Un día en Roland Garros

El abierto de tenis de Francia, inspirado en un piloto de la Segunda Guerra Mundial, es uno de los cuatro grandes del tenis y el más importante sobre polvo de ladrillo. Algo de su magia.

Roland Garros no queda en París. No un pedazo, al menos. No el bulevar d’Auteuil, que pertenece a París, pero también a Boulogne-Billancourt, un suburbio burgués al oeste de la capital francesa. Viniendo desde París o viniendo desde Boulogne, hay que caminar por el bulevar para llegar a Roland Garros. Si es Boulogne, es el norte de su burguesía; si París, el distrito XVI, a la ribera derecha del Sena, cerca del Periférico y del Parque de los Príncipes, cuando han quedado atrás los puentes históricos y los turistas japoneses, y el bosque de Boulogne impone su verde.

Luego, la arcilla. 

Entrar a Roland Garros y sentir la primavera mentirosa, aunque el empeño sea el mismo, a pesar de cualquier tiempo: todos los años, entre la última semana de mayo y la primera de junio, celebrar el segundo Grand Slam de la temporada y ser el foco del tenis mundial durante esos días, la plenitud de los meses de tierra batida. 

Oficialmente, el Abierto de Francia, o los Internacionales de Francia (“Les Internationaux de France”, en francés). Para todos los efectos, Roland Garros: el piloto francés que murió en la Segunda Guerra Mundial y al que se le rindió homenaje bautizando con su nombre el estadio que crearía la leyenda de los “Cuatro mosqueteros”, el equipo francés de tenis que ganó seis veces consecutivas la Copa Davis (1927-1932). Para esas finales, el estadio fue construido. Era apenas una pista central, que luego iría ampliándose hasta lo que es hoy: el complejo de 20 canchas, entre las 3 centrales y las 17 anexas, que acoge la emoción de la tierra batida.

La historia está escrita (en francés y en inglés) en uno de los pasillos de la pista Philippe Chatrier, el epicentro de Roland Garros. Si debe su nombre a un antiguo presidente de la Federación Francesa de Tenis, la cancha lleva su personalidad: es el escenario élite, adonde van quienes pueden pagarse el privilegio de la central; es el Roland Garros más burgués, más clasista, menos flexible. El espíritu de su contraparte, la bella pista Suzanne Lenglen, es otro. Allí hay jovialidad, improvisación, gritos. Los franceses celebran los errores del español Tommy Robredo, que, sin embargo, vence a Gael Monfils. Los franceses intentan ser españoles: alguien tararea los primeros compases de un pasodoble y la multitud responde, y dice ole. Y hay olas, olas que van y vienen en Suzanne Lenglen, olas de manos que escapan al frío y que ven que Robredo se deja caer al suelo cuando vence a Monfils, tras cinco mangas y la tarde que de a poco se va.

No hay primavera, es cierto: aun con los árboles florecidos, París apenas escapa al invierno. Pero Roland Garros es la primavera, o su esperanza, o su ilusión. Un francés, Michel Legrand, escribió una canción que es un mandato: “You must believe in spring”.
Hay que creer en la primavera, en Roland Garros hay que creer en la primavera.
*
Mariana Duque acaba de perder frente a la francesa Marion Bartoli. Fue en la pista central, al filo del mediodía. Visto de afuera, Chatrier es la alta sociedad: desde el perfil de una tenista, una ocasión para el recuerdo, o casi. En una de las pequeñas salas del centro de prensa, la bogotana reflexiona sobre lo que significa pisar esa arcilla.
“Para cualquiera —dice— jugar en ese estadio es un sueño. El ambiente es muy particular, la gente está muy metida, son sensaciones muy especiales”.

Las sensaciones son más fuertes cuando se trata de enfrentar a un local: el público francés va a muerte con sus tenistas, sin distinguir demasiado si se trata de Jo Wilfred Tsonga o de Michael Llodra, de Benoit Paire o de Richard Gasquet. Ese público también grita “Martin, Martin”, cuando se trata de apoyar al eslovaco Martin Klizan, que intenta oponer resistencia ante el español Rafael Nadal.

Pero ese público es muchos públicos, muchas nacionalidades, muchos idiomas. Y es otro distinto, irritable, cuando la lluvia azota, como sucedió en varios días de la primera semana de competencia. En Chatrier, justo al lado de las seis pantallas que llevan la acción de la jornada, un turista venezolano se queja del mal tiempo.
“Imagine las expectativas, que queríamos ver a Djokovic, a Sharapova, y ya son las tres y cuarto de la tarde y hemos visto un solo partido. Es frustrante, porque escogimos el día de hoy, y las entradas no las recuperas”, dice.

Una entrada a las pistas principales va desde los 26 euros; a las pistas anexas, desde los 20. Un sándwich de jamón, casi 4. Un jugo de naranja, 4.24.

¿Qué hacer si llueve? 

El mercadeo de Roland Garros no cede. Desde lápices hasta toallas, la mercadotecnia del torneo ofrece todo para quien quiera llevarse un recuerdo. Pero el precio es el glamour: un reloj, un reloj de Roland Garros puede ir a 60; un pocillo, a los 15; un lapicero, a los 6.
Sin embargo, hay que caminar por las avenidas internas del complejo, tomar un café en la Plaza de los Mosqueteros, justo entre Chatrier y la pista 1; hay que ir a lo alto de la Suzanne Lenglen y ver, a lo lejos, la Torre Eiffel; hay que perderse entre los senderos y entrar al museo de la Federación Francesa de Tenis; si apenas se tiene una entrada a canchas anexas, hay que esperar afuera de las pistas principales, contar con suerte y que un generoso le regale a uno la entrada que ya no va a utilizar, y así ver a Federer o a Djokovik; hay que estar a la salida de alguna de esas pistas y tal vez así poder robarle un autógrafo a Nadal.

Chopin escribió en una carta que París responde a todos los deseos del corazón. París, o Boulogne, o Roland Garros. O una sonrisa, o la poesía de la arcilla, de esta arcilla que anuncia la alegría del verano.

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