cuánto pesa el ansia de gloria, de cómo duelen las garras de la victoria prometida que no llega. El sol castigó a los tenistas, que se rodearon los cuellos con toallas repletas de hielo. “¡Rafa! ¡Rafa!”, bramó la grada, que acuna como nunca al campeón, que a su vez enseñó los colmillos. Los termómetros superaban los 25 grados. Nadal recibió el calor como al mejor amigo. Djokovic oteó el panorama y maldijo, porque la bola picaba muy alta.

Las circunstancias agigantaban la leyenda del español, el hombre que solo se ha inclinado una vez en esa pista. El paso de los minutos empequeñeció a Nole, que vio que el triunfo exigía una maratón contra el mejor maratoniano y que de nuevo, como en la final de 2012, cedió con doble falta. Nadal coronó su peor gira de arcilla con el título más importante. A los 28 años, y tras disputar la final de los dos primeros grandes del año, demuestra que su raqueta es pasado, presente y sobre todo futuro: su destino es la leyenda.

 

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