Así fue como nos inventamos el amor

Mariposas en el estómago, la piel erizada, corazones dibujados en los márgenes de una hoja. Cuando estamos enamorados creemos experimentar la vida de un modo particular, pero todo lo que nos sucede está plasmado en la música, el cine, la televisión, la literatura, el teatro o, sencillamente, ya lo ha sufrido otra persona.

Getty Images

El mundo entero parece gritarnos que es muy mal tiempo para el amor”, le dice Ilsa a Rick cuando la Gestapo anuncia que los alemanes están a punto de tomarse París. Ella lo mira y algo estalla entre ambos. Algo orgulloso, algo inocente. Algo necesario y suplicante. Se han prometido un amor sin preguntas, sin exigencias. Han viajado en sueños para estar juntos. Han muerto de incertidumbre y han resucitado con el roce de una mano.

Rick tiene que irse. Lo buscan los alemanes y le han puesto precio a su cabeza. Truenan los cañones y las balas revientan cada vez más cerca. El tren sale a las 5 de la mañana y a los dos les hace falta tiempo. Él bromea con casarse y ella reniega de la guerra. “Te amo tanto...-le dice Ilsa-. Si algo nos separa, dónde sea que vayas, dónde sea que yo esté”. Rick la aprieta contra su pecho y entre caricias llega hasta su boca: “bésame como si fuera la última vez”. 

Pocos romances como el de Casablanca, la película de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. Tan inmunes al tiempo, tan limpios. Tan perfectos, pero, sobre todo, tan imposibles. El asunto es de ciencia. Según la neurobiología del amor -una rama que teoriza a partir de las reacciones químicas que se producen en el cerebro durante el enamoramiento-, el único amor posible en los seres humanos se da en tres etapas. La primera es de atracción y surge como respuesta al estímulo de la vista o el olfato. “¡Qué aroma derramas en el alma mía, si sé que me amas! ¡Oh, Mía! ¡Oh, Mía!”, dice Rubén Darío.

La segunda se conoce como amor pasional y es el resultado de la producción de aminas biógenas en el cerebro: dopamina, que aumenta la frecuencia cardiaca, y feniletilamina, que aumenta la respiratoria. “Una mariposa presa aleteándome en el estómago. Y muchas ganas de reírme, de la pura alegría de que existía y estás, de saber que te gustan las nubes y el aire frío de los bosques de Matagalpa”, dice Gioconda Belli. 

“El amor pasional dura entre uno y tres años. Después, existen dos posibilidades: se rompe o se transforma en amor verdadero”, dice Leonardo Palacios, neurólogo y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad del Rosario. Esta última etapa, en la que las parejas abandonan el idilio de los primeros meses para reconocerse como imperfectas y falibles, es la consecuencia de un aumento en la producción de oxitocina, la hormona de la monogamia. “Si la vida fuera otra y la muerte llegase entonces, te amaría hoy, mañana… por siempre… todavía”, dice Mario Benedetti. 

Ahora bien, haber conseguido el amor verdadero tampoco es garantía de nada, la oxitocina puede dejar de producirse luego de cierto tiempo y todo vuelve a empezar. Es decir, el amor perfecto no es más que un proceso químico con fecha de caducidad. Simple. No existen mariposas en el estómago ni mitades, flechazos a primera vista ni juntos para siempre. Pero existe el amor, de eso no hay duda. O por lo menos, hace años que nos lo venimos inventando. 

***

—Quítate ese nombre y por tu nombre que no es parte tuya tómame a mí, Romeo, toda entera —dice Julieta desde su balcón. 
—Te tomo la palabra —responde él— ahora solo llámame amor. Que me bauticen otra vez. 

Desde la noche en que bailando le robó un beso, Romeo supo que lo suyo por Julieta era para siempre. Un amor inmediato, idílico, superlativo. Tan inevitable como su propia tragedia. Sus familias eran enemigas y pensarse juntos era un imposible. Igual que para Píramo y Tisbe, en la mitología griega; Tristán e Isolda, en la edad media; o Calixto y Melibea en La Celestina. Si bien Shakespeare no fue el primero, fue el más universal. Hizo del amor una ensoñación por la que bien valía la pena inmolarse, tanto así, que Romeo y Julieta prefirieron morirse antes de no estar juntos. De ahí nos viene, quizás, la obstinación por los imposibles.

197389

'Romeo y Julieta' es una de las obras con más versiones en la historia presentadas en el teatro, el cine y la televisión. Su trama representa el amor abnegado e imposible.  

El amor no correspondido -o el correspondido, que debe resignarse a no ser- es una de esas ideas glorificadas por el romanticismo que ha seguido alimentándose con los años: en canciones, en libros, en telenovelas, en películas. Titanic, con Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, es un amor perfecto, pero sin futuro por culpa de la diferencia de clases. Igual que el de Florentino Ariza y Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera, o el de cualquier telenovela colombiana: Los Reyes, Pedro, el escamoso, Hasta que la plata nos separe, Amar y vivir, María Bonita, Tuyo es mi corazón, Pobre Pablo. La lista es eterna. 

Todos son imposibles que venden la tragedia como fortuna. Algo similar a lo que ocurría con la tuberculosis en el siglo XVIII: tenerla daba cierta superioridad emocional e intelectual sobre los que estaban sanos. Una desgracia amañada hasta el punto de volverla bendición. Bien lo dice The Police en una de sus canciones más famosas: “Oh can’t you see, you belong to me. My poor heart aches with every step you take”. Nos convencieron de que los amores que valen la pena son los que no pueden ser, y nos creímos el cuento. 

Al morir su padre, Cenicienta quedó a merced de su horrible madrastra y sus dos hermanas adoptivas, todavía más odiosas. La obligaban a dormir en el sótano, a limpiar la casa y lavar los platos. Solo le daban harapos para vestirse y muy pocas veces le permitían salir de la casa. Era una vida triste, solitaria y maltrecha, que parecía no importarle a nadie, hasta que el hijo del rey se fijó en ella. La invitó por accidente a un baile en su castillo y, con la complicidad de esa magia que siempre acompaña al amor, Cenicienta fue la más bella. El príncipe se enamoró perdidamente y vivieron felices para siempre. 

Del cuento de Charles Perrault quedó la esperanza de encontrar un príncipe valiente que rescata princesas, las libera de sus desdichas y les ofrece una vida mejor. Para la muestra, sobran los ejemplos. 

Mario Bros atraviesa mundos para salvar a su amada Peach de las garras del rey tortuga. El capitán von Trapp protege a María, le evita la guerra y la frustración del noviciado. Superman deja al mundo en llamas para recibir en sus brazos a Luisa Lane, que por alguna razón siempre está cayendo desde el piso más alto de algún edificio.

Hasta hace poco, en las telenovelas, la idea no solo era recurrente sino fundamental: el hombre debía ser el héroe de su amada. Ahora, ambos requisitos han ido quedando obsoletos. Desde Gaviota en Café con aroma de mujer, las protagonistas dejaron de ser frágiles y vulnerables para hacerse aguerridas. Se sacudieron la imposición de la virginidad como virtud y comenzaron a trabajar. Los príncipes azules quedaron tan bien inventados que nos tomó 60 años darnos cuenta de que no existían.

Telenovela - Cafe

Gaviota, en Café con aroma de mujer, representa una trabajadora humilde y aguerrida dispuesta a desafiar a la adinerada familia Vallejo para estar con Sebastián.


Las mujeres se volvieron independientes, pero hasta la misma Gatúbela, villana malvada e indolente de DC Cómics, se enamora y está dispuesta a arriesgar su vida en The dark knight rises para salvar a Batman. Cersei Lannister y Claire Underwood, maquiavélicas, egoístas y calculadoras en Game of thrones y House of cards, respectivamente, muestran siempre su lado más vulnerable en brazos de sus amores. Todas dejaron de creer en héroes, pero nunca de soñar con ese idílico ‘juntos para siempre’, que se prometieron Romeo y Julieta.

***

—Dime un cumplido —le pide Carol a Melvin en la película Mejor… imposible, de pie, con la mano izquierda apoyada en la cintura y amenazando con irse del restaurante. 
Él es un escritor incómodo con trastorno obsesivo compulsivo, hábil al escribir y torpe al hablar. Hermético y rutinario. 
—Ahora o nunca —insiste ella.
Melvin traga saliva, se toma unos segundos y se pierde en quejas mundanas sobre dolencias y pastillas. Carol se impacienta y, haciendo un esfuerzo por quedarse, insiste de nuevo:
—Tú haces que quiera ser 
mejor persona.

La escena es uno de los emblemas del cine romántico. Jack Nicholson y Helen Hunt, en la media luz de un restaurante. Ella con un vestido rojo y él de saco y corbata. Ella intentando entenderlo y él haciendo un esfuerzo por dejarla entrar. Es su primera cita y ninguno de los dos sabe qué decir. La suya es una relación confusa que nada tiene que ver con los idilios del amor a primera vista. Es un amor real, corruptible y humano. Uno de todos los días, que agota y aborrece, que resucita y sorprende. 

Un “Amoroso tormento”, como el de Sor Juana Inés de la Cruz. “Un fanatismo ciego, una necesidad, una dependencia loca”, como el tema de Andrés Cepeda. “Un amar lo que nos duele, lo que nos sangra bien adentro”, como el de Dulce María Loynaz. Uno con The 7 things I hate about you, como el de Miley Cyrus. Una canción sin palabras como las de Félix Mendelssohn. Un amor como todos. Como el que nos hemos inventado. Como el único que existe.