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Sonriente, alegre, como si presagiara que se iba a subir al podio. Así llegó Catherine Ibargüen ayer al estadio Olímpico de Londres. Y de igual manera se fue, feliz, con la satisfacción del deber cumplido.
La antioqueña, de 27 años, se colgó la medalla de plata en el salto triple, la cuarta presea de Colombia en las justas. Aunque había soñado con el oro quedó satisfecha, porque confirmó, ante 80 mil aficionados que la aplaudieron a rabiar antes de cada uno de sus seis saltos, que es figura del atletismo mundial.
Fue un día frío en la capital británica, que se calentó con la picardía de la colombiana, quien bailó en la pista antes y después de la competencia, movió su escultural figura por todos lados y se echó al público al bolsillo.
Parecía que no, pero estuvo siempre concentrada. Las carcajadas le sirvieron para relajarse, como lo reconoció después. Cantaba y saludaba a la gente, pero ponía en práctica las instrucciones de su entrenador, Ubaldo Duany. Eso sí, también hizo su ritual de calentamiento y marcó, con unos pequeños conos anaranjados, las distancias para acelerar y saltar, las que midió con pequeños pasos de sus pies.
Seis saltos. En el tercero, de 14,67, se puso segunda, detrás de la kazaja Olga Rypakova, de sensacional actuación. En la última serie se complicó la situación porque la ucraniana Olha Saladuha, campeona mundial, saltó 14,79 y la desplazó al tercer lugar.
Pero Caty asumió bien el desafío. A pesar de una molestia en su muslo izquierdo, arrancó lo más fuerte que pudo, luego dio dos saltos y se impulsó con los brazos para la caída final, como no lo había hecho en sus cinco intentos anteriores.
Dramática resultó la espera del resultado final, pero ella quedó tranquila. Miró el tablero y vio el 14,80 que le aseguraba la medalla de plata, una más para Colombia y la primera para el atletismo desde que Ximena Restrepo fue bronce en Barcelona 1992.
Ibargüen se fue rauda a abrazar a su entrenador y a sus compañeras, que le pasaron una bandera tricolor. Ni siquiera miró el último salto de la kazaja, que ya había ganado el oro. Celebró un par de minutos, se puso su sudadera y se dirigió al control antidopaje, con Rypakova y Saladuha.
Las dos primeras pasaron casi inadvertidas, mientras que Catherine era asediada por las cámaras y los micrófonos. Justo en ese momento Usain Bolt ganaba su segundo título olímpico consecutivo en los 100 metros. Tras esa prueba, los perdedores, Gay y Powell, llegaron a la zona mixta, en la que Ibargüen era la figura.
Ya no tenía los spikes fosforescentes, sino unas cómodas zapatillas. Se había quitado el calzón rojo y el top azul con el que compitió, para ponerse una camiseta blanca y la sudadera. Tenía en sus manos el número 1432 con el que compitió y que guardará como un tesoro. También la medalla colgada.
“He trabajado mucho para esto y estoy feliz por haberlo conseguido. Nunca hubo dudas en mi cabeza, siempre creí que iba a ser medallista”, advirtió ante la primera consulta. Sobre su futuro dijo: “Quiero ir con pasos lentos pero seguros. No me planteo aún la posibilidad de estar en Brasil 2014. El camino es largo y primero hay muchos objetivos por cumplir”.
Les dedicó el triunfo a los colombianos, pero especialmente a sus amigos, su familia y la gente del Urabá antioqueño. “Ellos han luchado tanto como yo, quiero que lo disfruten como yo”. Advirtió que no quedó con ninguna espinita, porque lo dio todo. “Hoy ella (Rypakova) fue mejor y yo hice todo lo que pude para ganar. Quería otra medalla, la de oro, pero conseguí esta y estoy muy feliz por eso”.
Luego salió rauda hacia la conferencia de prensa oficial. Allí ratificó que había disfrutado mucho la prueba, que no había sentido tanta presión como en la clasificación. “Siempre trato de sonreír para mostrarle al mundo la cara amable de Colombia, ahora mucho más con este logro. También trato de hacerles entender que las mujeres colombianas somos las más lindas del mundo”.
Su maratónica jornada no terminó ahí. Regresó a la villa de deportistas, en donde la recibieron sus compañeros. Abrazos, felicitaciones y fotos durante casi una hora. Una pequeña cena y luego a un carro oficial que la llevó al centro de Londres a una reunión con los medios de comunicación no acreditados.
Allí contó una y otra vez su hazaña. Recordó a su abuela, a su primer entrenador, Wílder Zapata, a Regla Sandino, quien fue la primera en insinuarle que dejara el salto largo y el alto, para dedicarse al triple. A Duany, quien casi que la obligó a cambiar de especialidad hace tres años y la convirtió en una de las mejores del mundo.
Todavía no asimila la importancia de su logro, pero sí tiene claro que ahora quiere más. Esa envidia sana que sintió en el podio la llevará a los mejores estadios del mundo con la idea de ganar, de dar muchos más saltos hacia el oro.