Un cabo decidió mi carrera

Con motivo de la Vuelta a Colombia, El Espectador reproduce desde el pasado domingo las 14 entregas de la historia del ciclista Ramón Hoyos Vallejo, escrita por Gabriel García Márquez en este diario, en 1955.

HERIDO Y HOSPITALIZADO. “¿ME TRAE UN POQUITO DE AGUA?” PASAJE DE REGRESO A MEDELLÍN. DESCALIFICADO. “PARA LO QUE HAY QUE VER CON UN OJO BASTA”.

A pesar de que llevaba un ojo imposibilitado, de que había perdido las esperanzas de clasificar y de que no bajaba con suficiente entusiasmo por temor a sufrir un pinchazo, seguí en mi bicicleta hasta Honda. A lo largo del camino, olvidado ya de que estaba participando en una competencia, descendí varias veces del vehículo y refresqué mis heridas en los arroyos. El reloj marchaba apresuradamente. “¿Qué hora es?”, pregunté a mis compañeros voluntarios. “Las cinco”, me dijeron. Y yo seguí adelante, atolondrado por el golpe, pero dispuesto a no abandonar la carrera.

A las cinco y treinta minutos, exactamente, llegué al parque de Honda. Esperé encontrar una manifestación entusiasta. Pero no había nadie. Apenas, a lo largo del camellón de cemento, algunos ciclistas conocidos paseaban de extremo a extremo.

—¿Dónde es la meta? —pregunté.

—Era por aquí —me dijeron—, pero ya se fueron todos.

Era verdad. Todos se habían ido. En el parquecito, otros ciclistas paseaban, enteramente frescos y reposados. En la II Vuelta a Colombia participaban cincuenta corredores. Dos se habían retirado. Yo llegué a Honda en el puesto número cuarenta y ocho.

En el hospital

No supe qué hacer en el momento de llegar a Honda. Lo primero que se me ocurrió fue preguntar por don Ramio Mejía, mi patrocinador. Pero no tuve tiempo. Algunas personas se paseaban por el parquecito y, al verme con la frente sangrante, se acercaron a mí y me condujeron al hospital, a pesar de mis protestas. Estaban acostumbrados a que los ciclistas, aunque se sientan totalmente agotados, manifiesten enérgicamente su deseo de seguir adelante: por eso no me hicieron caso. Me obligaron a atenderme con tanta diligencia y tanto interés como si yo hubiera sido un campeón. Mi ojo izquierdo estaba postrado. Había perdido la visión. Me sentía completamente agotado, pero recordaba perfectamente mi propósito. “Si me descalifican por tiempo, muy bien”.

Y en realidad, esa noche supe que me habían descalificado por tiempo. En la primera etapa había perdido el derecho de seguir participando en la II Vuelta a Colombia.

Pasaje de regreso

Naturalmente, no dormí bien. En el profundo silencio del hospital yo me sentía hecho un desgraciado, sin derecho a seguir corriendo y con el ojo izquierdo imposibilitado por la hinchazón. Esa noche recibí varias visitas: la de don Ramiro Mejía, la de doña Quina, la señora madre de Pedro Nel Gil, y la del redactor deportivo de El Tiempo, Jorge Enrique Buitrago. Los dos últimos vinieron a consolarme. En cambio, don Ramiro, mi patrocinador, que había librado una batalla para que me admitieran en la prueba, vino a decirme:

—Siento mucho lo que te ha ocurrido, Ramón. Pero no te desanimes para el año entrante, yo te daré el pasaje a Medellín.

Con su conocida generosidad, don Ramiro me dio cincuenta pesos. Y me dejó allí, en la cama del hospital de Honda, herido y sin esperanzas.

“El año entrante”

Pero a pesar de la incomunicación en que me encontraba, hasta el hospital llegaban rumores: los ciclistas saldrían a las nueve de la mañana. Desperté muy temprano. Estuve pensando, desde el primer instante, en la posibilidad de salir del establecimiento y conversar con alguien que tuviera que ver con la carrera, a ver si había alguna posibilidad de que me admitieran de nuevo. Pero no se me ocurría nada. El ojo izquierdo seguía doliéndome, y no veía nada por él.

Esa mañana volvió a visitarme doña Quina, la madre de Pedro Nel. Trató de consolarme. “No te preocupes —me dijo—. El año entrante irá mucho mejor”. Pero yo no quería pensar en el año entrante. Quería seguir esa carrera de cualquier modo. Y estaba dispuesto a seguir adelante, de cualquier modo.

“Agua, por favor”

Eran aproximadamente las ocho y treinta cuando dos religiosas vinieron a ver cómo había amanecido. “Muy bien —les dije—. Estoy dispuesto a continuar la carrera”. Lo dije, aunque sabía que estaba descalificado. Aunque sabía que había ocupado el puesto 48, entre 50 participantes. Sin embargo, las religiosas me expresaron su pesar por mi accidente y me manifestaron que, aunque me sintiera bien, no podía seguir tomando parte en la Vuelta a Colombia.

Aparenté resignarme y les dije:

—Tengo hambre. Háganme el favor de traerme el desayuno.

Ellas dijeron que con mucho gusto, que dentro de un momento. Pero yo no podía perder tiempo. “También tengo sed —les dije—. ¿Pueden hacer el favor de traerme un poco de agua?”

La fuga

Las religiosas no respondieron nada. Inmediatamente se retiraron. Entonces yo salté de la cama, me puse la ropa con mucha prisa, antes de que alguien regresara a la pieza, y apresuradamente busqué la salida.

Me fugué. Era la última esperanza que me quedaba y no estaba dispuesto a desistir de mi propósito de seguir la carrera. Cuando llegué al parquecito, los otros participantes se disponían a arrancar. Yo los miré con envidia y pensé que al menor descuido de los dirigentes podría colarme en la competencia.

Pero no fue posible. “Usted está descalificado”, fue todo lo que me dijeron. Y aún me desconsolaron más: ocho ciclistas que habían llegado antes que yo habían sido descalificados. De manera que no había la menor esperanza.

A la expectativa

Por lo menos, no me quedaría allí en Honda, abandonado como un perro. Tenía los cincuenta pesos que me había dado don Ramiro Mejía, con los cuales me alcanzaría para volver a Medellín. Muriéndome de envidia, vi a los otros ciclistas prepararse para la nueva etapa.

Estaba a un lado del parque, con mi pequeña maleta de ropa y mi bicicleta, cuando me di cuenta de que algo ocurría: un grupo de militares estaba discutiendo acaloradamente con uno de los dirigentes de la carrera. La razón era sencilla: uno de los ciclistas de la primera etapa, el sargento primero Manuel Ramírez, también había sido descalificado. Un grupo de oficiales del Ejército insistía en que continuara en la competencia. Esa era la causa de la discusión. Y yo, dispuesto a continuar adelante, me puse a la expectativa.

Qué casualidad!

La discusión continuó por casi media hora. Los oficiales del Ejército se empecinaron en que el sargento Ramírez debía seguir corriendo y los dirigentes se empecinaron en que “el reglamento es el reglamento”. Pero yo sabía quién iba a ganar aquella discusión. Y porque lo sabía, me acerqué al grupo con mi maletita y mi bicicleta, en espera del desarrollo de los acontecimientos.

No me equivoqué: el sargento Ramírez fue admitido. Y entonces los ocho descalificados se pusieron a la defensiva. “Si el sargento Ramírez corre, entonces corremos nosotros”, dijeron. Y todos corrimos. Don Ramiro Mejía se apresuró a preguntarme:

—¿Estás dispuesto a correr con ese ojo?

Y yo le respondí, sin pensarlo:

—Para lo que hay que ver, con un ojo basta.

“Llévenme esa maleta”

Rápidamente busqué un lugar donde cambiarme. En el corredor de un café abrí la maleta, saqué el uniforme y me lo puse, sin pensar que me estaban viendo. En ese momento los micrófonos anunciaron la salida del pelotón.

Cuando salí de Honda, me llevaban un minuto de ventaja. Pero no me importó. Me lancé hacia adelante, como un loco, dispuesto a no desaprovechar aquella ocasión que me brindaba la casualidad.

A los pocos minutos de estar corriendo me di cuenta de que llevaba la maleta en la mano. Pensé que eso sería un lastre, que con aquella maleta no podía progresar, pero no tenía en dónde dejarla. Seguí corriendo, procurando que el pelotón no me sacara una ventaja mayor de la que ya me llevaba, hasta cuando pasó un automóvil junto a mí. Entonces lancé la maleta dentro del vehículo, y grité:

—¡Llévenme esa maleta a Medellín!

Corrí esta etapa con tanto entusiasmo, a pesar de mi ojo hinchado, que clasifiqué a 20 minutos del puntero. Durante todo el trayecto estuve junto a la camioneta de los repuestos. En cambio, mis compañeros de equipo se habían quedado atrás: Chiriboga entró a 27 y Andrade a 25 minutos del puntero.

Mi posición emocionó a don Ramiro Mejía, quien viajaba en la camioneta de los repuestos, con dos botellas de aguardiente. Iba achispado y feliz con mi reacción. La meta más importante, en ese momento, era el páramo. Me empeñé en cazar a “El Sastre”; y lo cacé. Cuando me faltaban tres kilómetros, el francés Beyaert, que se sentía perseguido de cerca, forzó el tren y me sacó ventaja. Entré al páramo en el segundo puesto. Don Ramiro Mejía, con una botella de aguardiente entre pecho y espalda, me animaba atolondradamente desde la camioneta.

“No me retiro”

Aquel segundo puesto fue un error. Seguí corriendo sin disciplina, y a la próxima curva me fui de cabeza contra una piedra. Me lastimé la rótula. Pero eso no importaba. Otra cosa me amargaba; en la caída había perdido tres minutos. Como la camioneta no llevaba sino repuestos, pero ningún elemento de primeros auxilios, don Ramiro descendió y me dijo:

—¿Te retiras?

Yo respondí que no; que quería seguir adelante, de cualquier modo. Entonces mi patrocinador, entusiasmado por mi terquedad, me echó media botella de aguardiente en la rodilla y me ayudó a subir la bicicleta. Pocos minutos después había cazado a “El Sastre”. El francés me sacó en la meta exactamente los tres minutos que yo había perdido en el accidente.

NOTA DEL REDACTOR

“El Escarabajo”, nombre equivocado

La primera etapa de la II Vuelta a Colombia, en la cual participó Ramón Hoyos contrariando el parecer de los técnicos y solamente porque en ello se empecinó su patrocinador, don Ramiro Mejía, es quizá la más accidentada de las etapas corridas por el triple campeón. Como él mismo lo ha contado, antes de llegar a Villeta se rompió la frente contra una piedra, como cualquier novato. “De verdad era un novato”, dice Ramón Hoyos, recordando aquellos tiempos que medidos por sus triunfos parecen remotos, pero que son recientes: hace apenas cuatro años.

Cuando Hoyos participó en la II Vuelta a Colombia —y él mismo lo reconoce— no tenía ninguna experiencia. “Un ciclista debe conocer su bicicleta”, dice. Y Hoyos apenas tenía dos meses de estar montando en bicicleta propia. Además, sostuvo su moral milagrosamente, pues sus propios compañeros de equipo obstaculizaban su carrera, y el mismo don Ramiro Mejía —que Ramón Hoyos recuerda con extraordinaria gratitud— manifestó su pesimismo por la suerte de su patrocinado.

“Parecía un Cristo”

El redactor deportivo de El Tiempo, Jorge Enrique Buitrago, “Mirón”, visitó a Ramón Hoyos en el hospital de Honda. Había oído hablar de un ciclista accidentado, y por pura curiosidad periodística acompañó a la madre de Pedro Nel Gil, quien conocía al actual triple campeón, y se sentía preocupada por su suerte.

“Parecía un Cristo”, dice Mirón, recordando aquella mañana del nueve de enero de 1952 en que llegó al hospital de Honda y encontró a Ramón Hoyos, abierto en cruz en una cama, con el cuerpo lleno de peladuras, descalabrado y sin esperanzas.

“Nadie creyó que pudiera subirse nunca más en una bicicleta”, continúa recordando Jorge Enrique Buitrago, cuando se le pregunta qué impresión le causó el ciclista antioqueño, recluido en una sala del hospital de Honda. Y sin embargo, como él mismo lo cuenta, Ramón Hoyos siguió corriendo. Al finalizar la II Vuelta a Colombia, los periódicos de Colombia publicaron su retrato con una leyenda: “La revelación de 1952”.

Una equivocación

Cuando el pelotón salió de Honda, Jorge Enrique Buitrago estaba retrasado. Por eso presenció el momento en que Ramón Hoyos se lanzó en persecución de sus adversarios, con un minuto de retraso. Fue testigo del accidente que sufrió el actual triple campeón, y de la forma en que llegó al final de la tercera etapa, con muy pocos minutos detrás de puntero, el francés Beyaert, quien por primera vez corría ese año en Colombia.

Mirón recuerda que, cuando subía al páramo, Ramón Hoyos tenía “una rara apariencia de animal”. El cronista no pudo precisar, en su precipitud, el nombre del animal. Pero decidió bautizarlo, por la manera de correr, encorvado sobre su bicicleta: “El Escarabajo”.

En la actualidad, Ramón Hoyos es conocido en todos los círculos deportivos y en la prensa con el nombre que le puso Mirón aquel día: “El Escarabajo”. Pero, pensándolo con más calma, Mirón admite que se equivocó:
—En realidad —dice— estaba pensando en el saltamontes.