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Van 500 y ...

Agustín Julio quiere celebrar el medio millar de partidos profesionales dando la vuelta olímpica vestido de rojo y blanco.

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Fabián M. Rozo Castiblanco
06 de febrero de 2010 - 10:00 p. m.
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Cuando su padre lo vio por primera vez con un bate en las manos, su cara hecha polvo y el uniforme escolar más arrastrado que la escoba vieja de casa, antes que castigarle por descuidar las aulas, se sintió el más orgulloso de todos.

“Mi papá quería que fuera beisbolista, era su gran ilusión, pero la verdad no me daba para serlo porque me quedaba dormido y en algunos momentos me aburría de jugarlo, aunque en el barrio lo practicábamos casi a diario con los amigos y yo era primera o segunda base, pero nunca pitcher porque le pegaban a uno, ni de catcher, porque le echaban la culpa cuando se iba la pelota”. Así de imborrable es el recuerdo infantil de Agustín Julio, quien admite que gracias a esa “pequeña frustración” en el barrio Escallón Villa de Cartagena encontró el rumbo de su vida.

“Como quedaba al frente del estadio de fútbol en un terreno baldío, se armaban canchitas y entonces ya con la bolita e trapo hasta de volante me metí, aunque un buen día no llegó el marrano y tocó ponerme debajo del arco”.

Desde entonces supo que el elegido era “un puesto desagradecido, pero en el arquero recae prácticamente el peso de un equipo, así seamos los más criticados”. Y hoy que celebra su partido profesional 501, le agradece “al béisbol, porque me dio la suficiente agilidad para mantenerme en mi profesión”.

No sabe si es un hit del fútbol colombiano, pero al completar una cifra reservada para los históricos, recuerda que los 15 años en primera división han pasado como un balón entre las manos… “Han sido muchos los momentos fugaces en el fútbol, pero de todos he intentado aprender algo y la verdad, sin tener presente la cantidad de juegos que llevaba, siento que he vivido todo esto de una forma lenta porque me lo he gozado”.

“Soñaba con ser futbolista y también estudiar una carrera profesional, pero a medida que fui creciendo e identificándome tanto con el balón, le fui cogiendo el sabor y todavía se mantiene ese gusto”, el cual se refleja en un sello inconfundible de su personalidad: la sonrisa. “A la vida hay que mamarle gallo o si no estás llevao”, justifica con una mirada pícara.

Por eso, tal vez la única forma de verlo serio es arrinconándolo en las redes del recuerdo y en ese mano a mano de evocaciones, uno imperdible fue su llegada a Bogotá a comienzos de los 90, cuando “Santa Fe organizaba un torneo que se llamaba ‘Búsqueda de Talentos’, gracias a Dios tuve la oportunidad de venir y gustó mi estilo”.

Impresionó tanto que lo dejaron para que jugara en el Olaya, lo cual le generó sentimientos encontrados, “porque por un lado empezaba a hacer realidad un sueño, pero era un pelao de 16 años que por primera vez salía de su casa”.

Eso era lo de menos en realidad, “porque era corroncho en la capital y pasar esa Navidad sin mi familia me dio tan duro, que me pegué una borrachera impresionante. A los dos días ya jugaba el Hexagonal y todavía tenía guayabo, pero creo que salir tan joven me enseñó a valorar más lo que tenía”.

La espera del reencuentro no tardó mucho, porque “en enero volví a Cartagena y allá Santa Fe tenía un convenio con un equipo que se llamaba Hechos y no palabras. Enviaron a cinco jugadores y gracias a la amistad de mi hermano con el dueño, yo fui la ñapa, vine regalado y acá está el encime jugando fútbol profesional todavía”.

Pero hoy está vigente “por muchas personas a las que les estaré siempre agradecido, como Astolfo Romero y Alfonso Sepúlveda, quienes creyeron en mí”, aunque una persona en especial resultó definitiva en su carrera: “Infortunadamente ya no está con nosotros, pero en César Villegas encontré siempre un padre que me dio los consejos necesarios para salir adelante”.

Al dirigente desaparecido más de una vez le dijo que se devolvía, porque “me tocó mamar filo como se dice en la Costa, pasar hambre. No soy de una familia acomodada, tampoco es que me acostara sin cenar, pero no me alimentaba del todo bien”.

Y justo cuando parecía tirar la toalla, “apareció la posibilidad de jugar en El Cóndor, donde compartía el arco con Juan Carlos Quintero —su actual entrenador en Santa Fe— y Leonardo Rodríguez. Ahí nos rotábamos, pero después se dio una gira de Santa Fe a Ecuador porque habían vendido a Farid (Mondragón) al exterior y fui de suplente de Carlos Baquero, al que no le fue bien en el primer partido y entonces me pusieron y respondí”.

Contrataron igual a Ómar Franco, pero mientras se ponía a punto, Julio recibió la alternativa aquel 20 de agosto de 1995 y frente a Envigado en El Campín “estaba asustadísimo, hoy todavía me asusto, pero no tanto como en el debut”, que un propio compañero de zaga se encargó de hacer aún más inolvidable.

El visitante se iba adelante en el marcador y al cartagenero lo inauguraba “un autogol de Eduardo (Orozco), pero menos mal que fue un amigo el que me bautizó y al menos no se perdió porque empatamos finalmente 1-1”.

No guardó el uniforme, pero sí archivó en su memoria una imagen: “La gente que quiera ver a Agustín Julio en pantaloneta, que se remonten a esos viejos tiempos, aunque en Barranquilla, cuando jugué con Júnior en 2000, me tocó jugar de cortos por el calor, pero en definitiva me identifican con pantalón porque me resulta más cómodo”.

Después fue “robando partiditos, cogiendo cancha y recibiendo muchos consejos, porque he tenido buenos entrenadores de arqueros, como Óscar Cardona en Cartagena y el mismo Otoniel Quintana, además de grandes compañeros como Rafael Dudamel, el mismo Farid, Ómar, Miguel Calero, René (Higuita) y Óscar (Córdoba)”.

A ellos les agradece, como también a Bogotá, por haberle acogido y, de paso, presentado a la mujer de su vida, porque “mi señora Zully, también cartagenera, vivía cerca de la casa de Santa Fe, nos conocimos acá y hoy llevamos 13 años de estar viviendo juntos y tener una familia con dos hijos que son mi adoración: Johnattan, de 12 años, y la menor, María Camila”.

Intenta “disfrutarlos al máximo porque están en una edad en la que más recuerdan lo que uno les da, no tanto en lo material, sino en lo espiritual”, y por eso apoya al mayor que “le gusta el fútbol, tiene la fiebre y está en las inferiores de Santa Fe”, aunque quiere “que juegue de lo que sea, menos de arquero, porque con uno que haya sufrido en la familia es más que suficiente”.

Él ha padecido además por tantos intentos fallidos de alcanzar una estrella y así como dio la vuelta olímpica con el Medellín después de poco más de cuatro décadas de ayuno, no quiere quitarse los guantes sin antes “conseguir el título con el equipo que más quiero y sueño con tener esa dicha y ese honor de quedar en la historia”.

De todas formas, Agustín ya entró en ella a punta de golpes y hasta batazos, porque así como el béisbol perdió un prospecto, el fútbol ganó a un arquero de pantalones largos que hoy sigue siendo el orgullo de su familia y el de Cartagena entera.

Por Fabián M. Rozo Castiblanco

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