La voz autorizada de Quintabani

Fue subcampeón como arquero de Tolima en 1981 y campeón como DT del Pasto en 2006.

Ambos clubes, que pelean por clasificar a la final de la Liga, se enfrentan este miércoles (8:50 p.m., Directv).

Cuando llegué a Pasto para dirigirlo en el primer semestre de 2006, vi las condiciones del estadio y los campos de entrenamiento, estudié ese equipo heterogéneo y con muchos problemas de vida y luego me quejé —ante mí mismo— de las divisiones menores menguadas y del problema económico crítico del club. “¿Qué carajos hago aquí?”, me reproché entonces. Pero mi carrera siempre ha estado llena de retos y ése, que aún lo tengo tan latente por su resultado, lo asumí con toda la entereza. Se requería porque no fue nada fácil: a los tres partidos entramos en un conflicto de camerino terrible porque no les pagaban a los jugadores, muchos no tenían para comer, padecían líos familiares, imagínese nada más que Carlos Rodas recién volvía al fútbol luego de ser taxista en Tuluá. Mis pláticas, en esencia, no trataban sobre táctica y eso. Qué va. Me pasaba horas hablando de supervivencia y animación para no tirar la toalla.

Luego, sí, nos unimos, armamos un equipo fuerte y a pesar de que ni nosotros teníamos presupuestado salir campeones, lo logramos con sólo seis meses de trabajo, tras derrotar en la final a Cali. Yo fui ese técnico que sacó campeón por única vez al Pasto hasta el momento, ese estratega que nunca probó el cuy, pero que desde entonces aprecia tanto a esa ciudad. El camino, sin embargo, estuvo lleno de vicisitudes.

La historia, esta vez, coincide un poco. Este Pasto accedió en la última fecha y de manera agónica a los cuadrangulares (yo tuve que padecer esa clasificación porque le empataron a mi Cúcuta en el último minuto). El actual conjunto pastuso, además, viene de la B y también de superar crisis agudas de índole económica. No conozco este camerino dirigido por Flavio Torres, pero se nota la unión y el buen juego a pesar de todo. Tienen otra ventaja ineludible para sus rivales: la localía. Cuando dirigí allá me di cuenta de que Pasto es una ciudad desterrada, aislada, cuyos habitantes se sienten relegados (y discriminados por los chistes que profieren sobre su idiosincrasia). De hecho recuerdo que cuando salimos campeones coincidí plenamente con el título de la columna de Daniel Samper Ospina: Pasto le metió un gol a Colombia. Por esos factores sociales, el rival que visita esa plaza se siente incómodo. Por la altura, por el viaje turbulento y duradero. Es una trinchera y el equipo de Flavio Torres lo ha sabido aprovechar.

No estoy vaticinando un segundo título pastuso, ni mucho menos. El Tolima es un equipo grande que goza el protagonismo de sus años mejores, los de la última década. En modo de juego son estructuralmente similares el Pasto y el Tolima, muy veloces al replegarse y contragolpear, y con futbolistas que manejan muy bien el balón en el medio campo, como Cristian Marrugo, que es el socio de todos en el club pijao. Se les ve poco en campo contrario a ambas escuadras. En cambio, esperan la oportunidad para ser contundentes en ataque. Sus esquemas son parecidos.

Pero los puntos en que sus historias florecieron con fuerza son diferentes. La del Pasto es más fresca y fue producto del título de 2006, pues así haya descendido un año después, ganó protagonismo. La del Tolima es más añeja, se remonta a los inicios de la década de los 80, cuando el señor Gabriel Camargo, temperamental pero de índole ganadora, cambió la mentalidad de la institución al contratar a jugadores de primer nivel. A mí me llevó como su arquero. En esa época, cuando los futbolistas aún cogíamos buseta, no seducía mucho ir a Ibagué. Pero, luego de aceptar, todo cambió: empezamos a ser protagonistas, en el 81 fuimos subcampeones, sorprendimos en más de una ocasión al América de Gabriel Ochoa y al Nacional de Osvaldo Zubeldía, ambos excelentes.

Recuerdo que en una ocasión enfrentando a un Nacional en el 80, en el que necesitábamos ganar y no recibir goles, yo le dije a un recoge pelotas: “Vos sabés que yo juego adelantado como arquero líbero. Si ves que me sobrepasan, si te animás, no la dejés entrar”. Así pasó: el niño, cómplice del guiño, se metió en la cancha, evitó el gol —que nunca convalidaron— y se armó una trifulca. Lo recuerdo muy bien porque era una instancia final y el Tolima la estaba disputando, cuando tiempo atrás sus campañas eran nefastas.

Esa generación de los 80 catapultó al Tolima y ese cambio de mentalidad es la que gozan los actuales muchachos. Ellos llevan unidos hace algunos años y han sabido estar a la altura de sus limitaciones: suspensiones y bajas sensibles. Es la razón por la cual también son merecedores.

Por eso no me atrevo a decir cuál de los dos va a ganar hoy. La suspicacia me acusará de preferir uno de estos dos como campeón, porque también dirigí a Millonarios y acaso puedan evitar que Santa Fe, que tiene un plus anímico impresionante, llegue a lograrlo. Pues no, esta profesión nos hace superar la pasión. Ahora creo más en la justicia, así ésta se trate más ahora de quién tenga una mejor tarde.