Todo por veinte centavos

Con motivo del inicio ayer de la Vuelta a Colombia, El Espectador reproduce desde la edición del domingo las 14 entregas de la historia de Ramón Hoyos Vallejo, escrita por Gabriel García Márquez en este diario.

NUNCA ME INTERESÓ LA BICICLETA. EMPACANDO HELADOS. IDA Y VUELTA A BUENOS AIRES. “EL POBRE MENSAJERO DE ENFRENTE”. PARA GANAR 36 PESOS APRENDÍ A MONTAR EN BICICLETA. 120 TROFEOS HASTA AHORA. NADIE CONOCE MEJOR A MEDELLÍN.

Transcurrieron algunos meses antes de que pensara en subirme en una de las bicicletas que alquilaba Juan de la Cruz. Recuerdo haber visto varias veces, con mucha curiosidad, hombres que pasaban en bicicletas por las calles de Marinilla. Pero ya no me llamaban la atención. Creo que me parecía imposible que se pudiera conservar el equilibrio y al mismo tiempo dar vueltas a los pedales y controlar la dirección con las manos. De manera que nunca hice proyectos relacionados con las bicicletas, y seguí asistiendo a la escuela, entendiendo la aritmética y aprendiendo cada vez menos la ortografía, y buscando la manera de viajar a Medellín, para trabajar en la heladería. Eran simples deseos de estar con mis hermanos, de ganar tanto dinero y de ser tan independiente como ellos, y no por la tentación de los helados, porque entonces no me gustaban y ahora tampoco me gustan los helados.

Por primera vez

Fue para mí tan insignificante la tentativa de subirme a una bicicleta, que no es ese uno de mis recuerdos más claros. Por pura curiosidad —cuando ya casi todos mis compañeros eran ciclistas hábiles— decidí hacer la prueba, porque me sobraban diez centavos para invertirlos en un cuarto de hora de experimentación. Nada se perdía, pensaba. Y en efecto no se perdió nada. Ni se ganó nada. Juan de la Cruz me alquiló una bicicleta de mujer —sin barra— pintada de negro y muy pequeña. Uno de mis compañeros la sostenía por el galápago, me impulsaba, y yo salía disparado, haciendo cabriolas, hasta cuando encontraba alguna cosa en que apoyarme. Varias veces repetí la tentativa con iguales resultados. Hoy me doy cuenta de que sólo puedo hacer bien una cosa cuando tengo verdadero interés en hacerla, y no tenía mucho interés de montar en bicicleta, ni la idea de hacerlo bien me proporcionaba alguna emoción. Lo que quería era irme para Medellín, a trabajar en la heladería San Ignacio. Y lo hice a los once años, en un bus, cuando todavía no sabía sostenerme sobre dos ruedas. No me fugué de la casa. Me fui con permiso, ropa limpia y dinero para el pasaje. Eso fue en las vacaciones de 1943.

“El pobre repartidor”

Desde cuando estoy participando en competencias ciclísticas —hace cuatro años— he recorrido aproximadamente 9.000 kilómetros oficiales en 450 horas. Es como haber hecho un viaje de ida y vuelta a Buenos Aires. He perdido la cuenta de las veces que he alcanzado una meta. Pero puedo sentir que ninguna meta me ha proporcionado la emoción que sentí el 2 de diciembre de 1943, cuando llegué con mi bolsa de papel y mis alpargates nuevos a Medellín, a donde trabajaban mis hermanos.

El propietario, don Pedro Nel Restrepo, me recibió como empacador, con menos de un peso diario. Aquello no alcanzaba para nada. Pero yo estaba satisfecho, porque nada me hacía falta. Era completamente feliz, empacando helados todo el día, y alegrándome de no ser el repartidor del granero Más por Menos —en la acera de enfrente—. El repartidor era un muchacho que desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde salía disparado en su bicicleta con la canasta llena de víveres para repartirlos a domicilio. A través del escaparate de la heladería, yo veía el mensajero de la tienda de víveres, entrando y saliendo con su bicicleta. Y sentía compasión por su suerte.

Una arroba de gloria

Desde hace varios años vivo en la casa número 8-58, del barrio Alejandro Echavarría, en Medellín. Es una casa pequeña con tres alcobas, comedor y cocina. Una de esas alcobas la habito yo solo, y tengo allí un tocadiscos tan grande como un ropero en el que me gusta poner tangos, especialmente. Es imposible colgar más cosas en las paredes, porque ya están materialmente ocupadas con menciones honoríficas, gallardetes, fotografías, recuerdos de los países que he visitado. Y entre ellos, un grande y precioso sombrero mexicano, bordado a mano, recuerdo de mi participación en el Circuito Ciudad Universitaria de México. Allí tengo, además, una Virgen del Carmen, de setenta centímetros de altura, que me dieron como premio por mi actuación en la última Vuelta a Colombia.

¡Así era yo!

A pesar de que yo ocupo dos de las tres alcobas de mi casa, no caben en ella todas mis cosas. Yo mismo no me explico cómo pueden vivir trece personas en el resto del edificio. Esto me da una idea de la forma en que se me ha complicado la vida. Hace dos años vivía cómodamente en un rincón de la heladería. Allí dormía, comía y guardaba todas mis cosas. Y allí seguí viviendo, hasta cuando una forunculosis me hizo regresar, un año y medio después, a mi casa de Marinilla, y a la escuela. Estaba tan acabado, que el maestro Miguel Rivera me reprendió “por la vida que te has dado en Medellín”. Y mi compañero José Vitricio Gómez, por cualquier incidente sin importancia, me dio una carga de pescozones que me puso verde. Así de débil era hace apenas once años.

Atascado

Durante mucho tiempo, mi deseo de andar siempre aprisa no encontró ninguna salida. Estaba atascado. Había regresado otra vez a Medellín, en 1945, y seguía empacando helados, con el mismo sueldo de antes, a pesar de que ya tenía trece años y me gustaba ir al cine y estaba empezando a fumar. Hace poco hice una declaración a un periodista: “Todos los ciclistas somos unos burros”. Es una exageración, pero hay algo de verdad: ahora pienso que mi vida sería algo completamente distinto si en vez de haberme empleado en la heladería hubiera seguido estudiando. Habría sido fácil, porque mi familia se trasladó ese año a Medellín, a una casa del humilde y tortuoso barrio Nacional, donde viví hasta después de que gané la III Vuelta a Colombia. Pero el caso es que si hubiera seguido estudiando, ahora no sería lo que soy, y a nadie la interesaría que le contara mi vida.

Mi primera carrera

En realidad, mi primer triunfo sobre un ciclista lo obtuve sin necesidad de perseguirlo en una bicicleta. El ciclista era el repartidor del granero Más por Menos que durante muchos años compadecí desde mi puesto de empacador de helados, y que más tarde empecé a admirar, no porque fuera tan hábil en la bicicleta, sino porque supe que se ganaba un peso con veinte centavos todos los días. Así como ahora me propongo ganarme un torneo y comprometo todas mis fuerzas en la empresa, así me impuse a los catorce años la tarea de conseguir el puesto de repartidor de la tienda de víveres.

Era una competencia y necesitaba entrenamiento: reduje mis gastos, y todas las tardes, cuando terminaba mi trabajo en la heladería, me iba a practicar ciclismo en una bicicleta alquilada. Pagaba cuarenta centavos por una hora, a una agencia sin nombre que en esa época funcionaba en la calle Juan del Corral. Progresé rápidamente. Yo mismo me asombraba de poder soltar los manubrios y hacer, a los pocos meses de entrenamiento, toda clase de filigranas. Necesitaba ganarme 36 pesos mensuales. Y estaba dispuesto a ganármelos aunque fuera sobre una bicicleta.

Mi primer triunfo

Conozco toda, absolutamente toda la nomenclatura de Medellín, a pesar de que las direcciones son arbitrarias y complicadas. Y no la conozco porque fui mensajero, sino porque antes de sentirme preparado para el nuevo empleo, me entrené también en el aprendizaje de las direcciones. Eso también formaba parte del entrenamiento.

Cuando me sentí capacitado para llevar una canasta de víveres en pocos minutos a cualquier lugar de la ciudad, renuncié a la heladería y ofrecí mis servicios al propietario del granero Más por Menos. Me dijeron que volviera en la tarde. Fui en la tarde, y entonces me dijeron que estaba admitido. Empezaría a trabajar el día siguiente, a las ocho de la mañana, con treinta y seis pesos mensuales. No dormí bien esa noche a causa de la emoción, pensando que en adelante podría ir al cine con más frecuencia y fumarme un paquete de cigarrillos cada tres días.

Mi primer premio

A las ocho en punto estaba en el granero. Me hicieron entrega de la bicicleta: un armatoste viejo y pesado, con una canasta para los víveres. Me suministraron algunas instrucciones muy precisas y luego una dirección, que localicé mentalmente al instante. Por último me soltaron en mi bicicleta, con la canasta llena de plátanos, fideos y toda clase de víveres. No había problema: era tan fácil mantener el equilibrio en una bicicleta cargada de cosas de comer como en una bicicleta vacía. La calle donde se encuentra situado el granero —que todavía existe— es una calle ciega: sólo tiene dos esquinas. Una es el granero. La otra es la heladería.

Para hacer mi primer mandado debía dirigirme hacia el sur, por las vías arterias de mayor tránsito. Orienté mi rumbo en ese sentido, por la estrecha calle empedrada, y me lancé satisfecho y optimista, a la conquista de mis treinta y seis pesos mensuales.

Y mi primer accidente

Sin embargo, un detalle había olvidado en mi entrenamiento: las reglas del tránsito. En esa época había semáforos en Medellín. En la primera esquina, a la que desemboqué por vía contraria, el semáforo estaba en rojo. Yo seguí derecho, todavía en vía contraria: empezaba a embalar.

De lo único que me di cuenta fue del tremendo golpe en la frente y en la rodilla izquierda. Cuando recobré el conocimiento, todavía entorpecido por el golpe, la bicicleta estaba maltratada y los víveres dispersos, en el pavimento. Sólo más tarde supe lo que había ocurrido: un camión me había hecho volar patas arriba, con bicicleta y todo. Cuando regresé al granero, cojeando y con los víveres arrastrando, mi nuevo jefe, muy condescendiente, muy paternal, me dijo:

—Hijo mío, si quieres ser buen repartidor, aprende a montar en bicicleta.

Nota del redactor

Perfume para limpiar trofeos

Ramón Hoyos no hizo más estudios que los relatados en las primeras dos crónicas: dos años —que fueron uno— en Chorro Hondo, y dos años en Marinilla. “Mi mayor preocupación es ahora la ortografía”, dijo en la primera entrevista. Y en la segunda —porque alguien le dijo que el redactor había escrito una novela— preguntó intrigado:
—¿Cómo hizo usted para aprender la ortografía?
Honestamente, el redactor le respondió:
—Eso no se aprende nunca. Mis errores los corrige el linotipista.
Sin embargo, el campeón no quedó satisfecho con esa respuesta. Quiere tener buena ortografía —y no la tiene tan mala como él mismo cree—, pero no se decide a estudiarla, en parte porque ahora no le alcanza el tiempo, y también en parte porque está un poco desconcertado y no sabe por dónde empezar. “Un campeón de ciclismo deben tener buena ortografía”, y eso le inquieta. Pero no se decide a empezar. La carta autógrafa que dirigió al italiano Fausto Coppi y que publicó El Espectador tenía una ortografía intachable: la vigiló su entrenador argentino, Julio Arrastía.

Cuento de loras

A pesar de su tardía preocupación por el estudio, es evidente que Ramón Hoyos no llegó a las letras mayores porque no tuvo interés. Desde la niñez se manifestaron sus dos características dominantes: su independencia y su férreo sentido de la propiedad. Esas características son el núcleo de su vida. La casa donde ahora vive con otras trece personas que el campeón protege, tiene adentro muy pocas cosas que no sean de su propiedad. Ramón es dueño de todo, hasta de la autoridad en la casa, a pesar de que vive en ella uno de sus hermanos mayores, y vivió también su padre, hasta cuando se casó en segundas nupcias. Su presencia está en todos, absolutamente en todos los rincones de la casa. Hasta en la lora que trajo del Brasil, que canta canciones en portugués y que desde su estaca del patio sólo sabe decir una palabra en español:
—¡Ramón!

El único

Los deseos de Hoyos se cumplen en su casa como si fueran órdenes. Y él los expresa con severidad, pero nunca con violencia. Un miembro de la familia explica su conformidad: “Es el único campeón que tenemos en la casa”. Y le siguen la corriente en su propósito de que nadie toque las cosas que le pertenecen. Con respecto al enorme tocadiscos de su dormitorio, Hoyos tiene razón para no permitir que nadie lo haga funcionar: por descuido suyo, cuando regresó a casa el día de descanso de la V Vuelta a Colombia, el valioso artefacto estaba dañado.
Él mismo es excesiva, casi enfermizamente cuidadoso con sus propiedades. Una Virgen del Carmen, de 60 centímetros de altura, que recibió entre los numerosos regalos por su último triunfo, está expuesta en un rincón de su dormitorio, pero todavía envuelta en papel celofán.
El colmo de sus cuidados se manifiesta en sus 120 trofeos, metódicamente dispuestos en una enorme vitrina de complicada cerradura, o sobre los muebles de su dormitorio. En este último sitio están los trofeos predilectos, y por consiguiente los que ganó en Puerto Rico, que según dice, “son los mejores de todos”. El jueves de la semana pasada, el redactor entró en la habitación de Hoyos y percibió un intenso color a perfume. Sin camisa, el campeón limpiaba sus trofeos, cosa que hace una vez por semana.
—¿Con qué los limpia? —le preguntó el redactor, intrigado por el perfume.
Hoyos mostró el algodón embebido que tenía entre los dedos.
Dijo:
—Con agua de colonia.
Y es verdad: gasta aproximadamente un frasco cada quince días.

“¿Cuánto vales?”

Esa es la única manifestación de despilfarro que se le conoce. Es un hombre excesivamente metódico en sus gastos, con un extraordinario sentido del ahorro pero sin llegar en ningún caso a la ridiculez. Es atento, hospitalario, y le gusta atender razonablemente a sus amigos. Sólo que nunca pierde la lucidez aritmética, y sabe con exactitud para qué necesita el dinero: “Cualquier día me quemo, y entonces me muero de hambre”, dice.

Defensa de la pobreza

La cuantía de sus ahorros es una de las zonas impenetrables de la biografía del campeón. En apariencia, vive y sostiene a su familia con los cuatrocientos pesos mensuales que gana por su trabajo, como impresor en la fábrica de tejidos. Pero la curiosidad pública —que trata de averiguar todo lo relacionado con el campeón— se pregunta qué ha hecho con sus derechos de publicidad. Hoyos insiste, y es cierto, que no son ingresos apreciables. Y recuerda: “Por media docena de camisas que me regaló, una conocida fábrica elaboró su anuncio de un cuarto de página”.
No niega el campeón su formidable capacidad de ahorro. “Cuando no sirva para nada —dice— no me quedarán sino trofeos y medallas, que no valen cinco centavos”. Pero si se profundiza un poco más en su biografía, se descubre que Ramón Hoyos tiene bien desarrollado el sentido de la seguridad económica desde la infancia. Confiesa que aprendió a andar en bicicleta no por afición ciclística, sino por ganarse veinte centavos todos los días. Sus amigos le hacen bromas en ese sentido. Pero él, simpático, cordial, no se siente molesto. Parece que otra de sus características —una característica muy antioqueña— es saber siempre para dónde va, sin importarle mucho lo que se diga. Y en su caso, a mayor velocidad que nadie.