Una cuestión personal

Sobre el deporte de alto rendimiento, la discapacidad y la literatura.

El discapacitado sudafricano Oscar Pistorius hizo historia al ganar una medalla de plata en el Mundial de Atletismo de Corea, en el que compitió en semifinales en la prueba de relevo 4x400 contra deportistas con plenas facultades, aunque fue reemplazado para la final. El caso ha desatado una intensa controversia porque el atleta paralímpico corre con dos prótesis de fibra de carbono, en reemplazo de las piernas que le fueron amputadas siendo bebé debido a que nació sin tibias.

Con 24 años de edad, Pistorius ostenta las marcas mundiales en 100, 200 y 400 metros lisos para discapacitados. Su lucha por ser reconocido al máximo nivel empezó en 2007 cuando las autoridades del atletismo internacional le prohibieron el uso de dispositivos técnicos con resortes o cualquier otro elemento que le proporcionara ventaja sobre otros atletas. La Federación Internacional de Atletismo (IAAF) lo descartó para pruebas oficiales y para los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, porque un seguimiento con cámaras de alta definición habría demostrado que sus prótesis lo hacían más veloz. Él apeló y el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) lo autorizó para competir en China, pero no hizo el tiempo para clasificar a la prueba de relevo 4x400.

Ahora clasificó al Mundial de Daegu, Corea del Sur, e hizo historia. Además encontró el respaldo del exatleta británico Sebastian Coe, vicepresidente de la IAAF y presidente del comité organizador de los Juegos Olímpicos de Londres-2012. “Tenemos que abrirle las puertas y darle todas las oportunidades para competir al más alto nivel –insistió-. El Tribunal Arbitral del Deporte comunicó su veredicto. Oscar es bienvenido. Y si tiene que ganar una medalla, ganará una medalla”.
A Pistorius la gente no deja de mirarlo con la curiosidad que despierta un robot, pero muy pocos intentan ponerse en su lugar para entender lo que significa enfrentarse a una discapacidad así, superarla y además convertirse en deportista de alto nivel. Una prueba que requiere primero forjar una fortaleza mental y espiritual a prueba de una sociedad que rechaza a los diferentes. Que luego se basa en la tenacidad para rescatar la capacidad física y llevarla hasta niveles competitivos.

Lo digo con conocimiento de causa porque tengo un hermano discapacitado. Se llama Fabio Padilla Castro, es ingeniero mecánico y en el año 2000 se quebró la columna vertebral al caer al vacío por el orificio de un ascensor en un edificio en La Paz, Bolivia, a donde había sido enviado por Nokia para instalar una torre de comunicaciones. Era deportista extremo: escalador, rapelista, paracaidista, uno de los que popularizó en Colombia la práctica del bungee jumping. Un espíritu aventurero a toda prueba. Perdió la movilidad en las piernas. En Bolivia le reconstruyeron la columna con aluminio, en la Clínica del Country, en Bogotá, le cambiaron el aluminio por titanio y se rehabilitó en menos de un año en un caso que se convirtió en ejemplo en la Fundación Teletón.

A pesar de quedar dependiente de una silla de ruedas, adaptó su automóvil para movilizarse por cuenta propia y empezó a defenderse solo en una ciudad que entonces no pensaba, y todavía le falta pensar, en los discapacitados.
Interpuso demandas para reclamar el acceso a puentes peatonales y espacios públicos en general. Retomó el deporte y se dedicó al tenis en silla de ruedas. Fabricó su propia silla de competición y trajo al país el programa Silver Fund, de la Federación Internacional de Tenis (ITF), con el cual creó escuelas de formación en diez ciudades. Esta labor le valió el Premio Nacional “Estrella de la Esperanza” de la Fundación CIREC. Además se convirtió en el primer campeón nacional paralímpico de la especialidad en 2004.
 
Empezó a asistir, por su propia cuenta, a torneos internacionales coronándose campeón del Abierto de Canadá y en torneos en Estados Unidos, Chile y Brasil. A la fecha hace parte del NEC Wheelchair Tennis Tour. En 2005 ocupó el tercer lugar en la Media Maratón de Bogotá como corredor de Hand-cycle (bicicleta de mano) y fue premiado por Discovery Channel, luego de que su historia de vida fuera escogida para el programa “Sobreviví”.

Este año fue uno de los miembros de la Selección Colombia que participó en el Mundial de Tenis para Discapacitados que se realizó en Sudáfrica, en el que ganó un partido en la primera incursión de nuestro país a ese nivel. Tampoco descuida su formación intelectual. La ONG japonesa Jica lo becó para un curso de liderazgo en Tokio y allí conoció a su actual esposa, una brasileña descendiente de japoneses. Hoy vive en Brasilia y participa con éxito en los campeonatos de ese país, en donde ganó el año pasado la Copa en homenaje al Rey Pelé. Grandes empresas que patrocinan la formación de líderes latinoamericanos en la Universidad Georgetown lo becaron para el Global Competitiveness Leadership Program en 2009. Viaja por Latinoamérica jugando tenis y dando conferencias (www.fabiopadilla.com). Rehizo su vida personal, deportiva y profesional.

¿Qué aprender de estas experiencias? Cuando veo una y otra vez las imágenes de Oscar Pistorius en carrera, cuando veo jugar a Fabio Padilla, recuerdo el impresionante viaje literario a la discapacidad que logró el Nobel de literatura japonés Kenzaburo Oé en la novela “Una cuestión personal”, fruto de la experiencia con Hikari su hijo autista que nació con hidrocefalia. Un drama cuya hondura y comprensión también se puede captar en sus obras “Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura”, “El grito silencioso” y “¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era!”.

A Oé se le acerca “Alondra y termita”, novela de la norteamericana Jaynne Anne Phillips, talento exaltado por el célebre cuentista Raymond Carver antes de morir. Esta es la historia de dos hermanos, uno de ellos discapacitado que pasa la vida en un carrito, pero más conectado al mundo que cualquiera a través de un superdesarrollado sentido del oído.

No puedo terminar esta nota sin hacerle un llamado al director de Coldeportes, Jairo Clopatofsky, un discapacitado que juega buen tenis, para que revise y fortalezca el programa para este tipo de deportistas a partir del riguroso y preocupante informe que Fabio Padilla le envió luego del Mundial de Sudáfrica en su calidad de delegado de la Selección Colombia. Lo que allí se denuncia será tema de otra publicación. Mientras tanto, deberíamos retomar el lema olímpico “Citius, altius, fortius” (más rápido, más alto, más fuerte) y adaptarlo a los deportistas discapacitados así: más superación, más admiración, más apoyo.