Publicidad

Novak Djokovic, campeón del Masters 1000 de Montecarlo

El serbio acabó con la supremacía de Rafael Nadal en este torneo.

Juan José Mateo / El País
21 de abril de 2013 - 10:00 a. m.
Novak Djokovic, campeón del Masters 1000 de Montecarlo

No es un grito, es un aullido. Novak Djokovic destrona 6-2 y 7-6 a Rafael Nadal en la final del Masters 1000 de Montecarlo. En el tenis del siglo XXI, eso es como un terremoto: el español había ganado ocho veces seguidas el primer gran torneo de la gira europea de tierra y eso había lanzado un curso tras otro sus campañas imperiales por los torneos de arcilla.

Apabullado durante la primera manga (Nole tiene 5-0 y cinco pelotas para 6-0 en 25 minutos), Nadal lleva el duelo al cuerpo a cuerpo en la segunda (4-3 y saque; 6-5 y saque), pero nunca termina de contener al serbio. Nole pega, grita y ruge. Castiga el saque de Nadal, que sólo suma el 31% de los puntos lanzados con su segundo servicio. Finalmente, llega ese grito gutural, la celebración de un título que vale doble. Desde ayer, el número uno mundial sabe que puede luchar de tú a tú en arcilla con el heptacampeón de Roland Garros, el único grande que le falta a él, el que más desea.

Djokovic, que empezó el torneo con problemas en un tobillo, asalta el partido con fiereza. En ese inicio, a Nadal, orgulloso en la defensa de su torneo fetiche (llega a levantar siete bolas de set en la primera manga; se adelanta por dos veces en la segunda), le falta fuerza en las piernas para resistir sus brutales acometidas. Nole, intensísimo, nunca le da respiro, siempre le exige, siempre le pregunta, siempre le plantea dudas. El mallorquín acaba ahogado por la agresividad de Djokovic, que le obliga a una miríada de errores no forzados (43) con un tiro como no hay otro: un revés a dos manos capaz de domar la derecha alta del español, dejándole sin recursos con los que dominar los intercambios. Ese tiro y el cruce entre el magnífico resto del serbio y el saque sin filo del español son los que deciden el duelo.

A Nadal, que juega con una cinta recorriéndole la espalda y otra protegiéndole la rodilla izquierda, le sobran problemas. El número uno juega a la altura de su trono. Propone un partido total, competido a lo ancho y a lo largo, sobre la línea de fondo y cerca de la red, apurando todas las opciones de su repertorio. El español, además, protagoniza errores que no sólo tienen que ver con las maravillas de su contrario: le falta un punto de consistencia que quizás le dé la competición continuada.

Este es un tenista que ha hecho un calendario arriesgado para proteger su rodilla izquierda. Tras siete meses lesionado, compitió poco más de uno a partir de febrero (balance: tres títulos y una final) y volvió a parar otro (se saltó Miami) en el que no se entrenó todo lo que habría querido porque se trató la articulación y eso le dolió más de lo previsto. Sin los pulmones al ciento por ciento, el mallorquín llega hasta la final amparado en su leyenda. Le falta chispa ante Dimitrov en cuartos y ante Tsonga en semifinales. Sin la fuerza de siempre en las piernas, le cuesta más de lo normal rodear la pelota para tirar con su derecha, sufre donde normalmente gobierna (las dejadas) y no puede imponer el alto ritmo de crucero con el que suele ahogar a sus contrarios para conseguir sus victorias. Ante Djokovic intenta levantar un muro. El serbio, brillante, decidido e imperial, pronto lo llena de grietas.

Un juego resume su gobierno. Nadal saca 2-6 y 6-5 para llevarse el partido a la tercera manga. Es su momento. Olfatea la remontada. Siente que él crece y su contrario mengua, que la fuerza de su corazón, el fuego de su derecha y el deseo de su cabeza pueden doblegar la raqueta y el talento del serbio. En cuatro chispazos, Nole le rompe el servicio, porque el segundo saque de su contrario es una bicoca para su resto. El partido está en el tie-break. Ahí, un puñado de puntos frenan la racha de Nadal (46 victorias seguidas en Montecarlo; sigue celebrando su vuelta al circuito: tres títulos y dos finales en cinco torneos) y deciden al campeón: Djokovic, que hace mucho más que destronar a Nadal, que logra mucho más que un título que impide al español lograr el récord de los nueve entorchados consecutivos. Con su victoria, Nole grita una cosa alta y clara: “Roland Garros ya puede ser mio”.

Por Juan José Mateo / El País

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscribete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.
Aceptar