Una vida sin obstáculos

Hace 60 años, el vallista ganó para el país la primera medalla panamericana, en los Juegos celebrados en México en 1951.

“Culbreath, sí”, dice, y en la voz le va apareciendo un recuerdo.

En 1955, el atleta Jaime Aparicio fue falible. Acostumbrado a ganarlo todo, perdió su trono continental en los 400 metros vallas. Los Juegos Panamericanos se disputaban en México y el caleño llegaba a la cita con récord suramericano (51.8). Joshua Culbreath —Josh— era de Pennsylvania. En la categoría, había ganado tres veces —1953, 1954, 1955— los nacionales de su país. Americano, moreno y sonriente, se había graduado ese mismo año de Ciencias Políticas.

Tres décimas: Culbreath 51.5, Aparicio 51.8.

“El récord no es excusa”, afirma. “Pero entrenábamos en una pista polvorienta en Cali, y todos andábamos con gripa, en realidad lo que teníamos era alergia. Y Estados Unidos, ese equipo era muy bueno. Pero mire que le llego al ladito, a pecho, pues. Me ganó por nada. En la entrada a la recta final, él iba un poco adelante, pero no le pude recortar ese poquito”.

Cuatro años antes, su oro había sido una hazaña. Cuando todo comulgaba para el fracaso, Aparicio ostentaba el honor de ser el primer medallista colombiano en Panamericanos.

“Hacía calor”, rememora. “Era el último día de febrero, y en Buenos Aires terminaba el verano. Estaba entre los tres mejores, no bajaba. Había un complejo de que, por ser colombiano, uno no iba a rendir. Y qué pasó. Me entregaron un tanque de oxígeno para gastar en los 400 metros, y yo lo usé en los primeros, y me quedé sin aire, pero a esas alturas venía ganando, y en la recta final me sostuve como pude hasta llegar a la meta. No tenía piernas, pero si aquí llovía, allá no escampaba”.

El brasileño Wilson Carneiro y el norteamericano Don Halderman llegaron después, a tres décimas y a un segundo, respectivamente. Por su parte, el campeón no asimilaba bien lo que acababa de hacer.

“Yo creía que eso lo lograba cualquiera”, admite. “Era uno más, me sentía así. Hoy en día me doy cuenta de todo. Si yo fuera Coldeportes, y veo que aparece un muchacho en Cali, de 17 años, entrenando casi solo, lo apoyo”.

Un deporte con anteojos

“El deporte...”, y se ríe. “Vengo de una niñez activa. No sé cómo me aguantaban en la casa. Donde existiera un balón que rebotara, una piscina, una bicicleta, ahí estaba. Jugué baloncesto, béisbol, pinbol, ¡hasta golf! Ese bagaje siguió en el colegio, donde pertenecía a todos los equipos, contra la voluntad de mi papá y los profesores, que pensaban que no estudiaba”.

Hubo un intercolegiado, y Aparicio ganó los cien metros. El evento era como cualquier otro, y el triunfo también. Sin embargo, el caleño registraría una buena marca (11.1 segundos) y los dirigentes le dijeron que podía tener éxito.

“Había otra cosa”, completa él. “Tenía una miopía de cinco dioptrías: era semiciego, pues. No podía jugar fútbol, y baloncesto ni hablar, y encontré en el atletismo una disciplina que podía practicar sin anteojos”.

Aparicio nació en Lima, en 1929. “Soy de Cali, déjelo así”, replica. “La realidad es que, de padres colombianos, nací en Perú y me trajeron a los cuatro meses de edad. De modo que ¿de dónde soy? El cordón umbilical está allá, pero acá abrí los ojos y vi la Loma de las Tres Cruces”.

En la capital peruana, precisamente, el vallista ganó su primera parada: los Bolivarianos del 47. Recién salido del colegio de los Jesuitas, el caleño empezaba a forjar un camino. Ya en la universidad, el estudiante practicaba guiado por lo que leía en las revistas, que al mismo tiempo alimentaban su curiosidad científica (actualmente, Aparicio es presidente de la Asociación de Astronomía del Valle del Cauca) y funcionaban como guía para planear cada entrenamiento. En su cuarto año académico, se ganó una beca para estudiar en la Universidad de Florida. Entonces tuvo su primer entrenador.

¿Los limeños se dieron cuenta de que usted había nacido allá?

No, nada, ni se dieron cuenta. Yo llegué con la delegación de Colombia, el uniforme, el hablao mío, caleño, ve. Nadie lo notó, es usted ahora el que me está preguntando eso.

La pierna derecha

Hay una foto, ya clásica, de Aparicio: en contra de todos los cánones, el atleta ataca la valla con la derecha. El defecto técnico, producto de la costumbre y el absoluto empirismo, lo marcaría para toda la vida. También sería un sello. Había descubierto que, al arrancar con la izquierda, debía saltar con la pierna prohibida. Con la experiencia de los 400 metros planos, entendió que la fortaleza que tenía en las extremidades daba para no trastabillar, para no dudar entre obstáculo y obstáculo.

“Me di cuenta de que tenía más posibilidades de ganar”, reconoce. “Es que meterse en el ambiente centroamericano y del Caribe, con los negros de Jamaica, Trinidad y Tobago, y Cuba, y después con los brasileños y los argentinos, y me encontraba con que tanto los jamaiquinos, como los argentinos y los brasileños, se enredaban en las vallas, ¿y yo qué culpa tenía?”.

“Una vez llegué a Estados Unidos y el entrenador me preguntó: ‘¿y usted salta con la pierna derecha?’, ‘No sé, coach’, le respondí. Entonces me dijo: ‘no vaya a cambiar’. Intenté hacerlo y me pegué una enredada tan grande... ¡al suelo fui a parar!”.

Atacando con la derecha, Aparicio lograría un palmarés que abarcaría tres medallas centroamericanas, cuatro bolivarianas, seis suramericanas y dos panamericanas, al margen de la participación en dos Juegos Olímpicos (1948 y 1956). Para lo último, los resultados fueron dispares: fracaso en Londres y semifinales en Melbourne. “Al primero fui a los 18 años, era un muchacho de colegio, ni lo mire. Yo lo vi a nivel de aprendizaje. Lo del 56, de lo cual me lamento siempre, es que no hubo ningún dirigente, ni ninguna persona que me dijera: ‘vea, dedíquese un poco más intensamente a entrenar, durante un tiempo, y suspenda cualquier actividad’. Con eso hubiera podido tener una mejor figuración”.

A los 28 uno es viejo

En Montevideo, durante un Suramericano, Aparicio golpeó la valla: fue con la derecha, con la pierna fundamental. Un brasileño, Ulises dos Santos, lo alcanzó. Luego de ganar la prueba, caminó 20 metros, se quitó los zapatos y se sintió viejo. “Tenía 28 años”, dice.

“La culpa la tiene la arquitectura”, sostiene. “Ya venía trabajando, porque vine de Estados Unidos como arquitecto. Poco a poco, me di cuenta de que había más trabajo, y el deporte empezó a volverse secundario. Ya no era el estudiante, ya tenía obligaciones, y empecé a entrenar un día sí, otro no”.

Se retiró en 1958.

A sus 82 años, se mantiene leyendo, ejerciendo su profesión y caminando todas las mañanas con Linda, su perra dálmata.

“Es una vida entretenida, ¿sabe?”.

 

"El atletismo colombiano progresa"

Aunque no conoce detalles de la delegación nacional que participa en los Juegos Panamericanos que se celebran en Guadalajara, Jaime Aparicio se mostró optimista.

“Claro, claro que sí, cómo no me voy a dar cuenta”, dice para aclarar que la edad no es impedimento para estar al tanto de lo que sucede con nuestros deportistas.

“En el pasado Mundial de Atletismo, la muchachita Ibargüen saltó 14,84, y el de caminata lo hizo muy bien, ganó bronce. Pero un Campeonato Mundial es diferente a Olimpiadas. El atletismo colombiano progresa, pero el resto del mundo lo hace más rápido”, reconoció.

Refiriéndose a las justas continentales, el caleño afirma: “Dios quiera que tengamos una magnífica figuración”. Sin embargo, admitió que “es difícil, pues el nivel técnico ha llegado muy alto en todas partes del mundo”.